Artículos y reportajes
De mesas y almohadas

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La mesa redonda del Rey ArturoMesas

Si pensamos en un mueble que revele la transformación social que ha tenido el mundo en el devenir del tiempo, que sea testigo de reuniones, decisiones, triunfos, derrotas, acuerdos para hacer la paz o la guerra, quizá sea la mesa el resultado. La palabra mesa proviene del latín mensa, de tabula mensa, que significa “tabla medida o elevada”.

Las mesas han representado la manera en que las familias han evolucionado; antes eran largas, incluso con la posibilidad de extenderse si el acontecimiento así lo requería; recuérdense aquellas que en las puntas tenían bisagras que soportaban superficies dobladas que cuando se levantaban, se sostenían con una pata accesoria. Entonces las familias eran numerosas. Como consecuencia de la planificación familiar, así como la reducción de espacios en las viviendas, las mesas se hicieron pequeñas, de la forma rectangular pasaron a la circular. Ahora su característica no es que puedan extenderse, sino de que sean susceptibles de plegarse. Particularidad de muchos otros fenómenos contemporáneos.

Este mueble, respecto del cual ha existido una gran variedad de tamaños, estilos y diseños, tiene su historia: los egipcios llegaron a tener una gran perfección en la elaboración de mesas. La civilización egipcia ya había empleado las mesas de cuatro patas (verticales y cruzadas), como también lo hicieron los fenicios y asirios. Los materiales predominantes eran bronce, mármol, piedra y barro cocido. El tablero era siempre rectangular, variando de forma en pocas oportunidades.

En Grecia y Roma, aquellos muebles destinados a contener alimentos (para nosotros mesas de comedor), eran algo parecido a un velador donde se colocaban los manjares para que los comensales tomaran los alimentos desde las camas en que se tendían a la hora de la comida. Existían otras mesas cuyo fin era posar la vajilla, los vinos o comida. El cartibulum encontrado en Pompeya, era una mesa de mármol con patas terminadas en garras de león, donde se comía. Ambas civilizaciones preferían las mesas bajas y cerradas por los lados, que a su vez servían para sentarse. Éstas aparecen representadas en monumentos de los siglos V y IV a.C.

Otra mesa muy importante era la mesa del altar, ubicada en los santuarios. En ellas se depositaban y colocaban los instrumentos de culto y ofrendas dedicadas a los dioses o héroes. La mesa fúnebre, figuraba en los entierros. Utilizada tanto en Grecia como en Roma. En la parte superior se esculpieron en hueco una serie de vasos, platos, copas, cucharas, etc., simbolizando una comida ofrecida a un difunto.

Existieron mesas con cuatro apoyos y con un pilar al centro, destinadas a soportar grandes pesos de vajilla u otros elementos. También las mesas de tres patas o mesas délficas, llamadas así por la semejanza con la mesa o trípode utilizado por la profetisa en el Oráculo de Delfos. Las mesas délficas fueron inventadas por los griegos llegando a ser muy famosas en Roma.

De las mesas, quizá la más famosa haya sido la redonda del Rey Arturo. Un poeta del siglo XII sugirió que la famosa tabla a cuyo derredor se reunían Arturo y sus valientes caballeros, era redonda para evitar disputas entre sus integrantes por prevalecer unos sobre otros. La mesa simbolizaba la unión del reino y representaba el orden que imperaba en Camelot.

Cuenta la leyenda que por consejo de Merlín, Arturo erige la mesa redonda con doce asientos simbolizando al cosmos. De la lectura de los libros de hazañas artúricas del ciclo bretón se deduce, indican los especialistas en la materia, una profunda simbología: “Los doce asientos, además de la trasmigración del alma a través de las doce eras cósmicas o ciclos del gran zodiaco, representan las doce pruebas iniciáticas del hombre antes de la conquista del yo superior”. En el centro de la mesa se reservó un lugar para el Santo Grial, y a la derecha del rey Arturo quedó una silla vacante reservada para el mejor caballero del mundo. Si alguien que no fuera digno de él osara sentarse allí, moriría inmediatamente. Se dice que la mesa que se encuentra en la cabeza de la nave del castillo de Winchester, la cual mide seis metros de ancho y tiene un peso de una tonelada, elaborada de roble, tiene grabados los nombres de los caballeros de la corte del Rey Arturo que se sentaron en derredor de ella. ¿Verdad o leyenda? Lo cierto es que una mesa es el centro de esa aventura caballeresca.

Otra mesa importante en la historia bíblica es aquella donde se verificó la última cena. Leonardo Da Vinci representó ese pasaje de manera magistral en 1497. Cristo se encuentra en el centro de una mesa larga, con los discípulos colocados simétricamente a sus lados. Es en ese momento cuando señala: “Nam quis maior est qui recumbit an qui ministrat nonne qui recumbit ego autem in medio vestrum sum sicut qui ministrat” (“¿Cuál es el más importante: el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lucas, 22-27).

Existen mesas de batalla, de cambios, de estado, de noche, de centro, de billar, etc., o expresiones como “mesa puesta”, “plato de segunda mesa”, “levantar la mesa”, “por debajo de la mesa”, “hacer sobremesa”, “vino de mesa”, “mesa de milanos”, entre otras. Comer, estudiar, escribir, acordar, divertirse, conversar, son actividades ligadas necesariamente a las mesas —y a las sillas, podríamos también pensar; empero, estas últimas, pese a su uso, no gozan de tanto raigambre histórico, de tantas referencias del lenguaje, y sobre todo de tanto significado sociológico como el que tienen las mesas.

