Oficios de la lluvia es el nuevo poemario que nos entrega Erasmo Fernández. En este libro, al igual que en los anteriores, se refleja la conciencia social del hombre, un hombre que, apartado y solitario, transita por las calles de una ciudad humedecida por una eterna lluvia que lo acompaña durante todas las páginas del poemario. Erasmo nos muestra cómo este elemento de la naturaleza es capaz de evocar, de llamar esos sentimientos que el ser humano esconde bajo su manto, debajo de su chasis...
Un poco de ars poética, de rememorar épocas de la infancia, de mostrar el niño interior dentro de cada uno de nosotros hasta vernos reflejados en el poema; de simples apariencias, de máscaras, de egocentricidades; de grandes paisajes, ambientes; de soledades, de piedad, de virtudes y grandezas; son sólo algunos temas que nos presenta el poeta en esta ocasión. Un libro que no tardará en estar en nuestras manos. Mientras tanto, nos queda disfrutar los esbozos de este nuevo poemario cada ocasión que se nos presente, y de esta pequeña introducción a sus poemas.
La lluvia: semilla que siembra recuerdos
La lluvia, como se sabe, y como afirma el Diccionario de símbolos de Cirlot (1969), representa la fertilización, lo relacionado con la vida, la luz y la purificación. Además, cada vez que llueve el clima se pone frío, el cielo oscurece. Quizás por todos estos elementos, se puede decir que la lluvia trae recuerdos, da vida a épocas nostálgicas, y sea la culpable de revivir momentos dolorosos. Apenas escampa vuelve la luz, el calor, la alegría, se renace, se vuelve al presente, a los tiempos agobiantes por la modernidad. Muy bien lo dice el poema titulado “Mar de la inocencia”: “los adultos comienzan a salir / tal si vieran por vez primera / el mundo”.
En el poema “Una tarde”, la voz poética canta bajo la lluvia a partir de una fotografía vieja. Entonces, la lluvia, puede afirmarse, hace que se preste atención a ciertos elementos dentro de una casa, las imágenes nacen, reviven:
Como vieja fotografía
guindada en el cuarto,
recuerdo aquella tarde.
Para entonces embriagaba
su ocaso, su archipiélago
fucsia y la requebrada brisa.
Las casa de paja, de tejas;
presentan a personas íngrimas
bajo la cortina de una llovizna.
En ellos nunca pasa el tiempo,
todo es siempre como la eternidad.
Ahora es tarde de este lado
del patio; lo percibo
por esta brisa humedecida
por las voces quedas, por esto,
por aquello, lo otro.
En otro poema se puede leer cómo la lluvia evoca recuerdos y se hace la siguiente analogía: si lluvia es igual a poesía, el producto de ésta son los pensamientos y recuerdos; entonces, los poemas evocan también sentimientos nostálgicos, para verterse en la misma corriente: “Al aburrirnos por adoptar / otra conducta, / desearíamos la lluvia / para estar pensativos por el atardecer, / nostálgicos como en los poemas”. Es quizás, tanto la lluvia como los poemas, un refugio para el hombre.
Oficio del poeta bajo la lluvia
Una de las características de la poesía de Erasmo Fernández es su ars poética; canta desde el oficio del poeta, desde las letras, desde el hombre detrás del papel. Fernández coloca al poeta como un ser humano normal, dentro del sentido estricto de la palabra. El poeta es un ser sensible, siente, vive, respira, come, sueña; no es un ser extraordinario, y mucho menos de otro planeta, no es un dios, ni posee poderes y súper fuerza, dice el poema “Ah poeta”:
Confundido con un pequeño
dios, mago, soñador;
el poeta es un armazón humano
como sus semejantes,
todas las carencias le pertenecen,
disfruta menos de la vid
en las celebraciones de abundancia.
Es imán para lo adverso
y sólo puede aderezar su canto
con la virtud,
los astros y los elementos.
Más bien pareciera que Fernández colocara al poeta en situaciones nada gratas que sobrelleva gracias a su poesía, a su canto, a las letras. Por otra parte, el poeta nunca deja de escribir, y de revisar los textos ya escritos. Fernández nos demuestra que escribir poesía es como la vida misma, un constante renovar y un constante aprendizaje. Y ¿a quién le escribe el poeta?, nos preguntamos, Erasmo nos responde:
No termino nunca de escribir
poesía,
siempre recomienzo.
Poesía en ti, poesía en mí,
futuras generaciones también
estarán a la expectativa.
No escribo para el comentarista,
doctor en letras, para el crítico,
ni al magnate de literatura.
Escribo para la mujer, el hombre;
para las personas; no al título
tributario de la pedantería.
Poesía de emergencia,
poesía para la humanidad;
amor, belleza y muerte
la consagran.
Poetizar es la consigna
poesía como pan de la vida.
Es apreciable, entonces, cómo el poeta da origen a esa analogía entre la vida y la poesía: poesía para existir, para alimentar el espíritu. En otro poema, la poesía es un arte sin precio, el poeta es un penitente entregado a este arte, no importa el sufrimiento, el insomnio, el hambre, el frío, o cualquier carencia que tenga el hombre, las letras cubren en cierta medida todas esas carencias: “Que se las arregle como pueda, / la calle no es ideal / ni motivo de inspiración / para esta clase de penitente / entregado a ese arte sin precio”.
Quizás el arte sin precio, después de todo, sí tenga un precio, y ya lo ha afirmado el poeta en muchos de sus textos: la carencia. Una carencia que incluye la soledad: “El poeta —le digo al neófito— / debe replegarse, / aprender a estar solo e inclusive / en el rumor del silencio; / el poeta oye, observa, / contémplase a sí mismo y al orbe. / El poeta exclama, no compite: canta”.