No sé cómo empezar esta carta. Va a ser muy violento recibir esta noticia así pero es lo único que puedo hacer en estos momentos. Su íntimo amigo Damián López ha muerto. Si me preguntase si le he visto muerto le diría que no, de hecho aún me está llamando desde la ventana de la cocina que da a la calle. Le oigo susurrar mi nombre. Es difícil de explicar pero me remitiré al comienzo de todo para que pueda llegar a entenderlo.
Me llamo Juan Rodríguez y he vivido en Ojuelos Altos, una aldea del valle del Guadiato toda mi vida. No voy a explicarle mi vida porque entre otras cosas no hay tiempo... o eso creo. Me hice bibliotecario hace unos años gracias a un curso impartido en la mancomunidad y fue gracias (o por desgracia) a eso que conocí a su amigo Damián.
Comencé a trabajar en la biblioteca pública de Fuente Obejuna en el año 2000. Cierta mañana, hace un mes, su amigo entró en la biblioteca y se dirigió hacia el mostrador. Vestía muy pulcramente y mostraba una sonrisa cordial y amable. Dejé de lado la catalogación de un nuevo paquete de libros que nos habían mandado de la Junta y me propuse atenderle. Mi sorpresa fue grata al preguntarme él si disponíamos de material donde sacar información de Ojuelos Altos y entre bromas le dije que el mejor material que había en la biblioteca sobre esa aldea era yo, que para eso había nacido allí y me conocía su historia desde su formación.
Me rió educadamente la broma y me disponía a buscar el mejor material monográfico que hubiera en los estantes sobre mi amada aldea y también algunos periódicos antiguos que hablaban de ella cuando de espaldas a su amigo éste me sorprendió con una pregunta que jamás hubiera esperado. Más que nada porque se supone que nadie que no fuera de las cercanías conocía la leyenda sobre la que el hombre me había preguntado.
—¿Qué sabe usted sobre las desapariciones acaecidas en La Huerta del Tito Antonio en el año setenta y dos?
Fue una pregunta muy directa y que hizo que por un momento un escalofrío cruzara desde mi nuca hasta mi espalda. La Huerta del Tito Antonio era un paraje aledaño a Ojuelos Altos. Perteneció en los años cincuenta a un hombre campechano y malhumorado y que según cuentan los mayores, muy mayores, mató a dos sobrinas gemelas en venganza a su hermano por problemas de herencia. Luego, dicen, se suicidó ahorcándose en una de las ramas de un granado del huerto. Pasados más de veinte años, tres mujeres que veraneaban en el pueblo, grandes amigas ellas, salieron a pasear. Antes de nada he de decirle que la huerta queda alejada del pueblo. De las tres sólo volvió una. Y lo que relató dejó a más de uno con la boca abierta.
Conté esto a su amigo Damián y no hizo mi historia más que avivar su curiosidad. Debido a que en la biblioteca comenzaba a entrar gente le di un libro muy antiguo que habla sobre la formación de la aldea y su desarrollo durante sus inicios, pero me guardé de dejarle los periódicos que a él hubieran podido interesarle. Digamos que al ser mi aldea quería averiguar qué pretendía el hombre. A la despedida le propuse que tomáramos una copa al día siguiente donde seguiríamos hablando sobre el tema. Quería averiguar si era policía (cosa que casi descartaba totalmente porque ya hacía bastante tiempo de la desaparición de las dos mujeres y no creía que se hubiera abierto de nuevo el caso), periodista o simplemente un curioso con ganas de husmear en un tema prohibido en mi aldea (me decantaba por esta última hipótesis).
Cuando cerré la biblioteca me dirigí al sótano donde guardamos los periódicos antiguos. A la gente le parecería mentira la de documentos que se llegan a guardar en las bibliotecas. Montones de cajas apiladas algunas en orden y otras en desorden por toda la inmensa habitación. Aunque parezca mofa no me costó más de dos horas encontrar los periódicos que buscaba. Luego, cerré el recinto y me los llevé a casa.
Como he dicho antes, me conozco la historia de mi pueblo desde sus principios pero nunca había ahondado en el tema de las desapariciones, por extraño que parezca.
Constaté que no todo era tan leyenda como nos querían hacer creer nuestros mayores. Manolo Gómez, más conocido en la zona como el tío Antonio, cometió los dos asesinatos y luego se suicidó. El periódico daba la hipótesis de venganza entre hermanos por la herencia de sus padres. La Guardia Civil que por aquellos entonces tenían el cuartelillo en la aldea no tuvo que estrujarse mucho los sesos. Los cuerpos fueron enterrados y después de algún tiempo todo volvió a la normalidad. O eso es lo que pensaba yo.
