1. Los cinco niveles ontológicos de la poesía
¿Es la poesía algo discernible o más bien paradójico: un mostrarse y un ocultarse? Si pudiéramos sospechar lo segundo, habría que indagar en qué sentido es la poesía un mostrarse y en cuál un ocultarse.
Se muestra esto que se nos presenta ante la vista: el fenómeno. Así, la poesía, en su aspecto fenoménico, aparece en cuatro niveles ontológicos: 1) lingüistico (acontece en la lengua), literario(se ubica como género en la literatura), 3) histórico (se sitúa en la historia de la literatura), 4) crítico (interroga su propio hacer). Por cierto que el cuarto estadio no excluye los tres precedentes, sino que los conserva y proyecta, al modo de interrogación provisional, en su ir hacia la visión.
¿Qué es lo que, en rigor, se oculta, si no aquello que, depositándose por entero en la alteridad, se ensimisma? Se habla de lo difícil para nuestro entendimiento, a saber, el carácter oculto que despliega la verdad, aun siendo desocultamiento. Dificultad de lo paradójico. Porque si bien es propio de la verdad mostrar al ente, como una luz que lo ilumina, también le es natural ocultarse en él, como lo absolutamente otro del ente.
¿Es posible afirmar que lo oculto es lo menos obvio y también la más acuciante presencia, al punto que entrama toda la existencia? Ciertamente, por su mínima obviedad existencial, insinúa manifestación y huída: manifestación en las causas y huida en su ir hacia el origen. En el ámbito originario desaparece ante la vista. Se precisa un concentrado ejercicio para advertir el cuerpo de lo ausente, un esforzado ensimismamiento para saber ser junto a lo faltante. La existencia, como precipicio de muerte o renuncia, como salto o entrega, inicia al hombre en el camino de regreso a sí mismo a través del complejo habitar interrogante.
El quinto grado ontológico de la poesía es el metafísico; allí acaece cognoscitivamente en la visión.Conocer es un dar a luz lo oculto, un nacer del ello. Acontece el despertar de la poesía en la órbita gnoseológica: particular encarnación de lo oculto en el hacer iluminado. La poesía, como iluminación, suscita el hacer iluminado o poetizar, habilitado para recibirla. Se puede hablar de una actualización de lo poético, un poner en acto o manifestar lo poético en cuanto potencia de lo oculto.
Los cuatro primeros grados ontológicos resultan el propiciar anticipatorio de una potencia de lo oculto, un nacer del ello de lo oculto en el acá del poema.
2. En poesía, la palabra conoce
La palabra poética —sujeto del poema— descubre y se descubre. Descubre al nombrar las cosas, afirmando sus cualidades, volviendo, por el decir, el habla a uno de sus momentos instanciales. Se descubre al ser puesta en obra, al ser traída del verbo a la voz del poema. En este descubrir y descubrirse, la palabra, en poesía, conoce y vincula el habitar humano con el morar originario. Así, el poema es vínculo y conocimiento en la palabra, pero no cualquiera arrojada caprichosamente por el desborde de lo espontáneo, sino donación de la gracia, gratuidad de la palabra que el poeta cultiva en la paciente escucha que obedece. Esta unión vindica el habla y lleva al poeta a la fundación del lenguaje por la preparación y cuidado de la lengua, que se encamina, por el hacer de quien la vela, en la voluntad del habla: en sus finales, a sus inicios de silencio. Lejos de anularse, el habla queda concentrada en el decir del poema y la taciturnidad del poeta: cuando el poeta se entrega al dictado poético en el decir concentrado del poema, retira su voz personal en el callar de silencio.
Decir (mostrar) y callar (ocultar) constituyen los dos momentos en el sentido del habla. En un continuus, el movimiento pendular entre ambos es uno y el mismo.
3. La linde
¿Qué esperar del poeta? La entonación de la pregunta insinúa una exigencia pocas veces cumplida, bien porque se espera demasiado mucho, bien porque se espera demasiado poco de él y su hacer. En la pretensión de comparar al poeta con el sabio iluminado resuena tal grado de disparate como en la de reducirlo a la condición de salvaje exaltado, sin atenernos a la simulación que circula bajo el sello de efusión sentimental u ocioso palabrerismo. El poeta pareciera acatar lo suscitado en el pensar: el sentido único de significados múltiples y las aporías que conlleva su paradójico curso. Le obedece pero no lo comprende más que en orden a los merecimientos que, en cada época, el pensar ha sabido ganar; vale decir, el poetizar del poeta no se adelanta al pensar del pensador, sino que lo traslada, lo descoloca para ubicarlo en otra orilla. Habita esa otredad, la del sentido, que, lejos de poder entender y explicar razonando, abraza y comprende viviendo. En un hombre confiado a tan entrañable oficio, la gracia que en él sobreabunda es ignorancia de quien perpetra la acción, avanzando en zona franca. Ignorancia no por déficit de conocimiento sino por exceso, por un conocimiento que le excede y proyecta más allá de sí, que lo suelta y extralimita.
