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Caribe fúnebre

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“La buena suerte que tiene
Se la marcó su destino:
Tiene un harem de mujeres,
que Dios bendiga a mi primo”
(Isaac Carrillo) Mi primo, Los Hermanos Zuleta

El sol reluciente sobre la manada de nubes tenues que presurosamente se alejaban, insinuaba un magnifico día caribe. El refrescante sonido de la regadera al amanecer se mezclaba con los ecos de allá un poco más afuera, con las voces de mercaderes de barrio que ofrecían los manjares fritos para el desayuno igual que el queso saladito o la arepa de hueva caliente. El día apenas comenzaba y el ambiente soñoliento y desolado del amanecer se interrumpía intermitentemente por el ladrido de los perros y el ronroneo de los motores. Me siento un buen rato en la acera y miro en la esquina el mojón que indica las direcciones y apenas alcanzo a leer el letrero de la calle 7C entrecubierto por la enredadera de la vegetación baja de la Ahuyama, donde comenzaban a crecer espontáneos el estropajo y la pringamoza vigilante. Los almendros frente a la casa nos protegían un poco del rigor del amanecer del trópico. El baño había logrado su refrescante objetivo y ya con los niños y con mi esposa estábamos listos para salir a cumplir una muy triste cita. En la radio se escuchaba a Leo Marini con su melancólico “Caribe soy”, pero muy dentro sin embargo, en mi corazón, había cosas que me hablaban de momentos lúgubres y de desazón por no poder hallar las cosas de la forma espléndida como las esperaba encontrar en esta visita. Ya un 10 de enero de hace unos años me había pasado cosa igual por mi hermano Armando Alfredo (Júnior) y desde entonces, la ciudad ya no me supo igual... ¡ya había cambiado el Caribe!

Hicimos un recorrido corto para llegar a la sala de velación y esperé encontrar e identificar a mis familiares sumergidos en el impacto del dolor irreparable, pero encontré una multitud inmensa, como de ferias. Ya el medio día se aproximaba y la sofocación aumentaba entre los deudos, los amigos y conocidos y el delirio.

Sí, lo acepto, ya todo esto lo había olvidado. Estas costumbres, esta parafernalia de respeto doliente ya no la recordaba; todo por el efecto implacable de la distancia y por la traición e inconsciencia de la memoria que me pone a salvo así de las nostalgias. Sin embargo, ahí estaba, rememorando tantas vivencias idas y todo ese pretérito remoto que nuevamente se convertía en realidad presente de manera tajante e irremediable. En el cementerio, en ese momento de la mañana, el sol era extremadamente caluroso e inclemente con los pocos que estúpidamente permanecíamos en la intemperie a la espera de que, por fin, ellos aparecieran. Los demás, los más afortunados y expertos en el tema, reposaban tranquilamente bajo la sombra piadosa de los palos de mata ratón y los almendros que circundan el lugar.

El calor va en aumento y nos circunda un panorama de arena calcinada y vegetación agonizante. Una repentina gota de sudor me escurre por la frente, casi de inmediato siento un ardor fuerte y la mirada se me anega. Entonces veo que hay varios familiares y otras personas desconocidas que desconsoladamente lo están llorando. En el lugar no corre mucha brisa y las paredes de blanco-gris pintadas y desconchadas le dan un aire demasiado triste. Claro, es un cementerio, pero lo escoñado del lugar da aun más tristeza que la que ya se siente. El piso es de arena seca, de tierra hirviente y de poca vegetación, por lo que se asemeja a una ilusión desértica. El calor es sofocante y las lágrimas se confunden con el dolor y el sudor. Al lado, un vendedor de hielo raspado con colores ofrece sus conos a la muchedumbre creciente y acezante. Entonces recuerdo los tiempos en que tanto nos deleitábamos con ese manjar sencillo. Sí, fue en otros tiempos de dichas, de alegrías diáfanas y tranquilidad reluciente. Otro tiempo en que el brillo del sol y la felicidad reinante hacían inimaginable esto de hoy...

