—Bienvenidos amigos televidentes al Remolino de la Suerte de la Lotería del Momo —grita el gran César Gondales, señalando un cubículo de vidrio en cuyo piso reposa una montaña de billetes de monopolio.
César Gondales siempre grita, porque es muy buena gente, todo corazón, una especie de Lama de la alegría, y hoy domingo, a las once de la mañana, es el compañero y benefactor de don Mansueto y su hijo Grey, quienes se encuentran parados frente a las cámaras de televisión, en medio del estudio, emocionados, contentos, pero sin saber qué hacer con sus caras de párvulos regañados y sus cuerpos tiesos como extremidad de perro muerto.
—Ustedes ya conocen cómo funciona el Remolino —grita otra vez el Amigo del Pueblo, que así lo llama el locutor en voice over que siempre lo anuncia con entusiasmo antes de empezar el programa.
Don Mansueto y Grey mueven la cabeza afirmativamente, y no saben si deben abrir la boca para decir algo o qué cosa. César Gondales mira a la cámara con gran sonrisa de payaso cómplice, como si el nerviosismo de ambos interfectos se le antojara simpático de exponer ante su público sin mayores comentarios. Pasados unos segundos, quizá ponderando que ya los espectadores disfrutaron bastante, el Amigo del Pueblo continúa:
—Pero aunque ustedes ya saben, igual se lo vamos a explicar, porque hoy es un día especial. Hoy, el joven y fuerte Grey que ven aquí parado, va a entrar en el Remolino en representación de don Mansueto, su honorable padre y además sortario ganador de esta semana, quien lamentablemente no puede participar en el divertidísimo juego debido a su avanzada edad. Así que Grey, en representación de su padre, va a entrar al cubículo. Apenas la puerta se cierre, una brisa muy fuerte soplará adentro y nuestro hermano Grey intentará agarrar todos los billetes que pueda, con el fin de pasarlos por esta pequeña ranura que ven aquí.
La sonriente modelo del programa (a la que Grey no deja de verle el escote tras el cual se atrincheran par de razones inverosímiles) mueve la mano de su cintura de concurso de belleza a la ranurita referida por el animador.
—Para esto tienes un tiempo de treinta maravillosos segundos, mi estimadísimo Grey —termina de explicar el Amigo del Pueblo, para luego vociferar más fuerte que nunca—: ¡así que sin más preámbulos, véngase por acá!
César Gondales llega saltarín hasta el cubículo y Grey se va tras sus pasos.
—¡Bueno, padentro, hermano!
Grey obedece y la modelo cierra la puerta al tiempo que le lanza al muchacho promesas de ensueño desde su escote magnánimo. Y César Gondales está ahora junto a don Mansueto.
—Don Mansueto, amigo, deséele suerte a su hijo.
—Suerte, hijo —musita don Mansueto con voz acorralada.
30 segundos y el viento ya sopla dentro de la máquina. Grey agarra muchos billetes, tantos que no caben por la ranurita. 28 segundos y la modelo, que también anima, le grita a Grey que recoja menos, menos billetes, que tantos no van pasar. 26 segundos y el Amigo del Pueblo también grita, grita en la oreja de don Mansueto, que mueve los brazos en un gesto de aupar a su hijo, tal como le indicara el productor del programa. 24 segundos y Grey aún aplasta billetes contra la ranura aglomerada. 22 segundos y ya la modelo no insiste y se mira una uña. 20 segundos y César Gondales se toma un vaso de agua fuera de la cámara. 18 segundos y don Mansueto, con cara de jamelgo resignado piensa: Ese gran carajo nunca servirá para nada. 16 segundos y ahora Grey escoge los billetes más gordos. 14 segundos y César Gondales grita: “No pierdas tiempo en eso, hermano, agarra lo que sea, lo que sea”. 12 segundos y la modelo mira al morenito con sincera lástima y piensa llena de compasión hacia el prójimo: Negro, pobre y bruto... está jodido. 10 segundos y el público comienza la cuenta regresiva bajo el mandato del productor. 8 segundos y Grey está desesperado, quiere abrir la puerta, salir corriendo hasta su pueblo sin mirar atrás, llegar a la esquina de siempre y pedir una cerveza que le haga olvidar. 6 segundos y el público cuenta, Cesar Gondales cuenta, don Mansueto cuenta bajito. 5, 4, 3, 2, 1... Suena el silbato, acaba la brisa.
César Gondales se acerca hasta el cubículo para recibir la cajita de plástico transparente con los pocos billetes recogidos. Dando zancadas sigue hasta la mesa de los jueces de la Lotería del Momo.
