Desde esa altura el auto dominaba casi todo el valle. Estaba estacionado en una explanada, después de haber recorrido una carreterita tortuosa y empinada, casi siempre desierta.
Dentro del carro un hombre y una mujer observaban mudos el panorama que, para ellos, era habitual y conocido. En plena época de sequía, al atardecer, los colores asumían tonalidades irreales, de ensueño...
Comenzó a hablar el hombre no sin antes encender, como siempre, un cigarrillo.
—Esta tarde te llevaré temprano a casa —dijo mirando hacia delante.
Era la hora del ocaso y una pequeña y brillante luz se encendió en un punto lejano del valle. Continuó:
—Tengo trabajo que terminar, me lo traje de la oficina y...
—Bien —dijo la mujer con voz algo estridente, casi molesta. Deglutió y luego miró al hombre.
Él jugueteó con los faros, los encendió y los apagó. Tenía ahora una expresión triste.
Ella volteó hacia él y le tomó la mano. Casi le imploró.
—Déjame decirte algo. Es importante. Presiento que mañana no tendré el valor.
Por fin se miraron, él sorprendido, ella decidida.
—Déjame decírtelo —dijo la mujer—, no me quiero casar contigo y... créeme —continuó interrumpiendo el gesto del hombre que intentaba acercarla a sí—, créeme, no es porque no te quiera, siempre estaré contigo, como antes y como ahora.
—Pero, mi amor —dijo con dulzura—, todo esto es absurdo.
Le acarició los cabellos. La mujer seguía mirándole decidida, sin ninguna emoción. Luego desvió la mirada hacia el valle.
En la lejanía se habían encendido otras dos luces, tenían un resplandor de fuego muy brillante.
También el hombre volteó para mirar el fenómeno.
—Ahora comprendo —dijo—, les das crédito a todas esas extrañas habladurías que circulan acerca de eventuales ataques de extraterrestres, acerca de diferentes y extrañas explosiones y fenómenos climáticos en distintos lugares de la tierra y quién sabe a cuántas fantasías más. Estás nerviosa y asustada...
—¡En absoluto! —contestó ella firme y molesta—. Tengo miedo de la vida en pareja, tengo miedo por los hijos que vendrán, tengo miedo de la pobreza, de las enfermedades, tengo miedo de todas las dificultades de la vida. Escucha —continuó exasperada—, hoy, sólo por darte un ejemplo, fui a ver ese nuevo apartamento. No estoy muy convencida de que sea el adecuado. Se perciben todos los ruidos del tráfico. Y cuando el sol aprieta debe convertirse en un horno. Estoy cansada, abúlica y deprimida. Te quiero, es verdad, pero no tengo ganas de nada.
La última frase la dijo con tono de voz más reposado, como disculpándose por el ataque de ira.
El hombre había encendido otro cigarrillo.
—Fumo demasiado —murmuró—. Debo pensar seriamente en dejarlo.
Las primeras sombras de la noche estaban bajando y otras luces misteriosas chispeaban aquí y allá.
—Yo también te quiero mucho —continuó él—. Sin embargo creo que el error consistió en arrastrar nuestra relación durante años. Sí, estoy desanimado, ahora te lo puedo decir. Con todas las dificultades que nos rodean hoy en día...
—¿Te das cuenta? —interrumpió ella—. No estamos hechos para vivir juntos.
Él asintió. Se sintió aliviado. Al menos habían llegado a una conclusión.
Sin decir más nada arrancó el motor, maniobró y embocó la estrecha carretera que conducía al valle.
Sentían que no habían descargado completamente su amargura... sin embargo no hablaron más.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un resplandor cegador que apareció de improviso a pocos metros de la carretera. La zona afectada ardía con rabia, como alimentada por una brisa misteriosa.
Pero, he ahí, que del centro de la silenciosa explosión, una araña enorme, brillante, una mancha monstruosa, increíble, daría un rápido salto hacia el cielo y en un instante desaparecería.
El hombre y la mujer seguían sin hablar, a él le temblaron las manos pero siguió manejando hacia el valle. A mitad de camino había un conglomerado de casas. Querían ver, saber...
Detrás de la curva las casas se veían oscuras, sin vida; alrededor había gente que huía aterrorizada en todas las direcciones.
Una mujer con las manos en la cabeza corría sin sentido alguno, se paraba, volvía a correr, regresaba...
—¡Es fin de mundo! —chillaba—. ¡Es fin de mundo! ¡También la radio lo ha dicho! También la radio. ¡Es fin de mundo! ¡Auxilio!
Casi para subrayar aquel terror inhumano, una llamarada envolvió la casa y la engulló... la devoró. El fuego siguió ardiendo con vigor, con fuerza, como satisfecho por el pasto que se le ofrecía. Arriba otra monstruosa araña negra metálica se alejaba hasta desaparecer.
La oscuridad había envuelto el valle y la luz de los incendios aquí y allá le daban un aspecto siniestro.
¡En todo el mundo estaba sucediendo lo mismo!
El hombre ahora estaba extrañamente calmado. Seguía manejando. La carretera permanecía vacía, intacta e invitante.
Ella le acarició la nuca tiernamente.
—Amor —dijo—, casémonos en septiembre. Es el mes más hermoso.
Él quitó por un instante la mirada de la carretera, su rostro estaba ahora distendido y sereno.
—Por supuesto, en septiembre —asintió—. Así podré tener todo un mes para nosotros dos... Mañana confirmo la adquisición del apartamento —continuó, manejando con atención, abordando las curvas con cautela.
Numerosos fuegos se encendían contemporáneamente en el horizonte.
—Sí, es un apartamento ubicado en una zona céntrica —dijo ella—. Es ideal por la escuela, por los niños. Tendremos por lo menos cuatro niños y... —en la oscuridad se ruborizó.
Él le rodeó los hombros con el brazo por un instante. Se sentía conmovido y feliz.
El carro se dirigía hacia un huracán de llamas.
Él bromeó como un niño.
—Sabes —dijo—, tú serás la indiscutible ama de casa. Pero sólo tengo una exigencia y la defenderé a capa y espada.
La mujer le miró con expresión divertida.
—Quiero una hermosa nevera, grande y moderna. Cuando el calor arrecia quiero beber la cerveza más sabrosa y más fría que exista.
—Seremos felices —dijo ella y lo dijo casi en un susurro, tan bajo que quizás él no pudo oírla.
Mientras tanto ya todo el valle era un mar de fuego.