Por pura casualidad me había llevado también algunos periódicos de meses siguientes al asesinato y en varios de ellos encontré algo que me dejó helado, sobrecogido.
En ellos se mencionaba que dos aldeanos de Ojuelos Altos que pasearon por las inmediaciones del macabro lugar habían visto una extraña y espesa niebla a primeras horas de la mañana y en los meses de verano. Ramón S., una de las personas que vieron la niebla, juraba que de ella habían salido dos niñas y las describía exactamente como las niñas asesinadas. Las chiquillas no se separaban de la niebla y con gestos les indicaron que fueran con ellas.
Los testigos, que eran ya mayores, creyeron sufrir una alucinación espeluznante y desandaron a toda prisa el camino hasta la aldea. La guardia civil no les tomó en serio pero sí algunos periódicos.
Después pasé a leer los periódicos relacionados con la desaparición de las dos mujeres. Victoria P., de treinta y cuatro, y Sandra M., de treinta. Las dos, asiduas veraneantes desde mucho tiempo atrás.
El testimonio de la tercera mujer, Yolanda D., parecía el de una chiflada sacada del manicomio. Una niebla espesa, tan sólida que se podría cortar con un cuchillo. Voces fantasmales e hipnóticas que surgían de ellas y las convocaban a adentrarse en la niebla y una especie de garra peluda que surgió de la niebla para llevarse a sus dos amigas. Por muy inverosímil y ficticia que parezca este testimonio sentí un escalofrío en la nuca como si una persona (o bestia) me estuviera respirando directamente en el cogote. Continué leyendo algunos periódicos más, buscaba algo que al final encontré. Pocos días después, en una de las partidas organizadas para buscar a las desaparecidas, algunos testigos afirmaron ver una niebla espesa en las cercanías a la huerta, en un principio intentaron acercarse pero al oír susurros escalofriantes provenientes de ésta desistieron en su propósito. No se volvió a saber nada más de las dos mujeres ni de la misteriosa niebla.
En uno de los diarios vi el nombre de un vecino mío, muy mayor ya, que había participado en la búsqueda. Como aún no era muy tarde me acerqué a su casa para ver si podía sacar algo de información que hubieran omitido en el periódico. Sabía de antemano que era un tema difícil de abordar pero confié en mis buenas relaciones con Gerardo M., mi vecino.
La noche era fresca pese a estar en verano, en el cielo millones de puntitos blancos se dibujaban algunos con total claridad y muchos otros difuminados por la lejanía.
La luz de su casa estaba encendida.
Vivo cerca del famoso horno de pan, en la parte baja del pueblo. Gerardo me contó que él había sacado mucho pan de allí; sin duda, eran otros tiempos.
Viudo hace muchos años, solía quedarse hasta bien entrada la madrugada echado en el sofá y viendo el televisor. Casi siempre se quedaba a dormir allí o en el suelo del salón. Decía que dormir en la cama solo era muy triste.
Di dos leves toques a la puerta pero fue suficiente para que el anciano me escuchara y abriera. Me saludó y me hizo pasar. No me preguntó cuál era el motivo de mi visita, pues, como ya he dicho antes, mantenía una buena relación de amistad con él y no hacía falta motivo concreto para una visita.
Me senté en una silla junto a él y no tardó mucho en sacar unas cervezas y comenzar a hablar. Ese día le preocupaba la política. Aunque no entiendo mucho de ello intenté defenderme, quería sacar el tema en el momento justo y no ser brusco, recuerde que es un tema delicado.
Cuando llevábamos un par más de cervezas y vi que la lengua se le había soltado un poco saqué el tema sin pensármelo dos veces. Claro está que lo hice delicadamente, como el que no quiere la cosa. Pero al decirle yo que por casualidad había encontrado en la biblioteca algunos periódicos que hablaban del tema, su cara palideció en cuestión de segundos y un sepulcral silencio se adueñó de la sala.
Sus únicas palabras fueron que dejara en paz a la niebla, lo dijo como si fuera algo que tuviera vida, como si nos pudiera oír..., ahora sé que sí que oye, ve y habla.
Me disculpé y cambié de conversación lo más rápidamente que pude pero la expresión de Gerardo no cambió. Media hora después y camino de mi casa vi que las estrellas ya no brillaban tanto.