Y de todas las mesas del mundo, las más frustradas deben ser las mesas de diálogo, esas que se erigen de (pro)mesas, y terminan siendo (re)mesas de palabras huecas. Para muestra basta mirar al sureste mexicano.

Benedetti escribió: “...Hay una mesa grande para todos los brazos, y una silla que gira cuando quiero escaparme. Otro día se acaba y el destino era esto..”.

Sigue estando la mesa grande para todos esos brazos, pero la silla gira y gira.

 

Horacio QuirogaAlmohadas

En una entrevista publicada ya hace algunos años en el periódico El País, el escritor Carlos Fuentes comentaba, con relación a las lenguas, que éstas se crean y se nutren de la comunicación y del contagio humano. Asimismo expresó: “Elimina del castellano las palabras de origen árabe y te quedas sin alcachofas, sin almohada, sin azotea, sin alberca, sin naranjas ni limones”. Efectivamente, la influencia árabe en el idioma español fue decisiva. Ellos estuvieron más de siete siglos en tierras hispánicas, por ello el vocabulario español contiene aproximadamente cuatro mil palabras de ese origen.

De las voces que nos legaron los árabes hay una que hoy será la cabecera de estas líneas, hablaremos de almohadas. Este vocablo se compone del artículo al, tan presente en cientos de palabras de nuestra lengua. El resto de la expresión hace referencia a una de las partes más visibles de nuestro cuerpo: la mejilla, que es lo que apoyamos en la almohada. Esa parte de la cara en árabe hispánico y magrebí recibía el nombre de mujádda, por lo cual almohada significa precisamente “propio de la mejilla”.

Los orígenes del uso de la almohada son tan remotos como pudo ser la necesidad de apoyar la cabeza en alguna superficie blanda para procurar un buen descanso. La mitología griega hace referencia a este objeto. Uno de los 12 trabajos encomendados a Hércules fue robar unas manzanas de oro que proporcionaban la inmortalidad. Una vez que estuvo Hércules en el jardín de las Hespérides, le pidió a Atlante, conocido también como Atlas, quien tenía como misión soportar sobre sus hombros el mundo por toda la eternidad, como castigo por haber participado en la lucha de los gigantes contra Zeus, que cogiese las manzanas mientras él le ayudaba a sujetar la bóveda terrestre.

Cuando Atlante tuvo las manzanas comunicó a Hércules que él mismo llevaría las manzanas a Micenas. Hércules, utilizando la astucia, se mostró de acuerdo, pero le pidió al titán que sujetase durante un momento la bóveda mientras se colocaba una almohada para estar más cómodo. Una vez que el titán tomó de nuevo el peso sobre sus hombros, Hércules cogió las manzanas y huyó, habiendo así cumplido el trabajo encomendado.

Las almohadas en la etapa inicial de nuestra vida son objetos mágicos, pues debajo de ellas se llevan a cabo asombrosos trueques. La tradición de colocar los dientes de los niños debajo de la almohada es prácticamente universal, aunque adopta diversas formas. En la leyenda británica existe el hada de los dientes, quien cambia los dientes de leche que se le caen a los niños por golosinas. En Argentina y otros países de habla hispana se cree que la criatura encargada de recoger los fragmentos perlados y cambiarlos por golosinas o monedas, es el ratoncito Pérez. En Italia es Topolino y en los países anglosajones este papel es de Tooth Fairy. La leyenda cuenta que con estos dientes se forman hermosos collares para las reinas del mundo de las hadas. Otras historias infantiles dicen que estas pequeñas piezas blancas se convierten en pepitas de oro con las que se hacen joyas maravillosas.

Las almohadas conocidas son, también, como cojines, almohadillas, cabezales, colchoncillos o plumoncillos, son receptáculo de humedades y capilares, es así que cabellos, saliva, y ocasionalmente lágrimas, quedan sobre o dentro de su relleno. También nos acompañan en los sueños dulces y en los amargos, en el descanso y en el esparcimiento.

Las almohadas, al igual que la humanidad, han evolucionado, ya no sólo existen las rellenas de borra, esponja o plumas, ahora se venden almohadas herbales, magnéticas, de viaje y de espuma sensible al calor para soporte cervical, también hay para evitar el reflujo. Las rellenas de cáscara de trigo sarraceno están teniendo también una importante venta. Este tipo de almohadas sigue uno de los principios fundamentales de la medicina oriental, el cual dice que para el buen dormir debe mantenerse fría la cabeza y los pies calientes.

Existen personas que no pueden dormir sin su almohada acostumbrada, e incluso viajan con ella para procurar su descanso en otras camas, hay otras que no la usan o les da igual usar una grande o una pequeña. En gustos se rompen géneros.

Historias dentro de las cuales las almohadas tienen un papel principal hay varias, igual que canciones y poemas. “El almohadón de plumas”, del escritor uruguayo Héctor Quiroga, narra la historia de Alicia, quien muere misteriosamente, conociéndose la causa hasta que Jordán, su esposo, al ver sangre en la funda del almohadón donde estuvo recostada Alicia en sus últimos días, la corta y descubre que entre las plumas se encontraba un animal monstruoso, de patas velludas. Quiroga termina el cuento diciendo algo que espeluzna —felizmente mi almohada es de algodón—: “Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas”.

Una referencia menos tétrica, pero algo triste, es aquella canción que dice que al despertar ella no está con él, sólo estaba su almohada. Benedetti dice: “yo no elijo mis sueños, es ella [la almohada] la que los incorpora en desorden de feria [...] pero al cabo de tantas almohadas sin cuento, sin historia y sin alas, como siempre prefiero la de tu vientre tibio...”. Jaime Sabines recomienda “...Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver...”. Y la vida enseña que no hay mejor almohada que una conciencia tranquila.