Artículos y reportajes
El Quijote de AvellanedaCampaña 2005
contra el plagio intelectual
Cuatricentenario
del gran plagiado:
el Quijote

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El plagiarismo ha llegado a un nivel que amenaza la supervivencia de la escritura, entendida ésta como actividad no-esclava del puñado de megacorporaciones que engullen casas editoriales.

En España, una casa editorial “de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo” se ha visto involucrada en una cadena de escándalos por motivos de plagio intelectual, premios arreglados y demás vilezas. A los hispanohablantes que aún seamos capaces, con Cervantes, de indignarnos ante el latrocinio intelectual, nos incumbe tomar armas intelectuales en el asunto, aunque solamente sea por no rendirnos sin dar la batalla de la voz. Se nos deben explicaciones.

Una vez más se despliega ante el mundo la fórmula imperial y anciana de siempre. La variante actual de esta fórmula es la corporativa: el 1% del tope intenta monopolizar el mayor porcentaje de los recursos del resto, y acercarse lo más posible al 100%, si es que se le deja. El tope de esta pirámide controla el tráfico de bienes y personas, trata “negrera” cuyo ejemplo más relevante es hoy el del libro-y-su-autor, la ganancia-y-el-nombre. El tope se sirve de este control para justificar que se sacrifique a la mayoría, explotando el trabajo al nivel máximo que se tolere. No faltan escritores que se presten al juego imperial.

No se le debe tolerar ni un avance más. Esa mentalidad mercatorial y filoesclavista ha de ser denunciada, a favor y por defender, el sano mercado de ideas y creaciones, basado en el respeto al ser humano y, por tanto, a los escritores y a su trabajo.

Las casas editoriales de calidad que aún intentan conservar cierta independencia sobreviven por medio del trabajo de los pocos escritores cuyo instrumento es su talento, por encima de la necesaria mercadotecnia, y cuya principal “conexión” es con la comunidad mundial que, para leerles, a diario se mete en Internet y se comunica por correo electrónico.

Vivimos en un “Mundo Google” en que esta empresa mediática acaba de lograr ganancias mayores que las de General Motors y Disney juntas, según su nuevo director Nikesh Arora (en las declaraciones que aparecieron en el diario británico The Independent, el 7 de junio de 2005). Es de importancia clave que Internet, que ya es un laberinto de aventuras, no se vuelva una guarida de ladrones.

Sería triste que nos dejáramos arrebatar una de las pocas herramientas que nos quedan al alcance de la mano, la red mundial WWW; nos quedaríamos al margen de la globalización de los medios. Es triste que el virus del plagio genere no sólo mayor silencio en los ya aturdidos, sino temor en los escritores. Es triste, sobre todo por nuestros jóvenes, que aumente la suspicacia del lector al punto del cinismo y que bajen sus expectativas al mínimo común denominador.

Les insto a los lectores a sumarse a la campaña contra el plagio intelectual y, a este fin, ponerse en contacto unos con otros, con los autores víctimas de plagio, con las editoriales involucradas en plagio (quizá inocentemente) y con quienes se huelan gato encerrado en aquello del “texto conjunto”, “la colaboración creativa por Internet” y “la falacia del nombre propio del autor”, “el anticuado concepto de autoría”, frases que se suelen traducir en: dinero de otros en mi bolsillo. No tengo, por otra parte, nada contra esas colaboraciones “creativas”, con tal de que se dejen claros los términos de ellas, se hagan del dominio público y no sean a base de plagio. Pueden ser una contribución positiva, al lector, a la editorial, al idioma, al “Mundo Google” que vivimos.

Mi nombre es María E. Sáez. Soy periodista y ama de casa, ex académica. Venezolana de nacimiento, de padres nacidos en España, ciudadana estadounidense. Vivo cerca de Los Angeles. Escribo y publico en varios géneros, con este nombre y con otros.

Las palabras de Cervantes, al final de SU Quijote, al plagiario Avellaneda, me sirvan de adiós:

“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: ‘Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:

”¡Tate tate folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta empresa buen rey,
para mí estaba guardada”.

Avellaneda se jacta, en su apócrifo Quijote, de haberle arrebatado a Cervantes “la ganancia”.

Se le olvidaba al plagiario que para los hispanohablantes la ganancia no es el único valor ni el primero y, más importante, se le olvidaba que CON NUESTRO IDIOMA NO SE JUEGA y que menos se le lleva, juguetonamente, al mercado de esclavos. Aunque este mercado se llame global y tenga un portal en Internet.