Evidentemente, todo aquello estaba despertando en mí una curiosidad desbordante. Nunca había creído en lo sobrenatural pero me resultaba fascinante el miedo que había en el pueblo a hablar del tema. En ninguno de los periódicos se mencionaba que hubiera acudido ningún parapsicólogo a investigar. En ese momento supe que su amigo, Damián, lo era.
Al día siguiente, al terminar la jornada laboral en la biblioteca, me encontré con Damián en la puerta. Me estaba esperando. Dejé los periódicos usados por mí el día anterior en su posesión y después de hojearlos nos dirigimos a un bar de las cercanías.
Su compañero se presentó debidamente e indicó la profesión que yo ya había supuesto. Un día, por casualidad, había encontrado en Internet una página que hablaba sobre el misterio de mi aldea y se había decidido a investigarlo. Le conté todo lo que sabía y había averiguado sobre el misterio y me propuso algo que no pude rechazar debido a mi creciente curiosidad. Quería pasar un fin de semana en la huerta. Tomar algunas notas, grabar con cámara de video y ver si se producían algunas sicofonías. Como ya he dicho antes, acepté.
Creía firmemente que no iba a ocurrir nada, que todo eran exageraciones de la época y que las mujeres seguramente habrían caído por alguna especie de túnel subterráneo o algo parecido. Más, dándose la circunstancia de que por allí nace un arroyo y el agua deja grandes surcos y regajas.
Pensé que aquel hombre podría suministrarme información valiosa para mi propia investigación que tenía previsto empezar cuando el parapsicólogo se marchara. Fue así como este viernes pasado nos marchamos con tienda y sacos a la espalda en dirección a la huerta. Maldita la hora.
Como era temprano y era verano pudimos perfectamente montar la tienda y ordenar el equipo. Luego paseamos por la huerta, que es bastante extensa, por cierto. Distribuidos por ellas se encontraban algunos árboles como granados (de uno de los cuales se suicidó el tío Antonio), olivos e, incluso, varias higueras.
Constatamos algo que nos pareció muy extraño a los dos. Pese a que los higos estaban en temporada no había ni uno solo picado por los pájaros y los que caían al suelo se pudrían sin que ningún animal viniera a comérselos. Tampoco ningún animal venía al arroyo a saciar su sed. He venido algunas veces a la huerta (pocas) pero nunca me había fijado en este hecho.
Cuando oscureció nos dirigimos a encender las lámparas que traíamos y a sentarnos cerca de la tienda de campaña. No habíamos visto nada más que fuera digno de mencionar, pero que me corten el cuello si no nos atenazaba una sensación muy “mala”, no sé cómo explicarlo mejor.
Conversamos sobre temas triviales para intimar un poco más; ninguno de los dos, pese a ser adultos racionales, y uno ser un estudioso en la materia, fue capaz de sacar el tema de los asesinatos o las desapariciones. Teníamos miedo. Lo único que su compañero hizo fue encender la grabadora para ver si durante la noche se producían sicofonías.
Bien entrada la noche, decidimos acostarnos. Pasamos adentro. El lugar estaba más silencioso que un cementerio; qué irónico lo que acabo de escribir, un cementerio..., me estoy riendo de pensarlo.
Yo parecía un crío pequeño y temía el momento en que se apagaran las luces y todo quedara a oscuras. Damián parecía tener el mismo temor pero al cabo de un rato apagó la lámpara y la oscuridad, eterna e infinita, cegó mis ojos.
Hablamos, aunque poco, y después de desearnos las buenas noches pasaron dos horas hasta que pude conciliar el sueño. Sé que ya se espera que le diga que alguien o algo nos despertó en mitad de la noche con un gran sobresalto, pero no fue así. Dormimos de tirón y nada nos molestó. Ahora pienso que nos estaban espiando o que simplemente querían hacérnoslo pasar mal durante más tiempo.
Después de tomarnos un café, escuchamos la grabadora y para alivio mío que ya empezaba a cuestionar mis creencias sobre temas paranormales no se escuchó nada en la grabación. Nada.
A Damián no gustó nada esto, pero no se rendía y no perdió ni un ápice de ilusión, la mala sensación que teníamos le decía mucho.
