La Sabina era la joven más agraciada del pueblo. Según lo que se comentaba, descendía de una antigua familia de linaje inca, por lo que había sido educada tal como correspondía a su estirpe. Un día se comprometió con el maestro de la escuela, el Dionisio, con quien había mantenido un noviazgo de cerca de un año. Ambos estaban perdidamente enamorados, y el día del matrimonio, junto a parientes y amigos, se los veía colmados de felicidad. Pero el Dionisio, recientemente egresado de la Normal de Warisata, no contaba con los medios suficientes para mantener a su esposa. Los padres de la Sabina, entonces, decidieron acogerlos en su casa hasta que él pudiera costear los gastos del hogar y así proteger a la hija de posibles carencias a las que no estaba preparada, pues la situación en la casa paterna siempre había sido bonancible.
A fuerza de trabajar infatigablemente pronto el Dionisio se sintió capaz de llevar una vida sin privaciones al lado de su esposa, y se fueron a vivir solos. A raíz de que había sido destinado como maestro de escuela a ese pueblo, no había allí nadie de su familia, por lo que a menudo le atacaba la nostalgia trayendo a la memoria a sus padres y hermanos a quienes tanto quería. De modo que se aferró a la Sabina, su única fuente de amor en aquel lejano poblado. Pero no pasó mucho tiempo para que el Dionisio, en una actitud que no armonizaba con su manera de ser, siempre responsable y atenta con sus obligaciones, empezara a regresar temprano del trabajo, aun antes de que acabaran las clases. Su mujer no entendía a qué se debía la extraña conducta de su marido, pues lo conocía bien como para discernir que tal comportamiento no reflejaba el carácter de su marido. Por esos días, el Dionisio había contratado a dos albañiles para que le construyeran una habitación donde trabajaría en la preparación de sus clases, corrección de exámenes, y otros asuntos relacionados con su trabajo. Pero una tarde, al regreso de clases, y sin que mediara motivo alguno, los despidió en el acto ante el asombro de su mujer que no acertaba a comprender qué diablos pasaba por la cabeza de su marido. Criada en un hogar donde las buenas costumbres y el respeto por los demás eran una norma que no podía ser vulnerada bajo ningún concepto, la Sabina se sentía agraviada por el proceder impropio de su marido.
Un día, el Dionisio, sin poder contenerse, fue a ver a la Gregoria, su vecina, para preguntarle solapadamente qué hacía su esposa durante su ausencia. Pero mujeres son mujeres, y la Gregoria, sin parar mientes en una debida reserva, fue corriendo donde la Sabina y se lo contó todito. La Sabina, tan orgullosa como era, se sintió extremadamente ofendida por lo que ella consideraba más que una suspicacia de su marido, una afrenta incalificable que la hería como una estocada en el corazón.
Desde aquel día, los roces entre ellos fueron haciéndose más frecuentes, y el Dionisio, ya sin reparo ni consideración, le echaba en cara lo que él, en su delirante imaginación, veía lo que los celos representan en la mente de quienes sufren este tormento.
La Sabina, presa de la indignación, y despojada sañudamente de su dicha de esposa, prefirió no revelar nada de lo que ocurría a sus padres para no preocuparlos, pero sí optó por acercarse a los consejos de la religión. Al padre Teodosio, joven cura recientemente ordenado, le tocó en suerte hacer sus primeras armas en ese pintoresco caserío del altiplano situado a las faldas de una majestuosa montaña de fulgente tonalidad rojiza.
La Sabina le contó todo.
Desde siempre, había sido una fiel costumbre entre los pobladores guardar el mayor respeto y reverencia hacia el sacerdote que ocasionalmente cumplía la misión encomendada por la jerarquía eclesiástica y por Dios mismo, de manera que el padre Teodosio no era la excepción. Nadie dudaba de su pureza, razón por la que el Dionisio no podía ni siquiera hablar mal de él a pesar de los celos que le carcomían el alma.
Pero una vez, aprovechándose de una rencilla sin mayor importancia, el Dionisio, montado en cólera, le dijo a su mujer que el padre Teodosio era un pérfido, un hombre de mala ley que no se consagraba a su culto, y que más bien enamoraba a las mujeres que se rendían a sus pies. Y remató con la ira que se desbordaba como un veneno:
—¿O acaso estás enamorada de ese bellaco con aires de santo?
