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Poemas

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La patria
es un café
al que desciende,
bajo un fragor de lluvia,
estremecida,
su plena luz
de arcángel suburbano,
florida de castaños,
desvelada de augurios
y urgencia metafísica.
A trocarme ese absurdo
rebaño de la pena
por guiños y candiles,
verdad perecedera,
parábolas de musas
y viajeros,
o a ayudarme a cruzar
a través suyo,
salvar de sur a norte
las barricas.
Hasta la incierta hora
en que gravita
el aura de la ausencia
entre sus labios,
y el vaho del amor
fermenta los silencios,
en la borra
de un pocillo
abandonado.


Yo sé de mar,
de sal,
de campanadas.

Fui navegante
sin haber nacido,
y me perdí
en el vuelo del albatros.

Yo me escapé
del tiempo
en un naufragio,
y sufrí por las noches
las ganas del regreso.

En invierno
en las playas,
trato de descubrir
la luz de los corales,
y suelto al mar
bandadas de botellas
con estrofas de tangos.

Sólo la suave complicidad del viento.

Mientras las olas
derraman en la arena
fragancias submarinas,
ya la canción de espuma
desviste la marea.

Yo sólo sé de azul,
de gris,
de campanadas.


La noche determina
su desfalco de estrellas
opacadas,
y sobre el plato del reloj
el segundero aquieta
su espasmódico esgrima
giratorio.

Hoy la vida es un beso taciturno,
un silencioso golpe
de espuma derramada.
Un pez naranja,
una copa
de vides entreabiertas,
un soplo de ceniza.

Un jardín,
callada inmolación,
en donde triunfa el bien,
como una estrella amarga.

Un transparente brillar de caracolas,
y un mar azul,
lejano,
bramando como un toro
sobre la arena helada.

La madrugada es un banderillero negro,
y la poesía sangre irremediable.


Sesenta y cinco espejos,
bien contados,
que te sugerirán
mi imagen repetida,
y no sabrás
por cuál reconocerme,
ya fatigado o gris,
vital o inmóvil,
cuando temblando
acuda tu mirada,
al áspero costal
de la memoria.

El enigma es sencillo,
que sea tu piel, entonces,
una brújula.


“No se recuerdan los días,
se recuerdan los instantes”.

Cesare Pavese

Hizo a la mar
su luz
la barcarola,
y estremeció mis manos
el goce de la tierra,
encrespando la sangre
como un gran maremoto
de fuego y cascabeles.

Desde entonces
llamaron tus manos
en mi puerta,
como una exaltación,
un exorcismo,
una bandada de dudas
migratorias,
un oscilar del amor
al invierno.

Fueron de estío
mis horas más calladas,
mis públicos olvidos,
y Afrodita era apenas
una estatua en el parque,
cuando a mí no acudían
tu cuerpo y tu destino.

Queda claro,
vivir es simplemente
una razón,
y un laberinto,
cárcel de minotauros,
arena calcinante
precipitando pasos,
oasis transparente
al filo del abismo.

El color es un modo
de transponer la noche,
y la piel un supremo
bálsamo del delirio,
una impronta de estelas,
un clamor metafísico.

Las malas horas traman
petrificar la pena.

Y mi júbilo duerme
inmutable en la hierba.


Para ser claro,
renuncio a las frases alusivas,
a la caligrafía mustia
sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
rechazo el podio hipócrita
de la bondad post mortem,
y a esa memoria tan desmemoriada.

Yo no quiero que apunten
en mi lápida la palabra yace,
me niego espeluznado.
No anhelo ese cheque grosero
con el que expían de mármol de hospital
lo que siempre te negaron avaros.

Ni acepto que se luzca
bajo una lluvia
de mierda de palomas
ese verbito impiadoso
en tercera persona.

No le abro los postigos,
ni a sus endebles secuaces
el adjetivo inerte
el absurdo abatido
menos aun al implacable muerto
—auxiliares morbosos de crónicas de sangre—
prefiero que sentencien
se pudre
se funde
se disuelve
pero jamás
yace.