Recorrimos durante el día la huerta en su total extensión, haciendo una parada para almorzar y otra para tomar el café en la tarde. No vimos nada más sospechoso que lo del día anterior. Por mi cuenta estuve buscando algún posible agujero por el que pudieran haber caído las mujeres. Me imaginaba con ilusión pueril encontrando los esqueletos de las mujeres desaparecidas y convirtiéndome en una especie de héroe al romper el maléfico mito de la niebla asesina que tan atemorizado ha tenido a mi pueblo pese a haber transcurrido tantos años. Pero no encontré nada de eso. Había algunos surcos de respetable profundidad pero ningún agujero por el que pudiera caer una persona y no poder dar con ellas.
Por su parte Damián tampoco encontró nada. No estaba muy esperanzado, después de haber pasado tanto tiempo, en encontrar alguna pista sobre lo ocurrido. Durante el crepúsculo hizo una cosa que no puedo especificar por qué pero que no me gustó nada. Se comió un higo de una de las higueras cercanas al arroyo. Me pareció que algo se rompía, un equilibrio en ese sistema, algo que había permanecido inalterable durante muchos años pero que ahora se trastocaba. Y oímos un ruido, como el graznido de un enorme cuervo pero totalmente desgarrador, esa puesta de sol no tenía nada de bonita.
Su amigo tomó nota, pues era raro haber oído algo allí. Como ya estaba casi oscuro nos dirigimos a la tienda y encendimos la lámpara.
He de decir que la sensación de malestar iba en aumento según llegaba la noche, y que ya en esos momentos estaba totalmente arrepentido de pasar otra noche más allí. Pero era demasiado tarde. Su amigo también intuía algo.
Pronto nos metimos en la tienda y después de hablar (poco) permanecimos en silencio. Durante largas horas intenté conciliar el sueño de todas las posturas posibles hasta que, cerca de las dos de la madrugada, pude quedarme dormido. Me daba miedo no hacerlo, y me sentí aterrorizado cuando una hora antes de dormirme oí la respiración profunda de Damián que indicaba que ya se había dormido.
No dormimos mucho. Un grito rasgado rompió la noche en dos e hizo que me despertara sobresaltado y asustado en la oscuridad de la tienda. Vi un bulto negro en la entrada de la tienda y casi se me escapó un grito, que aún no sé cómo contuve al ver que se trataba de Damián que miraba al exterior pero sin salir.
Le pregunté alarmado por el grito que acabábamos de oír y me dijo que hacía ya un buen rato que se venían produciendo y que no saliera de la tienda a menos que él me llamara. Le dije que estaba loco si pensaba salir, pero ya era tarde. Me acerqué a la entrada de la tienda para ver si veía a dónde se dirigía y fue cuando conocí personalmente a la niebla. Era muy espesa y blanca y se veía con toda claridad, allí no había noche, había niebla blanca como un algodón dulce gigante.
Con la mirada busqué vanamente a su compañero durante unos minutos. Estaba aterrado pero no sentí puro pánico hasta que oí el grito de Damián; en realidad fueron dos gritos en el costado derecho de la tienda, pero el segundo fue entrecortado y moribundo.
A toda prisa, y por muy cobarde que le pueda parecer esto, cerré las cremalleras de la tienda y puse por dentro una especie de candado de seguridad que lleva la tienda. Sé perfectamente que esto no me daba defensa alguna pero en esos momentos lo consideré de vital importancia.
Me metí en el saco y cerré la cremallera por encima de la cabeza, me recordó a cuando de niño miraba el armario antes de dormir y me parecía que éste se abría y el horroroso coco salía para meterse debajo de mi cama, yo embargado por el miedo echaba las sábanas y mantas por encima de mi cabeza y luego llorando y gritando llamaba a mi madre.
Salvo que en esos momentos mi madre no estaba allí y sí la niebla.
No tardé en escuchar susurros hipnotizantes, supuse que eran los que Homero quería transmitir en boca de sus sirenas en la Odisea, de hecho yo era Odiseo y las cuerdas que me amarraban al mástil eran el pánico y las ganas de vivir.
Los susurros eran dulces voces de niñas y de mujeres, que me instaban a salir para reunirme con ellos y, aunque parezca contradictorio, lo que afirmaban lo transcribo aquí tal y como llegaron a mis oídos:
“Ven aquí, reúnete con nosotros en la niebla, en la niebla todo se ve mejor, se ve mejor, ven...”.
Y así una y otra vez durante al menos una hora. Luego, de repente, las voces cesaron y oí un ruido de pisadas en el lateral donde yo permanecía atrincherado en mi saco, las pisadas se dirigieron a la entrada de la tienda y oí como la cremallera intentaba abrirse en vano.
