Letras
Los detenidos

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Lo sé, pronto llegarán a buscarme. No llamarán a la puerta, la derrumbarán con un puntapié y entrarán en mi casa. Estaré esperándolos sentado en mi sillón favorito. Fingiré leer un libro. Cuando hayan traspasado el umbral, hecho que ha de ser inmensurable en los códigos del tiempo, los miraré fijamente. Mostraré el volumen con las manos en alto. Lo colocaré a un lado mientras sus manos me aprisionan con fuerza y me empujan contra la pared. Revisarán mis bolsillos, romperán mi camisa y me golpearán en la cara con la culata de sus fusiles. Caeré sobre el piso. Mi rostro dará contra la dura superficie y dejará una mancha de sangre. Trataré de respirar pero sentiré un agudo dolor entre pecho y espalda. Al tratar de escupir sentiré el filo de un diente, arrancado de cuajo, rasgarme la lengua. No tardaré mucho antes de sentir la bota en mi costado. Adivinaré el crujido de la costilla, los hilos de sangre que comenzarán un oscuro recorrido por la curva superficie de los órganos lesionados. Me arrastrarán por los brazos como a un animal dispuesto al sacrificio. Un dedo estará descoyuntado. Veré tan sólo las oscuras suelas de las botas, sucias, llenas de fango, con vidrios y guijarros incrustados. Todavía podré ver cómo destrozan los muebles y queman las cortinas y los cuadros. Alguno husmeará en la cocina. Otros entrarán en las habitaciones y encontrarán dinero en los cajones, libros en la mesa, el reloj será estrellado contra la pared y saltarán sus goznes. Maldecirán mi formación política, mi raza y mi dios. Escucharé el ruido del desastre, percibiré el olor del humo cuando ya estemos cerca del camión donde seré arrojado con otros que ya esperan golpeados y lacerados. Las lenguas de fuego crepitarán en la casa mientras el ruido del motor alienta la partida. Sangre por todas partes, enormes heridas en la cara, en el pecho y la espalda, los huesos rotos romperán la carne y asomarán sus astillas como espigas marchitas. Yo dirigiré una mirada de odio hacia el vigilante que apoya su pie en la defensa del vehículo con el fusil cruzado sobre el pecho. Los saltos del furgón golpearán mi cabeza en las acanaladuras del vagón. No llegará la beatífica inconsciencia. Acostado veré la lona del furgón hundirse por el peso de la lluvia, mientras el que va a mi lado morirá en un exiguo estertor. La casa se habrá alejado ya. El camino será un denso barrizal. No reconoceré el lugar. De pronto ha de hacerse muy sinuoso. Descenderemos todos en una misma dirección. El hombre del estribo nos empujará y nos golpeará con su fusil. En ese momento, el tiempo y el espacio habrán perdido su significado. La luz apenas será una mancha que se desvanece. Las sombras crecerán. La temperatura descenderá y nos helaremos hasta la médula de nuestros pocos huesos intactos. Se detendrá el camión. Los sujetos volverán. Nos arrastrarán como sacos mojados y nos lanzarán contra un rocoso suelo. Caeremos unos sobre otros mientras las voces escupen su ira en un lenguaje iracundo. Sobre un matorral, seré el menos lastimado. Pero no durará mucho el sosiego. Nos colocarán grilletes oxidados en las manos y en los pies. Nos obligarán a caminar con las esferas metálicas golpeando nuestros talones y tobillos. Habrá un depósito de altos muros. Las puertas serán de metal remachado. Adentro flotará el dulzón olor del orine y su calidez cubrirá los dedos ateridos. Entraremos otra vez a empujones. Atados caeremos. Cuando entre el líder del grupo con su linterna para ver nuestras caras sangrientas, nos percataremos de la presencia de otros prisioneros. La puerta se cerrará. Oscuridad y frío. Nadie hablará. Se escucharán jadeos y gemidos. Una claraboya en lo alto nos permitirá saber que la noche es alta y secreta. Las constelaciones nos mirarán indiferentes. Estrellas coquetas nos harán guiños. Sobre mi mano derecha, la del dedo dislocado, ascenderá una lagartija. Tal vez sea eso o un hilo de sangre. Alguien a mi lado, sin nombre ni voz, resoplará con tal intensidad que su aliento inundará mi olfato. A cada momento, un hombre entrará y nos bañará con agua helada. Otros dos traerán macanas y nos golpearán. Uno de los bastones tendrá un clavo en la punta. Rasgará mi espalda. Para ese momento, nuestro dios nos habrá abandonado. Apenas veremos el vuelo de su manto cuando los quídam nos hagan salir de la estancia. Soltarán los grilletes y veremos arrastrar a cinco hasta un muro casi en ruinas. Los colocarán con los ojos vendados. Alguno, hastiado de dolor y humillación, querrá ver el rostro de la muerte en el vértice del proyectil. Aventuraremos la esperanza de la farsa. El mundo ha sido una ficción. No habrá tal burlesca indulgencia. Los disparos sonarán en lo alto de la noche. Los cuerpos caerán sobre las piedras. Los hombres se acercarán a los caídos. Convulsos, dos recibirán tiros de gracia. Los huesos del cráneo saltarán junto a los sesos y la oscura sangre, dejarán una mancha en la rústica pared. No sé por qué recordaré en ese momento a Sófocles. Será el inicio del delirio y el final de la razón. Unos pasos más allá, habrá una fosa. Nos obligarán a lanzar los muertos al agujero y a cubrirlos con tierra. Resbalaré y por instinto apoyaré mi mano abierta en el rostro de uno de los fusilados. No tendré ya dolor ni lágrimas. Mis labios secos dejarán resbalar un hilo de saliva. No tardarán en golpearme y de nuevo, junto a los demás, llevarme a los oscuros reductos del cobertizo. Todo ha de repetirse. Volveremos a ser atropellados por las botas, por las culatas, por los insultos y las repentinas luces. Alguien sucumbirá inéditamente ante una bayoneta. La imaginación les proporcionará otras maneras de tortura. Llenarán nuestras bocas de tierra y las coserán con hilos sintéticos. Rasgarán nuestra piel con navajas de afeitar y las heridas serán lavadas con ácido. Con pinzas arrancarán nuestros párpados. Correas fracturarán las vértebras de los cuellos. Clavarán cuchillos en las palmas de las manos colocadas sobre una mesa. Arrancarán los dientes con pinzas y con certeros golpes. Cortarán las lenguas con tijeras como los bífidos apéndices de las serpientes. La mañana llegará teñida de púrpura. El viento permanecerá escondido entre los huecos de los árboles. Al abrir los portones del barracón un corrosivo vaho inundará sus narices. Retornará el ciclo a sus fases iniciales y la rueda de la vida y de la muerte girará y girará. En ese momento, la nieve de los lirios resplandecerá sobre los cadáveres y sobre la copa de los árboles los pájaros cantarán indiferentes.