Letras
Indicios de séptimo alba
Extractos

Comparte este contenido con tus amigos

De la vejez

Encontré, anoche, tres heridas en mi camisa:
tres agujeros sin energía, tres avisos
de multas sobre mi cuerpo cansado de andar.

La vejez no la asocio con el invierno
ni con los viejos zapatos de lobo
que me regaló mi madre en su testamento.
Ya no sé, como antes, decir anciano.
La pradera se ha curvado de niebla verde
encogida al ras del suelo en cualquier estación.

Acaso, hasta anoche,
siempre la había visto desde fuera
como un término y como una extensión
donde se arrodillaban los acordes de la fiesta...
nada más que con un interés siempre aplazado.

Ahora mismo no estoy seguro
de que no sea un rayo
que baja a herir a los otros.

Una dimisión general
que permite excepciones,
como yo...
                      porque sigo sin entender
la posición del alma eterna en el tablero...

Porque si el jugador decidiese el juego
nunca arriesgaría la reina,
porque envejecemos, envejecemos
con los alfiles en la posición replegada,
defendiendo un rey vestido de aire.

...

Perdí en el espejo la gracia,
el brillo de la ingenuidad:
arrugas en las pestañas, colores
de junco seco en ciertos ángulos
del rostro, algo más de estaño en el bronce
que apunta una ligera palidez;
leves alarmas que no me preocupan.
En fin son signos de la edad.
Temo, sin embargo, otras arrugas
otros colores de derrota;
temo más las heridas que no vi,
las instrucciones de la experiencia
que no sigo, y vienen
sin saludar, a mi paso, y acechan
encontrar asiento en mi trapecio.

 

Ofrenda

I

El corazón es la más dudosa
luz del ego, y la única
luz que tiene ahora
en esta experiencia de vida.

Las vocecitas de las madres primerizas,
el algodón de sus manos, el vino
y la miel de sus ojos
cuando miran hacia dentro de la luz:
Por esas voces late el corazón,
para ellas tienta mi corazón
un abecedario preciso, una proa a siempre.

Mis sueños visionarios son monerías
el ceñidor de tus senos tiene más gracia,
madre Juno, Señora de los partos,
dueña de todos los tesoros: dueña de ti misma.

Me has dado este guijarro para echarlo a la suerte,
me has escogido un corazón ligero y frágil
pero que arde con esperanza cuando lo suelto;
dame más tiempo, dame más tiempo, madre,
para que todos mis muros sean fuertes,
todas mis venas profundas: sopla mis alas.

Vencite si ita vultis

En la pila oval de la madre
fijo mi corazón como un trueno.
Mi deseo de vivir ha renacido.
Me pasmo de todas las aves.
Espero un motín de lumbre y espuma
cada día en los órdenes más fríos
o más serenos, en los sepulcros
y en la voluntad de la muerte.

Vencite si
ita vultis

 

II

Paso a esta procesión de serpientes
Paso a este crío inmaduro y suave
como una paloma posada en un arco.

Paso a esta flecha ligera que no
deja tiempo para curar su herida.

Paso a la magia que desdobló a Ulises.
Paso a la materia, sí, a la verdadera
materia de sueño y guerra que somos.

Paso a mi vida encontrada en un bosque.
Paso, remo y viento.

 

Noche de San Pedro en el Campo de Cartagena

a jeanine alcaraz

Galatea Alcaraz, agua morena
ninfa francesa llegada a Cartago
Nova en un intercambio de tesoros
entre dos reyes amigos y bárbaros.

Un poema de amor se embarca en tu voz lejana.

Tu voz le recuerda su órbita a la tierra.
Conduce al rapaz duende a la llama.
Despunta el perezoso amanecer
sacude el tirso de las bacantes
y de los bardos solos
en tu costa al norte en tu bahía al sur.

¡Mezcladera voz!
¡junio mestiza voz de jacinto y agua!
ola de sierra morena, música
de cumbres ilirias que no he visto,
música, no sé dónde... no a mi mano...
mezcladera voz no a mi mano
como no está lo imposible,
el destino, las sombras
que me reflejan, perdidas, sin voz,
en esta corta noche y la más duradera.