Concentro la mirada en el vaporoso pavimento y el hervor crea ante mi imágenes muy difusas y soñolientas. Cabeceo con fuerza para despertarme de la modorra, y exactamente en ese momento entra el estrépito del cortejo fúnebre. Es el funeral caribe, con las motos y carros acompañantes y veo a los caminantes de compañía y a los dolientes de familia y a los amigos sin resignación y a la viuda desconsolada y a la pena irredimible toda. No comprendí el por qué de la música de fiesta y los pitos de reinado de carnaval que se escuchaban venir por lo que pensé: “Nojoda, ahí está pintado mi pueblo”, pero como si el difunto me hubiera escuchado, al momento alguien me decía que no, que fue el mismo difunto quien pidió que le pusieran esa música cuando se muriera y ahora sus amigos, que como él vivieron en un eterno amor por las motos, pitan en señal de respeto y despedida. Raro funeral este. Un funeral con músicas de fiesta, con algarabía caribe, con motos y carros y el desfile a pie de los dolientes y un gentío incontable de acompañantes luciendo su resignación y respeto bajo la canícula.

En el lugar todo hay un ambiente mortuorio de beige, negro y café; de pena en la cara, de dolor en el alma y de amistadas truncadas. Sentí una nostalgia infinita por no poder hacer mía semejante resignación y porque veía languidecer minuto a minuto a mi tía Helena, que a pesar de sus gritos de histeria y de reclamación a Dios, no escapaba a claudicar ahogada en el mar de dolor por el que hace poco también nosotros habíamos pasado.

En la esquina de enfrente había una tienda con un aviso enorme de la Cerveza Águila y pensé que en ese momento más de un cliente debería estar en otro plan diferente al que al frente vivíamos nosotros: ahogando la sed con frías cervezas, como el difunto lo había hecho unos días antes... En efecto, en días normales mi primo era un tipo corriente, de los que te acompañan con una cerveza para matar la sed y después te devolvían el favor invitándote a otra ronda igual. Era barranquillero de los pata-brava cuando jugaba bola e trapo, e igual de recio cuando jugaba partidos de fútbol. ¿Que si peleaba? ¡Nojoda, si eso le gustaba más que la comida!, me respondió un amigo cuando le pregunté por su temperamento. “Ese Alexis tenía una mano respetable, con decirte que una vez le empujó un puño a un man y el tipo quedó muy tranquilo porque, aunque sonó como un tambor, no le dolió mucho. Pero al otro día amaneció con dolor en el pecho, diarrea, tembladera y de cuanta vaina. Calcula tú el mameyazo que tu primo le pegó”. Al recordarlo, reía ampliamente y sin recatos mostrando toda su dentadura en enormes y resonantes carcajadas. Luego reía triste, con la nostalgia de la camaradería perdida. Sin embargo, la chispa en los ojos volvía al responderme que claro, que mi primo Alexis se le medía a las mujeres vinieran como vinieran. “Nojoda, si parece que se le hubiera perdido el metro porque le gustaban igual las chiquitas que las altas, las morenas o las monas, las gordas o las flacas, las peladitas o las veteranas. Para que, ese man sí que probó hembras en forma”. Pude percibir la satisfacción que sentía al hablar de mi primo y de haber sido su amigo. Sonríe, suelta un suspiro y remata con aire de nostalgia: “Yo no sé qué le paso, no lo entiendo... No lo entiendo”.