Y la Sabina le respondió con toda serenidad y hasta con una mezcla de ironía y desfachatez para encocorarlo todavía más:
—¿Y si así fuera, qué?
Echando sapos y culebras, la encerró con llave y se marchó a la escuela, pero la Sabina, incitada por la deshonra a la que había sido sometida, logró abrir la puerta luego de usar con habilidad fragmentos de alambre que había encontrado en un rincón de la vivienda, y luego enfiló sus pasos donde el padre Teodosio quien, solo en su aposento, repasaba abstraído el Evangelio. La aparición de la Sabina, sigilosa como el vuelo de un cóndor en las alturas, desconcertó al cura:
—¿Qué te trae por aquí?
—Padre, mi sufrimiento es más fuerte que todo sacrificio que esté a mi alcance. La vida con mi marido se ha vuelto un infierno, y la paz que pensé anidar en mi corazón se ha transformado en un dolor sin remedio; ¡consienta, por favor, en destinarme a su culto, pues atisbo que mi vida será un martirio! Pero el párroco, reprendiéndola con dureza, la obligó a regresar a su casa.
Al volver de clases, Dionisio encontró la puerta abierta y preguntó:
—¿Quién ha estado aquí?
Y sacando fuerzas de flaqueza, la Sabina le contestó indignada:
—¡Nadie! ¡Lo que ha ocurrido es que yo he abierto la puerta y he ido donde el padre Teodosio.
—¿Donde el padre Teodosio? ¿A qué? —preguntó con ese tono de amarga agitación que se apodera de los que sufren el mal de celos. Su cara se puso de mil colores y sus piernas le temblaban.
—¡Fui porque debía confesarle el infortunio que roe mi alma!
Y la Sabina continuó yendo donde el padre Teodosio con quien encontraba consuelo al motivo que le oprimía el alma. A pesar de los vigías que el Dionisio puso a la casa, la Sabina se daba modos para correr a la capilla.
Ya el engorroso asunto de los celos corrió como reguero de pólvora por el pueblo, y el Dionisio era blanco de la burla de todos.
Pero tanto va el cántaro al agua que al final se rompe. El padre Teodosio, aún muy joven y con la fe no plenamente afirmada, empezó a sentir un cosquilleo en el corazón, y de pronto se dio cuenta de que se había enamorado de la Sabina.
La fe...
¿Quién podría dar parte de lo que el vacilante cura pasó en aquellos días y noches de angustia?
Por fin, un día en que la Sabina no pudo burlar a sus centinelas, recibió una carta que decía:
“Hija mía, si verdaderamente tu más ardiente pasión es consagrarte a Dios, y así liberarte de las duras purgaciones que te ha tocado en suerte vivir en este mundo, tocaré la ventana de tu cuarto mañana a las cuatro de la tarde”.
La Sabina, con el corazón que daba tumbos, escondió la misiva entre sus ropas, pero al día siguiente al quitárselas para tomar el baño, no la encontró. ¿La habría hallado su marido mientras ella dormía? ¿O tal vez se le habría caído en alguna parte de la vivienda y el Dionisio la había encontrado? De cualquier manera, aquella carta era como un halo de salvación, y nada podría impedir prometerse a una vida entregada al Señor.
Al pasar por el cuarto a medio construir, encontró a su marido tendido en el suelo atacado por violentas convulsiones. En su mano aferraba la carta. La ocultó en una especie de bolsillo que había en la pollera, y mandó enseguida por el practicante. Cuando éste llegó el Dionisio había muerto.
Ese día, la Sabina se enteró de que precisamente a las cuatro de la tarde su marido debía atender un asunto importante en la escuela de una comunidad vecina. En ese momento su olfato femenino le reveló lo que nunca había sospechado. ¡El padre Teodosio lo sabía!
A poco de las cuatro, la viuda vio desde la ventana al clérigo que se aproximaba calladamente, como un forajido.
—¡Sabina!
—Ya salgo —dijo suavemente con su dignidad hecha pedazos.
Avisados los padres de la Sabina y los amigos del Dionisio de la desgracia, corrieron hacia la casa de ellos, y lo que encontraron fue espeluznante: junto al cuerpo sin vida de él, yacía muerta ella.
Se había cortado las venas.