Cada vez más, las circunstancias que rodean a los grandes premios literarios se acercan a la fábrica de murmullos indiscriminados que solíamos atribuir a otros ámbitos, como los pasillos de los canales de televisión. La literatura baila graciosamente de la exposición de ideas a la de vilezas, y la tendencia parece ser indetenible.
Hablamos, claro, de la dudosa comedia de situaciones en que se convirtió el premio Planeta este año. Si en el pasado reciente —y no tanto— el Planeta ha venido construyendo con gruesos expedientes su leyenda negra, en la que han caído autores de prestigio como el argentino Ricardo Piglia y el español Camilo José Cela, la edición de este año parece apostar, ya sin empacho alguno, por la banalización contundente del hecho literario.
La estridente renuncia de Juan Marsé como juez del premio ha generado un intenso debate sobre la calidad de las obras ganadoras, que el mismo autor ha calificado de subterránea. No ha salido del todo bien parado el autor de Si te dicen que caí, cuya renuncia no ha llegado quizás en el momento más oportuno considerando que conocía las fallas del premio, foco de su dimisión, desde hacía mucho.
En todo caso, quien ha llevado la peor parte ha sido, sin duda, María de la Pau Janer, la autora de Pasiones romanas, la novela ganadora. No sólo por la ingrata recordación que el episodio le ha agenciado para el futuro a su obra, y a ella misma, sino porque sus reacciones han puesto en evidencia su absoluta incapacidad para vadear los empellones de la crítica.
Mientras Jaime Bayly, ganador del accésit por Y de repente, un ángel, se ha limitado a aprovechar el episodio construyendo un chiste —desde su comparecencia ante el furioso Marsé en la entrega del premio hasta la publicación de su post scriptum “Devuelve la plata, hijo”, en el diario español El Mundo—, María de la Pau Janer ha lanzado destemplados calificativos a diestra y siniestra.
Y es que la escritora no ha demostrado siquiera un poco de ingenio a la hora de responder a quienes de una u otra manera han señalado las deficiencias de su novela. Torpe y llorosa, quiso reducir la veteranía de Marsé a un asunto de modas y llegó a sugerirle que abandonara su papel de “enfant terrible” pues ya está mayorcito para tales lides.
Aún tenía calientes las orejas cuando Francisco Umbral, en la presentación de Pasiones romanas en el Casino de Madrid, la calificó de “novela sin estilo” y dijo que hay en ella grandes amores, en el marco de las últimas tendencias de la moda. No pudo aguantarse tampoco en esta ocasión y declaró a la prensa que estaba segura de que Umbral había tenido un mal día.
En su artículo “Why you get form rejection letters” —que comentáramos hace algunos meses en nuestra bitácora—, la editora estadounidense Jenna Glatzer tipifica estas reacciones así: “No todos los escritores saben lo que significa ser un profesional. Y no todos aceptan la crítica”. Se refiere Glatzer a los escritores que, tras recibir una respuesta negativa de una editorial, descalifican el trabajo del editor sin pasearse siquiera por la posibilidad de que realmente necesiten elevar la calidad de los textos presentados.
Inclusive Jorge Luis Borges se permite hacer un chiste sobre esto en las últimas líneas del mítico relato “El Aleph”. Sorprendido por la invisibilidad que sufre su obra Los naipes del tahúr ante los jueces del Premio Nacional de Literatura, exclama: “¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia!”. Borges conocía bien el mal que padecen muchos escritores en ciernes, para quienes toda crítica es, ni más ni menos, indicio de incomprensión y envidia.
El tiempo, ya lo hemos dicho, es un juez mucho más implacable que el iracundo Marsé. La obra literaria interactúa con los lectores en un proceso que la convierte en organismo vivo, más allá de lo que tengan a bien decir los críticos. Lo gracioso es que, sin predicar con el ejemplo, esto ha sido sostenido por Janer. Cabe preguntarse si, en el futuro, se dedicará a responder con semejante actitud a cuanto lector se atreva a señalarle las debilidades de su obra.