Tan sólo un par de días antes habían estado festejando en una descomunal parranda, para celebrar no sé qué vaina. Habían llegado bien temprano y todos impecablemente vestidos y perfumados, cual costumbre caribe. Los anfitriones los saludaron con cervezas heladas y ellos se sintieron de inmediato como en familia. Al principio sobrevivieron a todas las etapas de calentamiento del lanza discos, que comenzó con salsa rancia y premonitoria, evocando a Cheo Feliciano y sus entierros de la pobre gente pobre. Luego calentaron con la Fania y el Quítate tú pa’ ponerme yo, y merengues de tristezas de mujer, tu cuerpo me hace falta ya. Finalmente, cantaron con Joe Arroyo que echao pa’lante en una sola baldosa bailó. Para esa hora ya mi primo había cambiado la cerveza por el Aguardiente Antioqueño y se había desabrochado un poco la correa del pantalón, reía más, y miraba más frontalmente las curvas féminas que se paseaban por el lugar. Mujeres en cosecha, la espléndida abundancia caribe.

Mi tía Helena, a mucha distancia de allí, se mantuvo en vela todo el tiempo, con el corazón en la mano, como siempre lo hacía desde hacía más de quince años. Oraba en voz imperceptible para que él llegara y llegara sano. Solía acostarse a dormir muy tarde en las noches de parranda de mi primo Alexis, su único hijo varón. Trasnochaba esperándolo, presintiéndolo y simulando que dormía, cuando realmente quería salir a buscarlo; pero tenía que resignarse a esperar hasta que el alba llegara, porque sólo así alcanzaba a ver su sonrisa de borracho feliz diciéndole: ¡Despierta, Petra!, cuando ya lo seguían las primeras luces del amanecer. De inmediato desaparecía la niebla de la duda y la incertidumbre y ella corría a abrazarlo con corazón de madre, con una sonrisa cómplice, y se disponía de inmediato a prepararle algo de desayuno. Mi tío, al tiempo, ya podía dormir mejor, porque él también sufría calladamente estas ausencias, aunque tuviera que reprimirse por el machismo tradicional, impuesto por siglos de historia, educación y cultura.

¿Me quieres, Petra?, le decía él y mi tía comprendía de inmediato por qué él lo preguntaba y al tiempo le respondía ¿Por qué, cuánto necesitas? Esa era ya una costumbre, siempre que le iba a pedir plata prestada y así todos se reían de las cosas, sin siquiera pensar en aquellos tiempos de angustia y padecimientos diarios, que al menos eso anhelarían cuando ya él no volviera a aparecer bajo las luces tenues de la mañana para despertarlos. Cuando ya nunca más volverían a escuchar ese ¿Me quieres, Petra? que ahora anhelan escuchar en un amanecer cualquiera de domingo, deseando con el corazón que vuelva pronto, que llegue...

Y, efectivamente, llegó. Volvió con las sombras de la mañana, sonriendo como siempre y como siempre hablando alto, más para enterar a todos de su llegada que por despertar a alguien en especial. Saludó a mi tía por su sobrenombre y la abrazó diciéndole: “Petra, ¿no es verdad que tú me quieres? Entonces alístame el desayuno y una muda de ropa, que me voy”.

Ella quiso desanimarlo cuando miró sus enrojecidos ojos de color café trasnochado y lo notó débil y ojeroso. “Vete a dormir, muchacho, descansa esa borrachera”, le aconsejó mi tía. “Ay, Petra, me vas a dejar morir de hambre”, se quejó él. Mi tía salió sonriendo para la cocina y en ese momento ingresaron unos amigos que venían acompañándolo. Apúrate, le dijeron y él se apresuró a vestirse y se lavó la cara y cepilló sus dientes y se untó colonia en la garganta y la barbilla. Rectificó el cuello de su camisa y hasta alcanzó a pensar que definitivamente era un tipo bien plantado cuando mi tía lo llamó a la mesa. “Buena, Petra, te sobraste conmigo”, dijo al tiempo que tomaba rápidamente el café con leche y el queso y se despedía con un beso rapaz, sin terminar de comer lo que le habían servido. “Niño, debes estar enfermo. Mira, dejaste todo”, le dijo mi tía y él riendo le respondía “que te lo comas todo que me voy a la playa con estos amigos y vengo en la tarde. Voy para Santa Marta. Nos vemos por la noche”, le dijo despidiéndose. En el ambiente flotaba un delicado aroma de flores y de suertes de mujer. “Vas de levante”, le dijo mi tía cuando vio los esculturales cuerpos de las amigas con las que iba acompañado y aspiró en el aire el olor de la colonia. ¿Perfumándose a esta hora de la mañana? Esto está como raro... alcanzó a pensar mientras ellos se alejaban.