Mientras tanto, la modelo abre la puerta. Sonriente y con el escote siempre a punto de partirse en dos, la modelo le ofrece su mano a Grey. Ya juntos, caminan hasta la mesa del jurado, donde se encuentra César Gondales y don Mansueto. La modelo ubica a Grey junto al ensombrecido padre, que está que le da un par de pescozadas al muchacho. Pero el productor empieza a hacerles señas para que sonrían (con los dedos índices se estira la comisura de los labios, y muestra sus enormes dientes de vampiro a sueldo). Grey y don Mansueto no terminan de entender; César Gondales se da cuenta y sale en ayuda del productor.
—Vamos, muchachos, sonrían —grita con los ojos filosos de alegría mediática—. Yo sé que están un poco nerviosos, pero eso no les puede quitar la felicidad de sus caras.
El productor sonríe complacido, enseña el dedo pulgar en gesto de aprobación y dando un gran suspiro de ternura, cruza los brazos sobre su pecho, como abrazándose.
—Así es, muchachos —vuelve a gritar el Amigo de la Humanidad—, todo el país quiere ver sus hermosas sonrisas, y también los quiere ver abrazados, como padre e hijo que se aman, que se adoran. Todo el país quiere ver amor, amor de familia.
Padre e hijo, algo cortados y más tensos que un cable de alta tensión, hacen amago de obedecer el mandato supremo. César Gondales, que sabe que sólo falta un empujón, exhibe la carátula número 325 de sorpresa y fraternidad, y grita todavía más alto:
—¡Miren qué lindo, hijo y padre a punto de abrazarse!
En la pantalla de los televisores de todo el país se unen en un abrazo don Mansueto y Grey, famosos, héroes, excelsos compatriotas en los cinco minutos que amablemente les han regalado la Lotería del Momo, César Gondales, el productor, la modelo pechugona, el Estado, el canal de televisión y su buena suerte.
—¡Hermoso, realmente hermoso! Estoy conmovido, hermano. Nada más bello, nada más aleccionador que este momento. ¡Así debe ser el amor que nos debemos profesar! ¡Un amor de abrazo, de felicidad, de cariño! ¡Así debe ser el amor entre padres e hijos!
César Gondales se acerca a la conmovida pareja con el micrófono apuntando la boca en puchero del padre.
—Díganos algo, don Mansueto, díganos algo...
Pero el señor no dice nada, porque las lágrimas no lo dejan, porque siente que todos en el estudio lo aman, porque éste es el día más feliz de su vida. Lleno de emoción, el siempre bueno de don Mansueto opta por dejarse llevar por el maremoto de sus sentimientos y, sin pensarlo dos veces, le da un abrazo a Cesar Gondales. Y Grey, llevado por el mismo arrebato de emoción, y por si acaso la modelo abultada se enamora de su sensibilidad de muchacho del interior, también va a dar con sus lágrimas y sus viscosidades nasales sobre los hombros de fina tela del gran César Gondales, quien, dicho sea de paso, tampoco puede controlarse, porque hay cosas que no se pueden evitar, mi hermano.
Lo grita, César Gondales lo grita, como siempre ha gritado a la memoria imborrable del video:
—¡Qué asco, suéltenme, monos sudados, salgan pallá..!
El público exhala un gigantesco signo de admiración, el productor brinca por todas partes y la cámara gira con violencia hacia la boca abierta de la modelo, pero ella, estupefacta, no sabe tomar las riendas del programa.
Entonces todas las pantallas que en aquel país sintonizan aquel canal se van a negro, y en dos segundos aparecen unas piernas largas y entaconadas que bailan y pasan coleto paquí y pallá con Leviatán, olor a limpio, con Leviatán, bailen todos con Leviatán.
En el estudio, don Mansueto y su hijo Grey observan cómo tres hombres de seguridad se llevan a César Gondales, quien le grita al productor:
—¿Qué querías que hiciera? ¡Me abrazaron, y estaban sudados, llenos de mocos, y olían a mono! ¡A mooooono!
El productor camina junto a Gondales y le va diciendo que se calme, que todo se va a arreglar, pero el Amigo del Pueblo no para de gritar:
—¿Se arreglará? ¿Se arreglará? ¡Me jodí, hermano, me jodí, por culpa de esos carajos me jodí!
El productor, haciendo un gesto de hastío, se devuelve, dice algo por radio, dice algo por el micrófono de sus audífonos, le da una orden a unos hombres en braga, y entonces llama a la modelo. Hablan un rato, y al final ella da un largo suspiro. Ambos caminan hasta donde se encuentran don Mansueto y Grey.
La modelito, de nuevo sonriente y con su escote inverosímil más inverosímil que nunca, les dice que disculpen la molestia, que ya les van a dar su cheque, párense por aquí, en el centro del escenario y esperen la señal del productor, dentro de poco estaremos otra vez al aire, y no se preocupen, porque con César Gondales o sin él les vamos a dar sus reales del Remolino de la Suerte, porque al fin y al cabo ustedes se lo ganaron con su suerte y con el sudor de su frente, ese sudor del que tienen que estar tan orgullosos...