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Había una vez...

—Tus hechizos nada pueden contra mí, malvada princesa, porque nuestro amor es verdadero.

Diciendo esto, el horrible y enamorado par de sapos se fue saltando hasta perderse en el pantano, sin voltear la vista hacia la joven que restregaba sus manos contra su ropaje de seda y armiño, mientras escupía con repugnancia y pateaba contra el suelo, pensando en lo estúpido de la imposición de andar buscando príncipes azules con aquellos métodos arcaicos.

 

Negro sobre negro

Había vuelto del sueño con la flor negra —o tal vez la noche ahogaba su verdadero color—, encerrada en su puño con tal fuerza que el dolor de sus uñas contra su carne lo había despertado. La tenía ahí, por fin, después de meses atisbando en la región de los sueños después de horas de insomnio; en pago por los interminables segundos de angustia previos a las primeras luces del amanecer que abrían las cicatrices de sus párpados. Recordó el verso, “¿entonces qué?”.

Entonces, de la oscuridad surgió un espíritu del sueño. Desde su cama, lo vio alargar el brazo y sintió su mano sobre la suya propia. Aunque no podía ver aquellos labios moverse, escuchó una voz que le decía: “No es bueno robar las flores del jardín de la inconsciencia”. Vio a la sombra alejarse para desvanecerse en el primer rayo de sol del amanecer. Lloró y sus lágrimas rompieron en mil destellos la luz despiadada del mediodía.

 

Había una segunda vez...

Abatida, la joven se internó en el bosque, donde encontró amigos y un lugar para vivir. Un día, justo antes de morder una manzana que le ofrecían, prefirió sorprender a sus benefactores con un pay de manzanas. Al día siguiente ninguno de los enanos despertó. El consejo de animalitos de bosque juzgó el hecho como un horrible asesinato provocado —lo más atroz del caso— por una persona en quien las víctimas habían depositado toda su confianza.

 

Los amigos imaginarios

Se encuentran y apenas se notan uno al otro, pero la mente empieza a hacer su trabajo. Un día se encuentran por casualidad y hablan durante horas aunque para ellos pasan apenas unos minutos. Al cabo de unas semanas, los amigos se adivinan: antes de dar vuelta a una esquina, uno sabe que ahí está el otro, y en efecto, se comprueban en el vértice esperado. Se ríen y creen que son idénticos. Pero no, es la imaginación la que les inventa tales afinidades. Los amigos imaginarios, que además son ingenuos, se creen cómplices y creen que mientras marchen hombro con hombro el mundo es suyo, mitad y mitad, porque ellos son compartidos y el mundo ancho.

Pero un día, aparece la realidad, un detalle mínimo, como un pequeño orificio en un muro por el que los amigos creen válido espiarse uno al otro. Hay locos que insisten en hacer reales a los amigos imaginarios de pura raza; los discretos saben reconocer lo imposible; se voltean y toman caminos opuestos. Si años después el azar los reúne, se evitan, pues saben que no tiene caso saludar a un extraño.

 

Había una tercera vez...

—Aun sin verte, te amo; ¿qué he de hacer por ti?

—La torre es fría y húmeda. He perdido la cuenta de los días de encierro —contestó ella.

—¿Deseas bajar y reunirte conmigo?

—Sí. Quiero bajar montada en uno de aquellos siete cisnes de collares de oro.

—No hay uno solo en este reino.

—Entonces —insistió— sube por mí en la escalera que alcanza los cielos, con un escalón de rubí, otro de esmeralda, otro de luz blanca y el resto de todos los colores...

—Sé dónde hay una... —la interrumpió— pero estoy cierto de que no servirá. Pero... ¿y tu cabello?, ¿no ha crecido lo suficiente? Yo no me atrevo a trepar por él, porque te lastimaría; pero tú podrías...

Ella dudó:

—Pero mi cabello... No, es imposible.

Y cada uno permanecía en su sitio lleno de aflicción mientras los días transcurrían.

—Salta por la ventana —propuso él al fin. Yo haré que no sufras ningún daño.

Ella tuvo mucho miedo, el muro era más grueso que el largo de su cuerpo, pero la esperanza de escapar y realizar por fin su destino de princesa le infundió ánimo y se arrojó por la ventana. No vio a nadie y creyó morir. En cuanto cerró los ojos se sintió sostenida por una alfombra de pieles finísimas; los abrió y no vio más que blanco, como si estuviese dentro de una nube que se deslizaba hacia el suelo. Tardó en darse cuenta: estaba sobre el lomo de un unicornio; entonces lo acarició y dijo:

—No eres un príncipe, pero me rescataste y te seguiré a donde vayas.

Él respondió:

—Tu cabello es de plata, no de oro; las rosas de tus mejillas se han marchitado; pero eres una doncella, y te serviré por siempre.