Me atreví a mirar, consumido por el temor de no haber echado bien el candado y vi la sombra dibujada de una persona, no estuve seguro de quién era hasta que oí su voz.
Era Damián, y en un principio me dispuse a abrirle cuando pronunció mi nombre. Lo que me echó atrás fueron sus siguientes palabras:
“Deja que la niebla entre, lo verás todo mejor”.
Entonces me zambullí de nuevo en el saco y durante toda la noche permanecí allí. A ratos oía al parapsicólogo hablar, luego gritar, también las voces susurrantes, a veces de niñas a veces de mujeres, pero en ninguna ocasión nadie intentó entrar a la fuerza, derribar la tienda o cualquier otra artimaña para hacerme salir. Sigo pensando que buscaban hacerme sufrir lo máximo posible y destruirme antes psicológicamente que físicamente.
Aunque pueda resultarle increíble hubo ratos en que permanecí en un estado similar al sueño, pero fueron pocos. Lo que hubiera dado en esos momentos por no haberme embarcado en semejante proyecto. Ahora no cabía duda de que estaba equivocado respecto a mi ateísmo en el tema de lo paranormal.
Fue saliendo de uno de esos estados de sopor cuando me di cuenta de que las voces habían cesado y que el sol había salido. Miré el reloj y quedé sorprendido a ver que era ya mediodía. Con un temor que me puso la piel de gallina retiré el candado de seguridad y abrí lentamente una de las dos cremalleras de la tienda, luego bajé la otra y me tranquilicé un poco cuando los primeros rayos de sol entraron en la tienda. Asomé la cabeza y vi que todo parecía intacto, normal, monótono, como si allí no hubiese ocurrido nada. Esto infundió valor a mi espíritu y abandoné la tienda, dirigí una rápida mirada en todas direcciones sin observar nada sospechoso. No me iba a parar a recoger la tienda para salir despavorido de allí pero había algo que mi moral me impedía hacer, tenía que buscar a Damián por allí aunque sólo fuese echar un vistazo. No sé si fue un gran error o no, porque pienso que la niebla ya lo tenía todo planeado. Quería que sufriera al máximo por ser de la aldea y no haber respetado la leyenda y ahora tengo una hipótesis que le diré al final de la carta con lo que creo que ocurre aquí. Pero eso será después.
Di una vuelta rápida por allí y no encontré rastro alguno. Fue al dirigirme al arroyo cuando, a un lado de éste, vi una brecha de considerable tamaño que no había visto el día anterior. Me acerqué lentamente y me asomé más con miedo que con cuidado al borde. Lo que allí vi se me quedará marcado en la retina hasta que muera (cosa que preveo sucederá pronto). Allí debajo, a varios metros de profundidad, estaba la niebla, de ella surgían muchos brazos y cabezas, eran personas que corrían de un lado a otro de la niebla, tenían los ojos blancos, con niebla en su interior. Había hombres, mujeres y niños, y al proyectarse mi sombra sobre la niebla giraron sus cabezas hacia arriba, en mi dirección. No me llamaron con voces susurrantes, cosa que hubiera preferido, sino que lanzaron gemidos lastimosos y agonizantes, con una pena eterna que me desgarró el corazón. De repente la niebla los embargó, no antes de que viera el rostro vacío y perdido de Damián. Luego la niebla fue ascendiendo y empezó a salir de la brecha comenzando una persecución de mi persona que la ha llevado hasta el pueblo, hasta mi casa.
Como le dije en un principio, su amigo está muerto. Me está llamando desde la ventana de la cocina para que salga a la calle. Puede parecerle una locura pero voy a salir.
¿Sabe cuál es mi hipótesis? Pienso que, igual que hay lugares mágicos, hay lugares malditos, y que la huerta es uno de ellos. No creo que todo comenzara con los asesinatos del tío Antonio, hay demasiada gente y las vestimentas de algunos de ellos me indicaban antigüedades centenarias. La niebla es un ser milenario, piénselo, y puede tener vida, e incluso garras.
Cielo santo, esas voces son tan sugestivas, sé que pretenden hacerme daño, lo sé... o eso creo. Sólo hay una forma de averiguarlo...
¿Por qué voy a temerles?, sus voces son suaves, cálidas... lo he pasado tan mal...no sé.
Me voy...
Sólo una cosa más, no venga aquí, por favor.
No venga a la niebla.