El poeta comparte el horizonte de verticalidad del pensador y el místico. Sin ser ni el uno ni el otro, vela la oscura tierra en la noche oscura. Acaso por ello, tanto el pensador como el místico vuelven la mirada hacia él cuando quieren nombrar profundidades y altitudes, porque es propio del poeta arrebatar de lo profundo los latidos de la tierra y de lo alto los nombres de lo desconocido.
4. El poetizar
El poetizar lo poético de la poesía lleva al poeta, en su hacer, a un asir esencial. Esta prestancia ontológica nos informa de cierta fiabilidad de que esta disposición abierta del poeta al decir o mostrar de las cosas pareciera ser merecedora, algo así como una empatía cuyas claves podríanse explorar en el hacer poemático de cada época en que, alejando notoriamente su poematizar de convenciones literarias, auténticos poetas se han mostrado no fuera del alcance de la crítica, en tanto indagación rigurosa, sino de los vaivenes de la moda y el mercadeo.
El verso —tenencia del poema en su deseo de ir hacia— encamina el lenguaje como nombrar que nos acerca, en presencia del poema, a lo poético de la poesía. El verso habla de lo que no está y habita en lo que no dice. La poesía, como lo no asequible y ponderable, nos falta; tenemos el poema, traducción de la experiencia del hombre en cuya reconditez lo poético se dona. El poetizar cultiva ese don, lo ampara y acrecienta, y, al hacerlo, ensancha los límites del mundo, forja la obra llamada poema. En su nombrar, el poetizar vislumbra la íntima relación que el hombre desarrolla con lo otro, centro de otredad que quiere y no quiere decir su nombre: manifestación y huida cuyo poder o energía, a la vez, muestra y oculta realidad.
5. El pensar y el poetizar
Las afinidades entre el pensar y el poetizar aparecen en las raíces del preguntar reuniente: ascesis y trascendencia.
Por la ascesis nos entonamos en la gravedad del sí. Afirmar es fundar suelo, sostener por entre lo disgregado, aceptando agradecidamente lo que nos ha sido dado. Se agradece la gratuidad del don y, a partir de allí, se mora el habitar, por la fundación de lo posible. La ascesis nos acerca la ganancia de un haber aceptado. Vivir se hace posible sólo cuando se acepta la vida, esto es, la vida tal y como se le ha dado a uno.
Negación de negación, la afirmación del sí, lejos de disolver el no, lo contiene y abriga, decide su trascendencia. El no de la renuncia voluntaria y hasta el de la privación segante no disgregan ser, lo concentran, no aminoran sentido a la vida, lo intensifican, acercan lo faltante en la quita de lo sobrante.
La trascendencia se muestra transparencia. Llevarse (trascender) es tenerse en lo otro hacia donde se es llamado, en el borde mismo en que uno se abandona y pone a merced de lo otro. Este llevarse entraña una aquiescencia de lo otro en uno, un ponerse abierto de lo otro en los términos existenciales de uno; esto se nombra transparencia y, a sabiendas del desocultamiento que promueve, trans-apariencia.
Ascesis y trascendencia son tan propios del pensar como del poetizar, mutuamente solicitados en el preguntar reuniente. En esta disposición vital se patentiza la obediente escucha de uno hacia lo otro que le excede, pero que, de un modo pregnante, lo forma y educa. No nos viene fácilmente el preguntar reuniente, pues es lo menos obvio a la existencia, no va en dirección a ninguna salida ni suministra útiles para el progreso.
El pensar y el poetizar no se avienen al desafío mundano; su consistencia no es la premeditación del rendimiento (saber de subsistencia) sino la meditación de la espera (saber de asistencia). Meditación de la espera significa permanencia en la guarda, disponibilidad y cuidado. Más que en ninguna otra actitud, el hombre alimenta en la espera la firme calma de ánimo, porque no sólo espera lo absolutamente otro de sí, también se espera a sí mismo, se aguanta.
Recurriendo a la pregunta inicial ¿es la poesía algo discernible o más bien paradójico?, debiéramos preguntarla —pensarla y hacerla— desde la ascesis y hacia la trascendencia a que el preguntar reuniente nos convoca.
El pensar o mirar esencial y el poetizar o hacer esencial conforman la habilidad que permite al hombre sostener su condición en el haber de ser y nada. Esa habilidad esencial lo remite a la altitud y, en su correr o pasar de una parte a otra, a la fundación del habitar humano.
