Letras
Tres poemas

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Anuncio VI

I

Un río se detuvo en el pecho y entonces nos reconocimos
Y de golpe el cielo vivió nuestras aguas
El primer día de los metales es como tu mirada
Yo soy el que busca la tumba que se traga a las otras tumbas
Nuestra hija es aquella que hace crecer corales sobre los toros
Y vuelve al lecho a sentir que es de ella nuestra sangre
Cuando teme sus alcances en ese espacio ataviado por la voz condenada.
Sentimos que es nuestra su sangre
Cuando el mar y el cielo se prolongan en la ultima clave
Y ella vuelve de nuevo al lecho
Y encuentra el daño hecho
Los sátiros alejándose en sus cunas de muelas.

 

II

Sólo una vez nos es dado recordar
Cuando el cielo se saltó al tiempo
Dejando un extravío agujereado
Y yo y tú y ella vamos con un ramo deduciendo
A aquellos que se reparten la tormenta.
¿Cómo pueden existir las puertas si el amanecer tiene todas las formas de suspensión?
Pero tú podrías salir de tu sangre y anticiparme el pez
En esa noche liberada que mana flechas
Yo podría cubrir de pelos azules a esos caballos de fuerza
Que transportan lluvia de mar al hormiguero.

 

Desde que desperté contigo

A Diana Camacho

Sí, esta noche la eternidad se arriesga en nuestra sangre
Y antes que yo el desciframiento cubre tu cuerpo.
¿Recuerdas que con sólo clavarle el ardor de un pecho el bosque fue nuestro?
Desde que desperté contigo
Las aguas nos volvieron imborrables
Y los días y las noches
Se mantienen como caídas inconclusas.

 

Ese cuerpo

A Juan Negro

I

Ese cuerpo sólo vive alumbrado por un puñado de arena
Demuestra su ecuación en el carrusel de hueso
Nada tiene que no esté mezclado al cielo, ligado al resplandor.
La salvación con ojos de pájaro, no alcanza a sostenerlo
Y ese cuerpo escapa y le tributa desniveles a la tierra
Y ese cuerpo escapa y le tributa agua dorada a los topos intravenosos.
La salvación con ojos de pájaro le levanta la sangre desde el mismo relámpago
Y se la vuelve a hacer aparecer como la hoja predestinada que el mar extraña.
Siempre guarda el sueño todas las trizaduras
Y ese cuerpo se encamina sobre su propia sustancia
Que le trae la sombra de todas las puertas en un solo instante
Como si fuera ya su muerte y llegara ahí donde termina la niebla humana
Y tras cada magnolia, tras cada espíritu pendular esta el día de contención
Ese que ayer desaparecía al contacto de la sangre.

 

II

Sal de ahí, déjalo en paz, que las elevaciones que en él se juntan e inmiscuyen
Son como las franjas de luz que hay en las puertas a medio abrir
Y el mar las pelecha y lo que pudo ser rayo es apenas aceite
Que le da y le da con el mismo derramamiento y le da y le da
Con la cabeza del demiurgo cubierta de luces de colores.
Sal de ahí, déjalo en paz, que mis hilos de hierro aguardan sus membranas heráldicas
Sal de ahí, deja que un herido fuego lo atenace
Sal de ahí, que ya se irá la noche
Déjalo en paz, que el amanecer es la risa de una serpiente.