Letras
Tres poemas

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Reencuentro

Sólo nos queda la caminata,
el compás de los pasos, vocablos;
la sombra de árboles, viviendas,
ante la lealtad del amarillo,
—oro—, y la nublada distancia
del azul. Sólo nos queda llegar
al café, nuestra mesa, iglesia,
y con la harina recuperar
la sangre, el uso de las manos.
Sólo nos queda despertar rocas;
gritar hasta que se pierda la voz;
saltar, brincar, gatear y frutas
alcanzar antes de que se vaya
la tarde, de que los campesinos
el cuidado de la tierra justa
en manos de espantapájaros
dejen. Sólo nos queda, colega,
coetáneo, reconciliarnos
con la luna y la primavera;
tratar de erigir con los años
algo más que tú, yo; algo hijo
de lo poco del bien que nos tocó.
Sólo nos queda, viejo amigo,
honrar el pueblo que nos sustentó
—y el oficio que nos eligió—;
creer en la mano que empuña
machete, brega desde que nació
con la yerba mala, sepultura;
reconocer en el vino, puro,
el sereno que se posa mientras
se sueña; en el beso, ombligo,
las olas, el caso de las piedras;
visitar al enfermo, hospedar
al forastero, a un pequeño
ayudar a dormir con tu cantar.
Sólo nos queda en el otoño
reparar en el atrevimiento
de árboles que no se deshojan,
jóvenes que buscan del invierno
y pájaros que nunca emigran;
reconciliarnos con esta ciudad:
Su asfalto, plata, gris, reflejo;
su bulla, olor y velocidad;
con su luz llegar a un acuerdo.
Sólo nos queda el nudo de los
lazos; desaprender; la costumbre
de excavar, contemplar los cielos;
conjugar los tres tiempos del hombre.


Diurno

para Leo Alex Guerra

Y, desgraciadamente, tienes que levantarte,
ajustarle la mordaza al despertador,
llegar al baño y dejar que el vapor del agua
concluya la amenaza de esos sueños jacobinos
que sueñan con hartarse, cegarse de luz
uno de estos días,
sirviéndotelos luego en el café, su acíbar,
entre las dos tajadas de pan, tu ración,
cerca de la ventana y su pobre vista,
mientras escuchas en la radio
el pronóstico del tiempo, las últimas
desgracias naturales, maquinadas, es decir,
ecuménicas, y te enteras del resultado
del partido de béisbol que por otros quehaceres,
amores tardíos, anoche no pudiste terminar de ver.

Tienes que imitar a las plantas y los gallos
y buscar de los rizos del sol, de esa estrella
que por ser parte de nosotros se ausenta
cuando otras más viejas y espaciosas
se lo ordenan; vergonzosa entonces, dejándonos
algo de su ser, ese rabo o trasero que se llama luna
y que nunca ha servido de luz.
Tienes que apartar la pereza, ese almíbar,
rebeldía que llega cuando piensas en la oficina,
tu cuenta de banco, o en esa obsesión tuya que mientras
más le das, entregas, más la encuentras vacía,
hambrienta, necesitando como un drogadicto cada día,
hora, segundo, un poco más de tu droga, elixir,
de ese alcaloide que nadie te puede suplir, recetar,
que ni en el mercado negro puedes encontrar.

Desgraciadamente tienes que volver a creer en ti,
el hombre, en el misterio, aunque ya ni tengas mucha fe
en los frutos silvestres o domesticados del planeta
y su vientre de mar y de fuego, de viento y arena;
deshacérsete de la duda, ese Diablo-Dios, ropa que tiras
cuando ya no te sirve, tratas de ponértela y te queda chica.
Abrir la puerta y salir de tu cueva, cuarto oscuro, 2 x 4,
llegando al trabajo con la ayuda de los huesos y el tren;
antes de sentarte y prender la computadora, gritándote
un ¡Presente! como cuando lo hacías entusiasmado en la clase
milenios atrás, después que la maestra pasando la lista
llegaba a tu nombre, el que no usabas porque
en esos tiempos sólo te conocían, conocías, por un apodo
y tu nombre representaba una meta, algo oficial,
algo que en un futuro con esfuerzo ibas a lograr, obtener.

Y, desgraciadamente, tienes que levantarte mañana
y pasado mañana y... repitiéndote esta oración,
tautología, costumbre, único modo de conjugar la vida,
de sacarle algo que pueda escaparse, salvarse de este ciclo,
círculo, espejo o patrón, cual hoy lleva irremediablemente
tu firma, garabato, tu seudónimo o heterónimo. Pues no
te queda de otra, C. A. Campos; ya estás aquí. Hay que luchar,
aceptar la responsabilidad, el peso que conllega la sinceridad.
El compromiso te empuja, esa menospreciada idea, creencia
en el bien que te hace vomitar cuando se prueba del mal;
mal que no tiene un bledo que ver con lo erótico, sensual,
con el dios de los cristianos ni el de los musulmanes. Sabes
que llevas la marca, lo negro, la estrella de David cosida como si fueras
judío. Elegido fuiste porque sabíamos que no te sentirías Dios
ni ángel caído, sino hombre cuando decidimos despertarte.

 

Hallazgo

Sé que para llegar, ser y yacer
no necesito de aviones ni de magia;
que mi peregrinación, esta gloria,
requiere sólo de ojos que sueñan con ver,

De pies y manos que para no dejar de ser
saben que hay que bregar con la savia
de esta tierra, su piedra, viento y la lluvia;
sentidos que anhelan con el pico entender,

Dejar algún día venidero algo prudente
con respecto a lo que en las aguas
se materializa; en las nubes e inocentes.

Lo sé. Lo reconocí debajo de una fuente
después de treinta años de pescar auras
sin ser pescador, y creer en mí, en la gente.