Yo viajaba por carretera hacia Barranquilla y la felicidad no me permitía pensar en siniestros o días de tragedias. Tenía los ojos puestos en el camino y vigilaba por el retrovisor a mi esposa y a los niños y con el rabillo del ojo al velocímetro. “¿Qué hubo, primo?”, me había dicho Alexis al llegar. “¿Cómo está esa carretera?”. “Bien. Pierde uno la línea con tanta recta, pero está muy buena la vía”, le contesté. “La próxima vez que vengas voy a pedir vacaciones y me voy contigo. Yo manejo de aquí para allá”, me dijo, refiriéndose al camino de vuelta. “Está bien”, le dije en aquella oportunidad de nuestra anterior visita. Recordé, entonces, que no debía ponerle atención al cansancio de vuelta, porque en esta ocasión mi primo me iba a ayudar conduciendo el carro de regreso. Aceleré mientras pensaba en el comentario que me había hecho mi papá sobre mi primo Alexis, según el cual, “ese es un conductor duro, porque le cargaron el furgón aquí y se fue él solo hasta Villavicencio. Y de aquí hasta allá hay que darle rueda...”. Nojoda, pensé, el hombre se le mide al camello. ¡Pa’l trabajo también sirve..!

Ya estaba cayendo la tarde y faltaba poco para llegar a Santa Marta. Tuve un fuerte deseo de quedarme allá y pasar de inmediato a la playa, pero los lánguidos rayos de sol me hicieron recordar el frío del mar a esa hora. No, mejor no, ya a esta hora uno se hiela, mejor sigo hasta Barranquilla, pensé mientras cruzaba la ye que nos aleja de Santa Marta y nos acerca a Barranquilla... Para esa hora, ya la tarde estaba muriendo y seguramente, mi primo también.

¿Y cuándo es que ese muchacho no estaba alegre? Se preguntaba la vecina morena que siempre vi en la puerta de la casa de al lado cuando llegaba a visitarlos. “Él, si no estaba con la novia hoy es porque estaba con los amigos tomando ron o jugando fútbol. O estaba en pleno baile al día siguiente. ¿Y así quién no anda contento? Yo que lo conocí desde chiquito te digo que me sorprende cómo lo buscaban las mujeres, Porque tú lo veías y no era una belleza, era un carboncito, pero aun así las mujeres lo venían a buscar una detrás de otra. Por eso alguna vez los amigos lo molestaban diciéndole el pipí lindo”. “Bueno...”, suspira, “Qué pena, porque era un muchacho responsable con su trabajo, su mamá y su familia”.

Había dejado huella en el barrio La Magdalena porque los conocía a todos desde hacía más de treinta años cuando la familia llegó luego de comprar con grandes esfuerzos una de las nuevas casas del barrio. Esa casa era casa de todos, porque era continuo el número de amigas y conocidos que llegaban al 41-108 de la 7C para preguntarlo. Cuando pasaba con su moto, pitaba para saludar a los amigos, pero eran tantos que decidió adoptar el “¿Y cómo va la vaina?”, para saludar a la gente. Por eso, cuando estábamos en la funeraria, no me sorprendió que la sala de velación y las salas contiguas permanecieran congestionadas por la gente que le iba a dar el pésame a mi tía Helena, a mi tío y a sus hermanas. Igual ocurrió con el cortejo fúnebre que lo acompañó, bajo la inclemencia del sol de las once de la mañana, por las calles que llevan al Cementerio Calan Cala.

