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“1984”, filme de 1954 basado en la novela homónima de George Orwell¿El fin
de las literaturas nacionales?

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Un artículo de Christopher Domínguez Michael (¿El fin de la literatura nacional?)1 despertó algún tiempo atrás en México un debate que sería muy amplio reproducir. Sin embargo, el tema me motivó a algunas reflexiones que no pretendían proponer ninguna tesis, pero que al desarrollarlas terminaron en el presente artículo.

Las clasificaciones literarias siempre son reductivas, como por ejemplo las cronológicas, las nacionales o las sociológicas desprendidas hace algún tiempo del debate peruano entre los supuestos escritores andinos o criollos; debate que, desde mi percepción, es la extrapolación a la Literatura de la lucha de clases marxista en versión local, cuestiones más ideológicas que deberían retraerse de la Literatura, que debería ser más personal: dirigirse a la persona en general, sin importar que sea andina o criolla... ¿Soy demasiado utópico?

Además, las clasificaciones pueden volverse verdaderos moldes en los que se introducen a los más diversos escritores para uniformizarlos, encasillarlos y asfixiar su individualidad.

Sin embargo, mientras no funjan como dichos moldes, las clasificaciones en general son necesarias, pero sólo como referencias. Y como una forma de clasificación, las nacionalidades son referencias necesarias para la Literatura por las mismas razones que lo son para las personas: ayudan a ambas a entenderse mejor. Después de todo, la Literatura estudia en parte a los escritores, que finalmente son personas. Pero, ¿por qué las nacionalidades ayudan a entender mejor a la Literatura y a los escritores?

A la Literatura, en general, y a los escritores y a sus obras, en particular, los entenderemos mejor en los contextos en los que maduraron y de los que se nutrieron; contextos o coordenadas de ubicación que analizaremos...

Toda persona tiene dos coordenadas de ubicación que no la definen pero que ayudan a entenderla: las temporales y espaciales. De allí se desprende que, aunque no de forma excluyente, las dos clasificaciones más importantes para la Literatura sean las temporales y las espaciales; importantes para entender no sólo al escritor sino también a los factores que lo condicionaron y que salvaran a su obra de lecturas erradas, sesgadas o pobres... Es decir: entenderemos mejor una obra (y en general una acción) no sólo por cómo era una persona sino también por su porqué, condicionado frecuentemente por su tiempo y espacio, aunque también existan otros factores.

Las clasificaciones temporales y espaciales son también referencias importantes para entender aun el porqué de los temas en una obra... Los escritores no escogen los temas, sino éstos los escogen a ellos pues, aunque sean las ficciones más afiebradas, siempre partirán de motivaciones y gérmenes de una realidad conocida: un tiempo y lugar... Si se escribe sobre lo que se desconoce la ficción será inverosímil y aburrida...

Por tanto, el escritor puede prescindir de muchas influencias, salvo de sus coordenadas temporales y espaciales, de las que derivan las clasificaciones temporales y espaciales, que por lo mismo quizás sean las más connaturales a la Literatura y que analizaremos por separado...

 

Clasificaciones temporales

Las clasificaciones temporales son referencias muy importantes porque, por ejemplo, aun un historiador que actualmente escriba sobre el descubrimiento de América siempre testimoniará, conscientemente o no, algo de su época: la percepción que de ese hecho histórico se tiene en el siglo XXI. Incluso, aunque profetice adelantos científicos con décadas de anticipación, un escritor de ciencia ficción siempre proyectará los sueños o temores de su propia época. Todos somos hijos de nuestro tiempo aunque nos adelantemos a él. Ejemplos hay varios. George Orwell2 parece describir, en su obra 1984, publicada en 1949, una alegoría del comunismo estalinista mediante una sociedad futurista, totalitaria y dominada por un partido único y el Big Brother. Aldoux Huxley vislumbró ya en 1932 mediante su obra Un mundo feliz la fertilización in vitro y una sociedad dividida en castas genéticas y narcotizada con la droga soma. Ambos autores sólo proyectaron al futuro un pesimismo común de su época: no bien occidente salía de la segunda revolución industrial y ya emprendía dos guerras mundiales. Orwell y Huxley se anticiparon pero proyectando mucho de su tiempo: los visionarios no adivinan el futuro sino lo vislumbran a partir de su presente.