Porque la muerte
puede sea otra cosa,
menos sucia y severa,
mejor que la tapa biselada y muda,
quizás algo tan simple
como tumbarse al sol,
sobre el pasto o la arena
en una tarde franca y sin ruinas,
con vino y con regazo,
y sonrisas con huella
y dialecto de besos
y un murmullo entrañable
que recite poemas.

Quizás yacer
no sea esa quietud
de corazones secos,
ni el sueño, ni el olvido,
sino un íntimo zafarrancho,
un arrebato de vida sin permiso,
un insomnio de goce,
con marea de lluvia y peces sin abismo,
y una muchacha fresca,
pechos de hierbabuena,
que te besa la ausencia
sin placebo y sin pena.

Quizás no sea
el hartado celeste
de los castos y pulcros,
tampoco el infierno ceniza,
el hoyo de un ambiente
con renta anticipada,
sino jugar rayuela
hasta llegar al cielo,
y que don dios gorrión
disponga tiernamente:
“levántate y vuela”.

Puede que sea
cerrar la vida apenas,
como quien deja un libro,
hasta que en una noche
de miedo a la tormenta,
o duda desvelada,
lo hojeen conmovidos
esos ojos más nuevos,
que guardan mi mirada.


Los que se matan
jamás son aquellos
que no quieren vivir,
esos apenas aprietan el gatillo
o tragan el veneno.
Los que de veras mueren,
los que en verdad se pierden,
son esos tipos aéreos
enamorados de la vida,
esa hembra estupenda
que cada tanto
les deja encendida
la luz en la ventana,
y que una noche
del carnaval menos pensado
se les suelta de la mano,
la extravían torpemente
en el corso febril
de la avenida de los sueños.
Y corren, gritan, se desgarran
intentando reencontrarla
debajo de cualquier mascarita.
Hasta que tras el redoble
de lo que ellos creen
la última comparsa
se miran abatidos,
se tocan desolados
y se acuestan sin vida,
pretendiendo aliviarse
en la caricia trágica
de una puta de negro.


Poema 33

Hay noches
que no se parecen en nada
a la esperanza,
sino más bien
a flores del infierno,
a horas sin propósito,
en que alguien vaga
por vereditas de la memoria,
con su puerta al deseo
su musgo solidario,
su refugio,
las flechas que Cupido
devuelve envenenadas.

Hay amaneceres
que no guardan
la luz perfecta,
ni entibian el huerto
en que soñamos,
sino pasillos pálidos
que huelen a remedio,
hendijas en los muros
donde purgan los muertos
la lepra cotidiana.

Tardes subterráneas,
en que la dicha
oculta sus carnes al verdugo,
y viaja clandestina
a confines de niebla,
a tierras de extravío,
donde sentirse próspera
o al menos exiliada.

Madrugadas que decretan
la amnistía,
que inventan
en un bar su torre de Babel,
o nos prestan el lecho
de cualquier primavera,
para hacernos dormir
la pena por un rato.

Hay jueves que parecen lunes,
lunes que siempre
son de miércoles,
miércoles agotados,
martes de rebelión,
viernes con tregua.

Sábados de gloria
y domingos sin dios.

Hay agua en el vaso
de la mesa de luz,
una lámpara
alumbra la piel
que se que estremece
en el pinchazo,
la puerta inquieta
o quieta,
y una infancia que vuela
en el pobre barrilete
de la desolación.

La muerte puede
confiscarme el pellejo,
decretar su silencio hospital,
amputarme la risa,
pero nunca obligarme
a abandonar el barco.
Que nadie arroje la toalla,
dejen que muerda,
que aliente a sus soldados
contra mi ciudadela,
que me hiera su toro
en la embestida,
y sienta fundar
su imperio en mi derrota.

Entonces aprenderá
que tengo noches
de gallito ciego,
amaneceres
que nacen como hijos,
tardes de Sandokán
o piedra libre,
madrugadas de verme
en otros ojos,
calendario de lluvias
y versos que se abren
como abrazos.

Y una verónica ingenua
con besos en las gradas,
para hacerle morder el polvo del aplazo.