Fue ahí cuando volví a ver la Murillo paralizada, estaba vez para ceder el paso a la carroza del difunto y a sus acompañantes. Volví a presenciar la marcha sin quejas de mi tía y mis primas, a pie tras la carroza fúnebre y recordé las varias ocasiones en que asistimos a ese ritual de dolor sin sucumbir a la larga caminata bajo más de 40 grados de calor. Alguna vez, recuerdo que caminé con unos zapatos negros nuevos. De esos “Pepitos” que le compraban a uno para el colegio, de cuero, que duraban y duraban lo indecible. Llegué al cementerio con llagas en el talón esa vez.

Me adelanto para llegar al sitio del entierro al igual que muchas otras personas, y la memoria me traiciona con el recuerdo anterior de mi primo Alexis. Para mí la imagen era la misma de hacía unos meses cuando él dormitaba sobre una silla reclinada sobre la pared. Ese día escuchaba vallenatos añejos y sólo se le oía un cantar triste sobre amores silenciosos que cesan con una repentina partida. Afuera el mediodía nos saludaba y el polvoriento suelo nos ponía sentimentales como cuando llegan las lluvias de verano y nos apacigua el ánimo. “Él andaba todo el tiempo perfumado y bien vestido, porque eso sí, podrá faltar la comida pero no el agua de colonia”, escuché decir alguna vez a alguien hablando sobre él. Un ruido de trueno me trae a la realidad y veo a la multitud incontable, reunida y elevando el ataúd hacia su morada final. Sobre las construcciones de ladrillo con pañete hay gruesas capas de cal y pintura blanca, que guardan sigilosos restos, apilados hasta cuatro. Los amigos se encaraman sobre ellas y desde allí hacen disparos al aire, que crean la zozobra, entre los familiares.

Lentamente el ataúd con el cuerpo va ingresando a su lugar y el instante se torna invivible. Estallan los gritos y aumentan las lamentaciones y la histeria sorda aflora. Llueven flores por doquier, escasea el oxígeno y llega la debilidad de las piernas. El cuerpo y ánimo flaquean.

Entonces vi lo que no había visto. Vi un día soleado con compases de palmeras y susurros del viento entre los árboles. Vi un mar esplendoroso con olas en vaivén y destellos de oro en la orilla. Vi las casetas de techos de palma y horcones en mangle seco. Olí el sabor de delicias del arroz con coco y la ensalada de tomates y el limón fresco sobre las ostras. Los vi tomarse unos tragos de ron para acompañar el almuerzo suculento frente a la playa. A él lo vi comer mojarra frita con una inigualable cara de satisfacción. Lo vi deleitarse con la música de vallenatos que con sus amigos oían en las parrandas. Lo vi matar el guayabo de unas horas atrás tomándose unas cervezas y escudándose del sol bajo las palmeras. Lo vi colgando la cadena de oro que llevaba puesta, sobre un arbusto al lado de las palmeras y lo vi sumergiéndose en medio de las olas espumosas que con su blanco-azul y las brisas de la tarde despejaban el calor de la orilla.

