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Picazón

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¡Qué fastidio! Una hormiga recorre mi espalda, ese lugar donde la geografía no es muy clara: algunas planicies, un valle, montones de accidentes “geográficos”... en los lugares más inaccesibles de ese vasto terreno, allí, precisamente allí está ella... ¿cómo hace para estar en la “cima” y el “precipicio” a la vez? Aunque me ponga como me ponga, serpenteo, me inclino, me doblo hasta hacerme daño y no llego a tiempo para aniquilarla, porque cuando creo haber llegado, resucita y aparece de nuevo en otro lugar, tan inalcanzable —ahora está en el “llano”— como el anterior. ¿Habrá alguna forma de combatir este ejército —sí, porque una sola no es, ¡qué va!-- invisible y persistente que aparece una y otra vez? Yo salgo adelante sola, no necesito ayuda para hacer mis cosas, entonces, ¿por qué la voy a necesitar para esto?

—Humberto, ponme la mano en la nuca, por favor.

—Ya va, carajo —responde incorporándose—. ¿Para qué, si se puede saber? ¡Estaba casi dormido!

—Con tu mano allí, es más fácil indicarte cómo dirigir la mano para que me rasques la espalda... anda, apúrate, vale, me pica horriblemente.

—¿Y con quién aprendiste esa técnica de rascado que yo no conocía? —reclama espabilado y furioso—. Seguro con aquel Alfonso, ¿crees que soy tonto? Cada vez que lo mencionas hay una sonrisa en tus labios, y él, cuando cree que no lo veo, te come con los ojos... —la voz se iba elevando, y yo me sentía impotente ante una más de las constantes peleas de los últimos tiempos. Los celos, igual que las picazones, corroen, consumen y aparecen en los momentos más inesperados.

—Ya empezaste —reclamé con las empacaduras mojadas—. ¿Es que a mí no se me puede ocurrir nada que implique sentido común? —respondí con temor, a riesgo de recibir una respuesta violenta, de esas que terminan con un pedazo de hielo en la cara, pero tratando de dar seguridad a mi voz:—Alfonso no tiene que ver nada en este asunto...

—Claro, lo defiendes... sinvergüenza, p... Nunca te voy a permitir que me hagas parecer como tonto, además que descuides el hogar, mucho cuidado c...

Todavía recordarlo duele... Eso de ser lo que otra persona quiere... ¡qué va! ¿Por qué la ilusión se pierde tan rápido? Debe ser eso, lo bueno no dura...

 

Sólo nos pica en un lugar accesible cuando tenemos las manos ocupadas: la nariz cuando se tienen las manos llenas de masa en la cocina, ¿y la c..? También hace lo suyo pero en público... Ellos deben creer que a nosotras no nos pica, pero es que no está permitido que nos rasquemos como ellos... Vamos a ver, qué tengo pendiente... Falta azúcar, algo de salado..., además tengo que pagarle a Mercedita la turca, porque necesito sacarle otro fiado, una ropita para trabajar... ¡cónchale!, estoy tratando de distraer mi atención hacia otra cosa, pero ¡qué va!, no deja de picarme. Me levanto a rascarme en el filo de una columna, rodando de espaldas en el suelo, trato de aliviarme y no lo logro, ¡ya esto parece sarna!, no dudaría que se me pegó en una de esas condenadas camioneticas, tan liiiimpias ellas, donde los hombres se rascan su piripicho en las nalgas o tetas de una, y que por falta de espacio... ¿y para bajarte? Uno les hace el masaje final, porque ninguno es capaz de apartarse lo suficiente (sólo las mujeres) como para no ser tocados.

 

—Manuel, me pica la espalda de este lado.

—¿Aquí? Me responde, colocando su mano a gran distancia del objetivo.

—No, más abajo... No, no, allí no, un poco a la izquierda, allí, allí... ¡Ah! ¡Qué alivio!

—Y no te pica aqué? —colocando, esta vez sí con gran precisión, la mano en el famoso lugar entre las piernas...

—No chico, allí no me pica, y además, si me picara la rascada me podría salir un poco cara, ¿no es así? Con lo pesado de mi día en la inmobiliaria, el tener que despedir a Roberta (tan buena que parecía) y la malcriadez que me hizo Juan, me basta y sobra por hoy.

—Pues bien, busca quien te rasque. ¿Para qué arrugas, si no vas a planchar? Por lo menos hoy pude verte la espalda, así me acuerdo de tu anatomía...

Y finalmente la mano pasó al lugar habitual: entre sus piernas. Por mi parte, en ese momento, ya sin picazón, pero con mucha rabia, hago el recuento de mis últimas noches: puro cansancio, sólo pesar y el sentimiento de ser sólo un animal de carga que produce: nada para el espíritu, nada de romance, nada de nada...

¿Y si me pongo alcohol? Me levanto a buscarlo, y luego dejo rodar el líquido desde mis hombros... Lo siento pasando por los surcos, las estrías, los cauchitos... Pero la inundación que debía ahogar a la (¿las?) hormiga, se evapora sin remedio. ¿Hay algo más que pueda hacer?

El sopor del después nos envolvía... Sintiendo una leve picazón, sugerí:

—¿Por qué no nos damos un bañito? Los niños no despertarán, yo te enjabono, tú me enjabonas...

—Cónchale... No es posible... Debo regresar a la oficina a terminar unas declaraciones de impuesto... Otro día, eh... ¿me disculpas?

—Caramba, estas últimas semanas sólo declaraciones de impuestos. ¿Te persigue el Seniat? ¿No será que hay una oficina de hacienda casa de tu mujer?

Muy ofendido replica:

—No merezco esa falta de confianza, además yo siempre fui claro contigo. Yo tengo obligaciones en la casa, los niños me necesitan, y si no tienes suficiente flexibilidad para adaptarte a mi vida... dejamos esto así.

Allí quedó claro, pues, yo no tengo nada que perder (después de que se rompe la telita, cuando se lava queda como nueva) y además la echada en cara de la técnica “desde el principio te hablé claro”. ¿Por qué siempre pensamos que podemos cambiar a las personas con las que nos relacionamos? Qué más da, una decepción más o menos... Me incorporo a la expectativa y pronto me llegó el sonido del fuerte portazo, seguido por un llanto, por lo que se hicieron necesarias mis palabras de consuelo:

—No pasa nada, Amanda, creí que sonaba el timbre, pero no era nadie... Sí, sí, sin darme cuenta tiré la puerta. Anda, vuelve a dormir, mira que papá te pasa a buscar mañana temprano...

Ya los ganchos de ropa ni siguiera traen esos palitos de madera de antes, que al menos prolongarían la longitud de mis inútiles brazos... Empiezo a sentir desesperación. Me levantaré a la cocina a ver si algo me ayuda... ¡Ah!, ese cuchillo largo y filoso, que se usa para la carne, sí, el del juego que me regalaron el Día de las Madres. ¿Cuándo obtendré algo que no sea para ayudarme a trabajar? Puede que sea peligroso, pero no tanto como otras formas de aliviar la picazón: rascan de maravilla al principio, y después como que se mellan... Aunque tengo pereza, la solución es obvia: bañarme, para ver si a la vez esto ayuda a dormirme. Me dirijo al baño pensando en sólo una cosa: debo emprender urgentemente la búsqueda de algo realmente bueno para esos momentos en que necesito rascarme.