 

Clasificaciones espaciales

Las clasificaciones espaciales como referencias merecen otro desarrollo. Hasta la mayor de nuestras ficciones trasluce algo de nuestro lugar de origen. Si somos por ejemplo peruanos, para describir de forma creíble aun el planeta Marte quizás lo asociaremos con un desierto conocido, como el de Nazca en el Perú. Volviendo a los ejemplos de Orwell y Huxley: serían interesantes trabajos que estudien qué tanto influyeron en ambos escritores la Inglaterra en que vivieron en sus sociedades futuristas. Ni qué decir de ficciones inspiradas en experiencias personales, que siempre estarán impregnadas de algo del lugar donde ocurrieron; de nuestro ambiente mediato o inmediato: alguna expresión, una comida, una vestimenta, nuestra idiosincrasia, detalles que quizás no revelen nuestra localidad o ciudad, pero ¿nuestro país, región o continente? Incluso, aunque logremos suprimir toda referencia de nuestros orígenes en una ficción, ésta será siempre mejor entendida dentro del lugar donde la escribimos. Es más, dos ficciones igual de fantásticas y atemporales revelarán cosas muy diferentes sobre las intenciones de sus autores, según los orígenes de éstos. Esto nos dice qué tanto nos marcan las coordenadas espaciales, una de cuyas mayores expresiones sería la nacionalidad. Y esto nos remite al tema de las literaturas nacionales y a su supuesto fin...

 

Las literaturas nacionales

El fin de las literaturas nacionales es tan temerario como el de las nacionalidades, que ya dijimos que son referencias importantes para entender, en general, a toda persona y, en especial, a un escritor y su obra, por más cosmopolitas que éstos últimos se consideren...

Imaginemos algunas sociedades futuristas donde los Estados queden hipotéticamente obsoletos. Quizás la globalización obligue a los pueblos a otras formas organizativas diferentes a los países, como bloques regionales o continentales. Quién sabe si vivamos en una sociedad tan alienada por los ordenadores que la única realidad que conozcamos sea la virtual; sociedad como la sugerida por el inglés Michael Frayn es su novela Una vida muy privada, publicada en 1968, donde los hombres están tan aislados que su principal forma de comunicarse es mediante pantallas interactivas... Estos pronósticos se los dejaremos a los futurólogos o novelistas de ciencia ficción, pero los aludimos porque, aun cuando vivamos en una civilización utópica cuya única realidad conocida sea la virtual, siempre tendremos la conciencia de esas coordenadas de ubicación de espacio (y tiempo); de que físicamente yo estoy acá y tú estás allá; de que finalmente pertenecemos no a una comunidad virtual sino a una real, cohesionada por una identidad y cultura cuyas mayores expresiones estarían en la idea de nación (cuya diferencia con Estado la analizaremos después). Y esto será así salvo que dejemos de ser humanos o, lo que es casi igual, que vivamos en una sociedad tan absorbida por la realidad virtual, como en la película Matrix, que en los pasaportes ya no figuren nuestros países sino las salas de chat que más visitemos, en cuyo caso ya sufriríamos niveles patológicos de de alienación.

Pero mientras esas utopías futuristas y afiebradas no existan todavía, una de las coordenadas espaciales más importantes seguirán siendo las nacionalidades para entender a los autores y a la Literatura, que finalmente estudia personas, como ya apuntamos. De allí que las literaturas nacionales mantengan su vigencia.

Tal vez el debate sobre el fin o no de las literaturas nacionales reflejaría las tensiones entre identidad nacional y globalización; tensiones cuyas facetas son tan diversas como la económica, política, lingüística y literaria, entre otras.

