Artículos y reportajes
“País de plomo”, Juanita LeónCrónicas de plomo

Comparte este contenido con tus amigos

Suponía, por mis remotas clases de química, que el plomo era un elemento de la tabla periódica, cuyo símbolo era Pb, cuyas propiedades correspondían a las de un metal pesado, de color azul grisáceo, fácilmente maleable y compuesto tóxico para el ser humano e impenetrable a la visión de Superman (las clases de química eran fácilmente reemplazadas por las tiras cómicas). Sin embargo, luego de leer País de plomo, libro de crónicas de supervivencia (otros insisten en llamarlo crónicas de guerra), compruebo que el plomo es uno de los elementos que subyacen en la naturaleza colombiana, no en la natural, sino en la humana.

No suelo comentar libros de no ficción, quizás porque suelo desconfiar de algunos cronistas, pues en ciertos casos pareciera primar la parte literaria o imaginativa sobre los hechos reales; si me van a contar mentiras, espero saberlo de antemano. En el caso de País de plomo, hago merecida excepción, porque su autora no deja lugar a la duda, ella ha recorrido aquellos lugares que menciona, esa geografía nacional de olvidados nombres compuestos, que recuerdan a algún santo, San Vicente del Caguán, San Pedro de Urabá, San Vicente de Chucurí, para mencionar tres. Juanita León ha compartido con las personas de carne, hueso y plomo, que menciona en su libro, gente cuyas historias oscilan entre la crueldad y la ternura.

Pero el plomo relacionado con Colombia, no sólo se entiende como aquel elemento químico del cual hablaba al comienzo, que en ocasiones sirve de vestido para las balas, pequeñas mensajeras de muerte, sino también corresponde a la esencia resistente de miles (¿quizás debemos decir millones?) de colombianos, que intentan llevar su existencia normal, su forma de vida honesta y hospitalaria, a pesar de los pocos violentos que asechan desde la impunidad.

Este libro me gusta, porque ante todo mantiene respeto por la palabra paz, demasiado manoseada en nuestro medio, generalmente por los mismos que se empeñan en mantener la situación opuesta. País de plomo no pretende explicar cómo podemos alcanzar esa idealizada y publicitada paz, pero presenta dos factores claves que motivan el quehacer violento: desempleo e injusticia. La sangre joven que ingresa al espiral conflictivo no lo hace por razones teóricas, ideológicas o fundamentalistas, simplemente porque no encuentra oportunidades de trabajo digno y bien remunerado. Así mismo, la ausencia de un aparato judicial sólido, imparcial y confiable, que le garantice a todos los ciudadanos sus derechos y les recuerde sus deberes, abona el campo a esos ejércitos privados de injusticia, que calman no el sentido de equilibrio, sino el sentimiento de venganza.

Juanita León repasa, en las páginas de su libro, una de las herencias no tangibles del escenario violento: nombres de niños y jóvenes, hijos del vértigo, de verdugos y víctimas, bautizados con sonoros apelativos o apodos extraños. Mecanismos del lenguaje para identificarse mejor en las morgues, en las lápidas, en los periódicos. Aunque el colmo de la situación sea la ausencia de nombre, un bebé cuya madre, ante la falta de sacerdote, de una pila bautismal o de iniciativa, simplemente le llama “niño”. Esta incapacidad de nombrar es el primer indicio de la dificultad de definir lo que se vive en Colombia, situación inexplicable en la cual debe andarse con pies de plomo, para no caer en esas terribles metáforas antipoéticas que hemos venido creando, como el “camino al cielo” o la “pesca milagrosa”.

Dios hizo al primer hombre de barro; es probable que a los colombianos nos haya agregado una pizca de plomo.