Letras
Tres poemas

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Bostezando

Es gris.
El largo bostezo concreta una imperceptible actitud eólica.
La pared está baldeada con series de manchas.
Mi vida es ruinosa.
Soy Louis Ferdinand Destouches o Céline, como prefiera.
Nunca fui feliz.
Una caterva de ignorantes me hundió por ser colaboracionista.
Y el éxodo me llevó por la cuarta parte de Europa.
París, Berlín, Sigmaringen (castillo de opereta a los pies del Danubio), Copenhague y un sinfín de pequeñas aldeas tortuosas.
Todos me odian sin consuelo.
A mí, un médico de pobres, un escritor de violencia lírica, de neblinas y sombras.
Es cierto lo que dicen.
Colaboré con la ocupación alemana en Francia y escribí panfletos antisemitas.
¿Esto quita la nervadura de todo el dolor que sufrí?
Sólo pretendo comer poco, leer el diario y no ser reconocido en este pueblucho francés, Meudon.
La humanidad es pésima, ilógica, nemorosa, emética.
Un bostezo hemorrágico subleva mi angustia.
El sueño preña la gravosa soledad.
Tal vez muera, mañana.

 

Los uniformes inexistentes

Cercanías de Carhué.
La situación es crítica.
La indiada mantiene su orgullo racial inamovible. Jamás será defenestrada totalmente.
En el fortín, el viento maneja un tormento sostenido. El frío enmudece.
No hay galleta ni yerba para el mate.
Somos seis jefes, setenta y tres oficiales, más novecientos cuarenta hombres de tropa.
Con trescientos veinticinco fusiles, cuatrocientas dieciocho carabinas, ciento noventa bayonetas, trescientos treinta y tres sables y veinte machetes.
El vestuario es exiguo.
Al igual que morrales, monturas y caramañolas.
El ganado enflaquece y se pudre entre el lodo del corral.
Los caballos mueren de cansancio y por falta de pasto.
Los soldados consumen sobras.
Llevan el pelo hasta los hombros y la barba hasta el pecho.
Aspiran olores nauseabundos: de las llagas formadas en los lomos de matungos extenuados, de sus propios cuerpos, de cadáveres insepultos.
Duermen sobre el suelo húmedo, mundo de víboras de cruz, con las botas puestas desde hace meses.
A causa del mal reposo, muchos no pueden desplazarse ni andar a caballo.
Brotan orquitis, bubones, balanopostitis, sífilis.
Otra tremenda helada cae sobre el paisaje solitario.
Los guardianes nocturnos se traslucen desde sus rostros angulosos.
Se endurecen los miembros de la patriada.
Muchos prefieren morir en manos de los indios.
Un Ay desgarrador conmueve flora, fauna y cristianos.
El grito formidable gira en eco, rebota.
Y vuelve en el esplendor de la luna.

 

Las preguntas

¿Quién se esconde tras la puerta?
¿El mito laberíntico, versión Cortázar, de Ariadna sufriente de amor por Minotauro y rechazando la madeja salvadora de Teseo?
¿Cualquier madre a la espera, en el ocaso delincuente de la noche, la llegada
de un hijo prófugo?
¿La adolescente virgen masturbándose sin pensar en el flujo hervido ni en las directrices exánimes de la moralidad?
¿Un esquizofrénico juguetón reventando sus dedos, con una llave francesa Bahco, para el placer de cuatro gorriones artesanales de aluminio y ébano?
¿El céfiro soplido del ventilador esquelético, roído, semimuerto?
¿Pichuco Troilo que hurga con el filo mocho de la ballenita el suspiro de los últimos nariguetazos de cocaína?
¿La cena de una familia entera, padre, madre, tres hijos, sin hablar, flotando en la tensión inmanente de un televisor?
¿Los besos hoscos de un par de recién casados que prefieren engañar, en esa ofrenda posma, el futuro abúlico?
¿El rastrojo de fiebres y heridas?
¿La voz del fracaso?
La visión panóptica se diluye.
Tras el halo portal, la respuesta.