Letras
Ajedrecistas

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Para Alonso Aristizábal

Tras devolverme el pasaje, la encargada del mostrador aceptó, muy a su pesar, que soportaríamos al menos dos horas de espera porque el aeropuerto de Bogotá estaba cerrado. Le di las gracias —acostumbro agradecer hasta las malas noticias—, y me dirigí a la cafetería.

Buscaba lugar cerca a los ventanales del fondo cuando mis ojos tropezaron con unas piernas femeninas verdaderamente imprescindibles. Miré al sueño completo y a su acompañante, un hombre de rostro redondo y cabello gris, que hacía gestos de invitación hacia su mesa. Después de un momento de vacilación, entendí que el movimiento de la mano me estaba dirigido.

—Disculpe, caballero —me dijo—, no pude evitar ver el libro.

Se refería a mi último trofeo: El exótico mundo del ajedrez, un libro de gran formato, en exceso lujoso para un deporte o un arte que muchos consideran del pasado.

—Es un prodigio —siguió—; en inglés salió hace casi tres años pero su gran virtud no es la actualidad, es la complacencia, ¿no le parece?

Seguí callado y levantó sus kilos de más enfundados en un traje perfecto:

—Perdone mi atrevimiento y mi descortesía, los viejos somos muy impertinentes. Mi nombre es Juan Alfonso Arango... Tatiana es mi prometida.

—Mucho gusto —dije. Contestó, pero no recuerdo las palabras. Su delicado tono de voz puede abrir las bóvedas del Banco de la República.

—Siéntese, por favor, y tome un coctel con nosotros. Supongo que va para Bogotá —inquirió mientras hacia una seña al mesero.

—Sí.

—Y ya sabe que el aeropuerto está cerrado por razones metereológicas.

Asentí bajando la cabeza hacia el paisaje que se extendía por debajo de la mesa.

—Qué tal si pasamos el rato juntos. Lo invito a que juguemos una partida; me imagino que es usted un buen aficionado.

Lo soy. Un tío me enseñó algunos trucos y me previno de otros; también me explicó las aperturas. Aplicaba a la vida la frase de un gran maestro que debió ser campeón mundial pero nunca lo fue, la repetía a menudo: “El exagerado subjetivismo perjudica el desarrollo lógico de una partida de ajedrez”.

—No soy muy bueno —respondí.

—La verdad, yo tampoco. Soy más entusiasmo que cualquier otra cosa —dijo mientras se agachaba para levantar del piso un maletín de cuero negro—. Con la jubilación no me quedó mucho que hacer y alguien me insinuó el ajedrez; comencé a practicarlo, leí sobre Philidor, Capablanca, Fisher, ya sabe usted, me apasioné. Ahora capturo a toda persona que más o menos sepa mover las fichas, pero soy apenas un neófito.

El maletín contenía un tablero de poco más de veinte centímetros de lado, fabricado con piedras comunes y silvestres, tal vez del lecho de un río, pero de un blanco y un negro casi perfectos. Quien había realizado el trabajo superó la artesanía para acercarse a lo sublime.

—Bonito, ¿no? Me lo regaló una pretendiente, no Tatiana, por supuesto —aclaró rozando los muslos enfundados en unas medias veladas muy oscuras. Ella ni sonrió—. Lo que me encanta es que las piezas son las clásicas Staunton, no me gustan los aspavientos.

Hasta la forma en que levantó el peón para enfatizar su afirmación, lo desmentía; también su acompañante, el ajedrez —una verdadera obra de arte—, y la pequeña computadora, poco mayor que una agenda electrónica, que puso sobre la mesa.

—Acostumbro grabar las partidas, quiero mejorar. Las estudio en casa, las comparo con los libros —anotó como si se excusara—. ¿Le importa?

Me permitió iniciar y tras uno o dos minutos de silencio explicó su teoría: la forma en que una persona juega ajedrez dice mucho de su personalidad.

—Usted es un hombre cauto, que no da ninguna ventaja, pérfido. Ese último movimiento suyo, por ejemplo, nos sitúa en terrenos bastante procelosos.

Su absurda interpretación de mis movimientos se convirtió en el fondo sonoro de la partida. Pese a que al principio lo único que me interesaba era disfrutar de la compañía de aquella mujer, el ajedrez produce un efecto extraño: se empieza a jugar por deporte y el orgullo termina involucrado entre las sesenta y cuatro casillas.

Tatiana registraba nuestros movimientos en el pequeño aparato. En la jugada veinte la situación era en extremo difícil. Arango sudaba, subía y bajaba uno de sus talones con nerviosismo. Cuando intenté abrir una diagonal para mi único alfil —una buena posibilidad, peligrosa para su rey—, se levantó mencionando su vejiga de una manera muy complicada. Casi arrebató el computador a Tatiana.

—Es un buen jugador —intenté una conversación.

—Se está enloqueciendo con este juego —respondió con una mueca.

—No parece muy a gusto con él.

Sus labios temblaron. No sé si era natural el tono rojizo de sus cabellos pero estoy convencido de que son grises sus ojos. Un vestido verde ceñía sus curvas, más peligrosas que el más agudo giro en una carretera montañosa. Sólo podía existir un motivo para que estuviera con Arango: dinero.

—Usted no es jubilada, ¿o sí? —pregunté acariciando una pieza que salió del juego: la talla era exquisita.

Antes de que pudiera contestar, volvió Arango. Casi sin acabar de sentarse hizo un movimiento de caballo que resultó definitivo. Cuando las uñas de Tatiana rozaron el teclado, entendí que fue al baño a pedirle consejo al engendro electrónico.

Los cielos se abrieron y ante la puerta de embarque el gordo Arango —había resuelto llamarlo así— se despidió de Tatiana con un beso. Otra vez retuve su mano: nunca contemplé tal enfebrecida gelidez en una mirada. De seguro corrió en su BMW —no podía tener un automóvil distinto— en busca de su amante.

La cháchara del gordo Arango y su presuntuoso vocabulario casi arruinaron el vuelo. Me psicoanalizaba: yo era prudente, analítico, pero después que conocía a mi contrincante podía arriesgarlo todo si existía la posibilidad de un buen ataque. Sonreí y le dije que sí, que tal vez tenía razón. Mientras devorábamos el refrigerio —queso, jamón, ochuvas y croissant—, le pedí la revancha. Aceptó.

Escogimos un bar en el mismo Puente Aéreo, pedimos cerveza y extendimos el tablero. Esta vez comprometí toda mi atención. En la jugada quince percibió que las cosas no iban bien y mientras yo meditaba mi próximo movimiento tecleó con rapidez hasta que actualizó la partida. Entonces se excusó señalando el baño. Cargó con la computadora y de seguro la consultó.

No importa. Su maletín es fino y muy amplio; quedó espacio hasta para el libro que robé en la Nacional de Cali. Calculo venderlo en más de cincuenta mil pesos. El ajedrez es otra cosa: más de un millón, si tengo paciencia. Tal vez lo conserve. El gordo Arango tiene razón: soy prudente, pero cuando conozco al contrincante lo arriesgo todo si existe la posibilidad de un buen ataque.

 

Post Scriptum

Santafé de Bogotá (Redacción) — Después de semanas de vigilancia, un ladrón especializado en el robo de maletas y objetos de valor en los aeropuertos del país, fue detenido cuando abandonaba el Puente Aéreo. Educado y bien vestido, de unos cuarenta y cinco años de edad, el hombre conocido como “El Pasajero” por las autoridades aeroportuarias, cayó gracias a una maniobra de inteligencia tan compleja como una partida de ajedrez.