6. El preguntar
El poetizar o hacer esencial nos retira del mundo para comprenderlo, y, cuando nos devuelve a él, su ingreso lo cumple por el nombrar. Y no se trata, entonces, de acosar las cosas con la mirada, sino de acatarlas en la contemplación, callar en su presencia, escucharlas y obedecer, mostrándolas en todo cuanto ellas tienen para decir. El nombrar, entonces, es callar que transparenta el decir de las cosas. En la distinción agustiniana entre causa y origen encontramos género propicio para el desenvolvimiento de los contenidos enunciados en nuestra pregunta inicial ¿es la poesía algo discernible o más bien paradójico?, si es que estamos dispuestos a revisar los términos de la disyunción, sabiendo aceptar como posible, al preguntarlo separadamente, lo paradójico, en tanto referencia al origen, a la nada. En este retroceso, el pensar y el poetizar, por mutuo deseo, se revelan preguntar en verdad. Retroceso que va de lo discernible en la causa a lo paradójico en el origen.
En esta clase de preguntar se pregunta no sólo metafísicamente, sino, ante todo, por la justificación de la metafísica. Y acaso acontezca en virtud de los márgenes o fronteras de la metafísica, de lo que ellos reservan y propician en lo hermético.
7. Meditación de la espera
La excepcionalidad de auténticos poetas acompaña la extrañeza que el poetizar provoca en sociedades orgullosas por demás de sus propias fuerzas constructivas, optimistamente confiadas en seguridades que ellas construyen y sobre las cuales porfían. Allí se desatiende lo sugerido por cada obra de arte, el dictado de sus voces múltiples, desentendiéndose del humano escuchar taciturno.
Cuando la experiencia del misterio —en la audición de lo inefable y contemplación de lo invisible— estremece la existencia del hombre, éste, en comunión con lo otro cuya energía o poder lo anima y sostiene, se trasciende: no un cuerpo estático, construido por versátiles presencias, sino extático, fundado en el consecuente dinamismo de la ausencia.
La profundidad y lejanía en que se dispara el preguntar en verdad,más concentradamente que los méritos de nuestras fuerzas constructivas, nos acerca la experiencia de lo faltante, no bajo formas de penuria frente a lo inalcanzable, sí con alegría ante lo absolutamente otro por descubrir.
8. Un aforismo
Del sánscrito, indirecto testimonio del indoeuropeo, nuestra matriz lingüística occidental, nos ha llegado del siglo XV a.C. una sentencia referida a la poesía. En 1938, el simbolista francés René Daumal la exhumó en un artículo publicado en la revista Mesures. El aforismo dice:
“La poesía es una palabra cuyo sabor es la esencia”.
En esta oración gramatical y espiritual resplandeciente de sugestión descansan con simplicidad los elementos poéticos. Analicemos sus contenidos, descomponiendo el enunciado en dos segmentos proposicionales.
La poesía es una palabra sabor es la esencia
1 2
Del segmento 1 abstraemos: la poesía
una palabra
Confrontemos el artículo determinado que presenta el sustantivo poesía y el indeterminado que precede al sustantivo palabra. ¿Qué se dice de poesía? Pues, algo indefinido, no determinado. El alcance de la poesía se verifica en el cuerpo de lo no determinado: una palabra.
Del segmento 2 abstraemos: sabor
la esencia
Sabor se atribuye a una palabra por mediación del pronombre relativo “cuyo”. Sabor remite a impresión sensible. Pero advertimos que se dice sabor es la esencia. Si esencia apela a comprensión intelectual, nos encontramos ante una aparente contradicción, porque de algo sensible —sabor— se predica lo inteligible —esencia. La paradoja sabor-saber habla de cruce y encuentro; y, como síntesis, de lo diferente sumido en lo mismo. Se sabe algo cuando se percibe la sensación que nos provoca y también cuando se comprende el concepto que lo evoca. Esta ambivalencia no determina, enseña. Las señas muestran el camino del preguntar. Saber de sabor y saber de esencia van de camino y se acompañan en el preguntar reuniente.
La impresión sensible y la comprensión intelectual habilitan, en tanto heterogéneas, el despliegue de lo mismo: lo humano del habitar del hombre, en el sabor que percibe su temperamento sensible y en el saber que concibe su carácter intelectual.
Sinergia de saberes, pulsión de sentido, en la paciente espera del poeta. Cuando éste no puede callar, expresa, arroja al mundo, en la patente emergencia del poematizar, la cosa llamada poema.
El poema regresa la mirada al poematizar del poeta. El poematizar, al poetizar del hombre. Y el poetizar abandona la mirada a la contemplación de lo poético, a los ojos sin mirada y al decir de silencio. ¿Es la poesía algo discernible o más bien paradójico? El camino de nuestra pregunta, ahora menos inocente y hasta peligroso, pareciera erguirse en lo angosto: ¿es la poesía algo o acaso su total ausencia, el vacío que congela el salto?
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