En su faceta económica, por ejemplo, Colin Hines, ex jefe de la sección de Economía Internacional de Greenpeace, propone en su obra Localización: un manifiesto global la idea de localización como alternativa a la globalización.3

En su faceta lingüística, por ejemplo, el lema del Tercer Congreso de la Lengua Española4 fue “Identidad lingüística y globalización”.5

En su faceta literaria tendríamos por ejemplo al debate sobre el fin o no de las literaturas nacionales.

Estos ejemplos sólo muestran las diversas facetas que tiene la tensión entre identidad nacional y globalización. Tensión que suele resolverse negativamente: sea globalizándonos pero perdiendo nuestra identidad nacional; sea radicalizando nuestro nacionalismo pero aislándonos del mundo para que nuestra identidad no sea absorbida por la monstruosa globalización. Tensión que también puede resolverse positivamente: la mejor forma de globalizarnos es siendo nacionalistas, no conformándonos pasivamente sólo con que el mundo nos empape con su cultura, sino también empapándolo con la nuestra, en un enriquecedor proceso de retroalimentación... Esta solución podría dar una clave que ilumine el debate sobre el fin o no de las literaturas nacionales.

Aun en estas tensiones habría que diferenciar la idea de Estado (la estructura) y la de nación (el espíritu de esa estructura). La globalización podría afectar eventualmente la soberanía de los estados (las estructuras), pero no necesariamente a la nación (el espíritu), mucho más profunda porque refleja de un pueblo su identidad y cultura, que están más allá de toda estructura... De allí que las naciones siempre puedan preservarse dependiendo de cómo se resuelva dichas tensiones entre identidad nacional y globalización, aun cuando ésta última, como repetimos, reformule radicalmente nuestra concepción de Estado y soberanía. De allí la importancia de las literaturas nacionales, sin que por esto debamos caer en chauvinismos o nacionalismos exacerbados...

Internet, o las nuevas tecnologías de la información, que indudablemente influyen en la dinámica de la globalización, nos hace sentir con gente de lugares lejanos más cerca que nunca y nos tentaría a pensar que acaso las fronteras ya hayan quedado obsoletas tanto como las literaturas nacionales; tentaría aun a muchos escritores a sentirse globalizados para, como latinoamericanos por ejemplo, no ser siempre encasillados en el realismo mágico, pero acaso ser globalizado equivaldría a ser de todos lados y de ninguno: si soy de todos lados de dónde soy y quién soy finalmente... Estos desarraigos siempre generan crisis de identidad, identidad cuyos orígenes no la definen pero ayudan a entenderla mejor...

Los tiempos pueden cambiar pero hay cosas que nunca cambiarán: si algo es común al cavernícola o al hombre globalizado es ese sentido de pertenencia a la cueva o al país que los vio nacer. Por tanto, al estudiar finalmente a las personas y sus obras, la Literatura siempre necesitará entenderse dentro de unas coordenadas espaciales (además de las temporales), que por ahora siguen teniendo una de sus mayores expresiones en la nacionalidad, que ya sugerimos que está más allá de lo consignado en un pasaporte. Y eso será así mientras el mundo no cambie tan radicalmente que vuelva obsoletos a los estados, fronteras, aduanas y pasaportes. Pero aun así siempre surgirán otras formas organizativas y el mono desnudo que llevamos dentro siempre reclamará un sentido de pertenencia a un lugar de origen; sentido de pertenencia que por ahora tiene en las nacionalidades su expresión más importante tanto para las personas como para la Literatura, aun cuando a veces no se sepa resolver la ya mencionada tensión entre identidades nacionales y globalización...

 

Notas

  1. Grupo Reforma, Ciudad de México (21 de agosto de 2005).
  2. Para analizar el contexto en que Orwell escribió 1984 sugiero Cfr: “1984, de George Orwell”. Juan Manuel Santiago.
  3. BBC de Londres. Cfr: “Localización versus globalización” (6 de septiembre de 2003).
  4. Celebrado en Rosario, Argentina, el 17 y el 20 de noviembre de 2004.
  5. BBC de Londres. Cfr: “La globalización afecta el idioma” (15 de noviembre de 2004). Entrevista de Martín Murphy a Pedro Barcia, anfitrión de dicho congreso y entonces presidente de la Academia Argentina de la Lengua.