Un día su teléfono dejó de sonar, ya nadie golpeó otra vez a su puerta y las de los demás nunca volvieron a estar abiertas para él.
No lo entendía, jamás se había metido con nadie, claro que tampoco había ayudado a nadie jamás. Siempre con su filosofía de vivir y dejar morir, como la canción.
Lo cierto es que aquel había dejado de ser su lugar y no necesitó mucho tiempo para asumir que recuperarlo ya no sería posible. Era un ciclo más de su historia sin fin, otra etapa más en su errante periplo de fracasos.
Así fue que tomó el último tren de la noche, ése que nunca supo adónde iba, aunque tampoco le interesó saberlo al comprar el boleto; sólo lo pidió en la ventanilla de la sucia y vieja estación y, revisando una vez más su equipaje, se dedicó a esperarlo, sentado en el andén, descubriendo sin mayor sorpresa que era el único pasajero.
El tren llegó con un extraño silencio. Sin sirenas ni luces. Emergió de entre el vapor de su máquina como un fantasma de novela gótica, apenas precedido por el chirriar de las vías, como una música sin tono. Subió sin darse vuelta para echarle una última mirada a ese lugar al que ya no volvería. Ni siquiera corrió la cortina de la ventanilla para ver en la partida las mortecinas luces del pueblo. Al fin y al cabo, ni siquiera sabía cómo se llamaba. Era uno más y allí no quedaban ni amigos ni amores, ni siquiera penas para olvidar. Es que la nostalgia era un sentimiento que hacía mucho había dejado olvidado en algún lugar parecido.
Se sentó en su lugar y tras entornar los ojos encontró el sueño, un sueño sin historia, sin pasado y sin presente. Un sueño que tampoco tenía futuro.
Cuando la luz del sol lo despertó al colarse por la ventanilla tuvo la fantasiosa idea de que acababa de nacer. Era como un hábito o un juego solitario ése. Le gustaba ampararse en la idea de que no sabía su nombre, ni siquiera balbucear algunas sílabas. Pero reaccionó al contestar instintivamente a un comentario trivial del guarda.
El final del viaje ocurrió de noche, casi a la misma hora en que lo iniciara. La estación, una como la que había dejado, antigua y vacía. Ni siquiera buscó con la vista algún cartel que le indicara el nombre de ese sitio. No tenía sentido saberlo. Sencillamente era otro lugar y basta.
Caminó unos metros por el andén hasta la salida, encontrándose con un pueblo igual de silencioso e igual de triste del que había escapado. Caminó por las desiertas calles sin mirar otra cosa que no fuera el suelo, despacio, como contando las piedras que hallaba a su paso y pensando en su vida vacía, en sus sueños quebrados, en sus proyectos anulados, en sus pocas ganas de seguir. Y de pronto, casi sin darse cuenta, se encontró frente a aquella casa; pequeña y descuidada; solitaria y alejada.
La puerta de entrada sin llave, la luz interior encendida, el cable del teléfono arrancado y los platos de la última comida sin lavar. Todo tal cual lo había dejado la noche anterior.
Se sentó en el umbral de la entrada, realmente estaba cansado. Había hecho un largo viaje en vano, un viaje que lo llevó al lugar de partida. Y aunque volviese a tomar el último tren de la medianoche, siempre volvería al mismo lugar.
Siempre.
Siempre que continuara llevando consigo aquel equipaje de fracasos y lamentos del cual, por costumbre o alguna rara mezcla de absurdos principios, parecía temer desprenderse.
Cuánto tiempo así; mucho, demasiado, y aunque siempre planeaba cambiar, siempre volvía a tropezar con los mismos obstáculos, con los mismos errores. Y siempre terminaba abrazado a ese sentimiento de lástima, como si se tratara de la tabla salvadora en un predestinado naufragio.
¿Podía acaso soportarse de pronto, tácitamente y en una sola noche, la sumatoria de tantos viajes a ninguna parte?
Todo tiene un límite. Todo. Pero por ello tal vez, y sólo tal vez, finalmente el suyo había llegado y quizás aquel último viaje no había sido totalmente en vano.
Al fin y al cabo, si bien el punto de partida y el de llegada eran el mismo, algo no lo era, ya que el prisma a través del cual veía las cosas era diferente. Porque sumergido en la soledad y en el negativo egocentrismo de su ser, nadie más que él mismo podía ayudarlo a salir de ese pueblo, de ese paraje, de esa situación.
Y de repente, como iluminado, sintió alivio y hasta algo parecido a la alegría al prometerse, a la noche siguiente, volver a comprar un boleto para el último tren de la noche.
Sólo que esta vez no llevaría equipaje.