Lo vi emerger. Comenzó a nadar hacia la orilla y luego sus amigos lo vieron hacerse el ahogado y sumergirse con un adiós cansado con una mano. Un momento después, aparecía entre la espuma su sonrisa blanquecina y reflotaba dando la espalda a las olas. Cuando se decidió a salir, no notó el espacio de circulitos concéntricos que a su lado estaban formándose, ni puso mayor atención a las olas fuertes que lo dirigían a ese lugar. Por instinto quiso salir cuando sintió la fuerza del remolino que lo jalaba hacia el fondo. Alcanzó a dar un par de brazadas hacia la orilla antes de que las piernas no le respondieran. Padeció un dolor que le dejaba sin fuerzas, detrás, en la pantorrilla. Sufrió una contracción dolorosa de músculos que lo paralizaron hasta la punta del pie. Supo que necesitaba ayuda y miró hacia la orilla donde algunos de sus acompañantes lo miraban. Levantó el brazo, como antes, y ellos le respondieron con un saludo. Él se intentó acomodar para tomar aire en el momento que la fuerza de las olas lo sepultaban. Luchó para salir a la superficie y en la boca sintió un sabor acre cuando quiso respirar entre las burbujas y la espuma de las olas. No tuvo fuerzas para impedir sumergirse por segunda vez, cuando aumentó el dolor de la pierna. Con un esfuerzo infinito se impulsó hacia arriba y buscó la luz que allá se veía, porque sabía que a la tercera hundida, ya no sobreviviría. Logró emerger un instante fugaz en el que sólo alcanzó a ver la orilla distante, como alejándose cada vez más. Sintió el eco sordo de sus pedidos de auxilio. No oyó más el sonido de las olas del mar. Miró hacia arriba, hacia las estribaciones de la única Sierra Nevada al lado del mar en el mundo, y pareció distinguirme en el camino y me lanzó un adiós en el preciso momento en que yo decidía no ir hacía él sino seguir hacia Barranquilla.

Entonces ocurrió. Recordó a su amada Petra, que en ese instante lo pensó con mucha más fuerza, allá a la distancia en el barrio La Magdalena. Recordó sus partidos de fútbol con peleas incluidas en los campos de Las Palmas. Sonrió al recordar la sonrisa amigable de su hermana Magali, el abrazo de reencuentro que le daba su hermana mayor, Victoria. Vio entonces a su papá, diciéndole, antes de salir ese día, que se cuidara, que las borracheras y el mar no eran muy amigos. Y se sorprendió con el desfile interminable de familiares de le hacían señales con la mano y caras de benevolencia y compasión supremas. Reconoció y recordó entonces a mi abuela María Mayoral, haciéndole rezos a los niños para curarles los espasmos de la barriga, o el ombligo saltón o conjurándoles el mal de ojo. Nos recordó acompañándola a sus rezos de difuntos, y a las misas de réquiem. También estaba ahí Doroteo, en su eterna postración por la parálisis. Vio a mi tío Rafael, el cantante, degustando su peculiar receta de bananos con queso. Y en esa fila extensa reconoció entre los últimos a mi hermano Júnior, quien le extendía las manos con una sonrisa muy familiar y le decía que no tuviera miedo. Fue entonces cuando lo comprendió. Fue ahí cuando la irrupción de una lucecita lo hizo mirar hacia la orilla y vio el destello de la cadena de oro que había dejado entre palmeras. Pensó en su buena relación con su hermana más cercana, Nubia, y la llamó con el pensamiento. Se relajó, entonces. El brazo que mantenía estirado empezó a doblegarse y ya no sintió el dolor que le paralizó las piernas, ni la pena por su madre desconsolada, ni el sufrimiento sabatino de su padre, ni el desconsuelo de sus hermanas por el bordón perdido.

Lentamente, en segundos que ya no medían este tiempo, se fue sumergiendo en las poco cálidas aguas del Caribe al atardecer. Vio la flora majestuosa que circunda el Parque Nacional Tayrona, la fauna submarina en las playas, al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta. Admiró el piso blanco de arena lavada de Neguange y Taganga. Nadó suave entre la barrera de coral carmín, los peces de azul y grana y las bailarinas carmesí, y ya no le importó si pasaron uno o dos días, porque se sintió elevado en un deleite que no era de este mundo. Ya no sintió la soledad que reflejaron sus ojos tristes en vida y se dejó subyugar por una compañía que tendría para siempre en los suyos... ¡Amén!

Réquiem eterno Doni Doni. Réquiem en paz...

A la memoria de mi primo Alexis Martínez, con el mayor respeto, fallecido el cuatro de julio de 1999. Pero aun con mayor admiración a mi tía Noemí Helena, “La señora de la 7C”, quien con su empuje, coraje y vitalidad sigue viviendo y carnavaleando sus años dorados, allá en la Cra. 7C, en Barranquilla, la bella...