Jorge Luis Borges describe la Secta del Fénix como un colectivo consolidado alrededor de diversos ritos secretos. Tales ritos no pueden ser descritos, pues son tan secretos que muchos de los sectarios los ignoran y, por lo mismo, no pocas veces los ejecutan sin saberlo. Los sectarios se mezclan con todos los grupos humanos, pueden celebrar su culto en cualquier parte y el Secreto, cuyo ejercicio es furtivo, es nombrado por todas las palabras. Así, de la Secta del Fénix formamos parte todos nosotros.
¿No es esta acaso, al margen de cuál fuera la intención real de Borges, una buena definición del arte? No podemos definir el arte pues todas las palabras lo nombran, inclusive las que lo niegan; se mezcla con todos los grupos humanos, se celebra en cualquier parte y hay quien ignora que de sus acciones brota el arte como de un manantial; de hecho, como concluye Borges su relato, alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.
Tal ubicuidad del arte es, claro, un arma de doble filo que ha permitido a más de un impostor erigirse en artista con el único aval del aplauso interesado, o ignorante, o hipócrita, de quienes lo rodean. Sin embargo, el tiempo lo allana todo, y también lo aclara todo. Reconocemos la belleza del arte en estatuillas prehistóricas modeladas por protoartistas anónimos, de la misma manera como olvidamos a aquel burócrata disfrazado de poeta, a quien hace sólo dos décadas se le rendía pleitesía en alguna asociación cultural rebosante de glamour y bombo, y que realmente no tenía nada interesante que decir.
Y es que la belleza de la poesía no siempre se cultiva con glamour. Lo saben las legiones de lectores de Bukowski y de Valera Mora, los poetas desconocidos que escribieron buena parte de la Biblia y del Popol Vuh, los hermanos universales de Max Brod que alguna vez tuvieron que decidir si accedían o no a quemar los papeles del genio. Lo ignoran, en cambio, quienes hacen de la poesía una vía para la caricia onanista de su concepción de la belleza.
Un claro ejemplo de esto lo aporta la celebración, por estos días, de la última edición de la Semana Internacional de Poesía de Caracas, un evento que se queja de carencias presupuestarias pese a contar con el apoyo monetario del Ministerio de la Cultura y el Consejo Nacional de la Cultura (que son la misma cosa y a la vez no lo son, a la manera de una trinidad coja), el sello Monte Ávila Editores, la Biblioteca Ayacucho, el Instituto Italiano de Cultura, el Instituto Cultural Brasil-Venezuela y las embajadas de México y España, amén del Centro Cultural CorpGroup, que a su vez depende de un importante grupo financiero venezolano.
Quizás a manera de epitafio para el que llegara a convertirse en uno de los encuentros literarios más concurridos en Venezuela, su organizador, el poeta Santos López, escribe este fin de semana una especie de balance que ha sido fustigado crudamente, en artículo posterior, por Juan Calzadilla Arreaza.
Dice López: “Cuando nos propusimos hace 15 años llevar al grueso del público la poesía, lo hicimos sin ningún temor a lo popular y sin siquiera sentir cierta inquietud de la clase media sobre la vulgarización de la poesía”. ¿Debemos temer a lo popular porque vulgariza la poesía? Por más esfuerzo que le imprimimos, no vemos cómo esta concepción puede estar detrás de un evento que en tres lustros ha ganado reputación y adeptos sinceros.
Es, sin embargo, una forma de pensar que priva entre muchos de quienes pueblan el contingente poético de esta tierra de gracia. Quizás por ello la poesía que escriben se ofrece tan plena de titubeos, de expresiones vacías maquilladas con altos vocablos y referencias bibliográficas que, al fin y al cabo, no son más que muletas.
No se detiene López allí: “La poesía es un oficio tradicional que lo realiza una élite: los poetas no abundan”, sentencia, incluyéndose de manera tácita en ese mítico petit comite al que le está reservado el derecho de escribir poesía. “La naturaleza del pueblo es el extremo opuesto al oficio de los poetas; así como el cuerpo es al espíritu, el pueblo es a la poesía”, aduce más adelante, intentando que entendamos que mientras —en su concepto— el poeta mira las estrellas, el pueblo se encarga de las poco glamorosas funciones biológicas.
Con toda razón Calzadilla Arreaza arremete contra el artículo de López en estos términos: “Agradecemos enormemente la amplitud y la generosidad, y sobre todo la condescendencia de Santos López, para con quienes no hemos nacido poetas sino que somos un depósito de donde él y sus elitescos congéneres extraerán, para deleite de los milenios futuros, la poesía y la metáfora. Agradecemos tanta generosidad, pero, por una cuestión de orgullo popular y de irreverencia ante los ‘elegidos’, no portaremos por la Semana de la Poesía según Santos López”.
Mientras estas cosas ocurren en Caracas, en el interior de Venezuela tienen lugar, o están a punto de realizarse, encuentros literarios cuyos organizadores se juegan el pellejo por el arte, sin el apoyo de entidades financieras ni ministerios. Se sorprenderían López y los suyos de las cantidades que se invierten en estos confines, nunca comparables con las que se manejan en Caracas. A estos encuentros también asisten autores de otras latitudes. En estos encuentros también se lee poesía y se bautizan libros. Son encuentros que provocan, a quienes se lanzan a organizar estas aventuras, severos dolores de cabeza, que a pesar de todo son disfrutados por sus organizadores como cronopios, en el entendido de que así deben ser las cosas y no de otra manera.
No deja de complacernos que un oculto rito borgiano incida para que estas gentes no bajen jamás de tales alturas. No dejamos de lamentar, sin embargo, que los premios por el cultivo del arte —ya se sabe que el arte no es necesariamente una ocupación bien remunerada— sean recogidos por quienes hacen mención a la secta sagrada con jactancia, con vanidad. Al fin y al cabo, de alguna manera, la poesía prevalece a pesar de las imposturas, pues con los poetas ocurre, como sigue diciendo Borges, que el nombre por el cual los conoce el mundo no es el que ellos pronuncian.