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A qué volver

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Se quedó dormida en el sillón esperando que muriera la tarde, el cansancio la venció y en la misma posición la alcanzó la madrugada. El frío inmovilizó sus brazos y no pudo atrapar su sueño. Recogió del piso la bolsa y la chaqueta, se quitó las zapatillas y entró a su cama sin despojarse de la ropa. Justo esa noche había sido invitada a la casa de Rosario, íntima amiga de ella y de Federico, que intentaba propiciar un encuentro para ponerlos frente a frente. Emilia quería enterrar el pasado, enfrentar la vida sin depender de nadie. Rosario respetó su decisión, pero presentía que el amor entre ellos no había terminado. Veía a Emilia hastiada del vacío, a Federico lo notaba desencajado, perdido sin su Emilia; quiso intervenir en un terreno sagrado y reunirlos en su casa como en otros tiempos, cuando pasaban las noches enteras arreglando el mundo; noches plagadas de proyectos que cumplían al pie de la letra. El verdadero amor sobrepasa las circunstancias, pensó Rosario, y ellos habían superado pruebas muy difíciles. ¿Por qué tenían que vivir ahora el uno sin el otro? No quiso admitir la separación y propició el reencuentro.

Federico asistió a la cita y charló con Rosario, quien esperó inútilmente a Emilia.

Entre tanto, Emilia tuvo un sueño que no recuerda.

Al otro día, ante el reclamo de Rosario, Emilia explicó:

—No, Rosario, aquí no hay enojos ni ofensas, él es el amor de mi vida, dudo que exista un ser que pueda reemplazarlo. Dejarnos es la prueba más grande del amor que nos tenemos.

—Perdóname, Emilia, pero no los entiendo. Lo que me queda claro es que Federico piensa lo mismo que tú. Tienen derecho de hacer con su vida un papalote. Sin embargo, no los veo como antes, es decir, no los veo felices.

—Pero, Rosario, ¿quién te dijo que la felicidad está en el pasado?

—No sé bien qué es la felicidad, Emilia. Pienso que es hacer cosas que te gustan, tener proyectos, lograrlos, estar juntos en las buenas y en las malas, dormir entre los brazos de alguien que te admira y te respeta, que tiene fe en ti.

—Rosario, eso es una parte de la felicidad, exactamente la que ya vivimos. Nos hace falta experimentar qué más puede ser la felicidad, y para descubrirlo tenemos que cambiar el rumbo, resistir el vértigo que produce la soledad y, a través de ella, alcanzar la libertad.

—Entonces puede ser que algún día vuelvan.

—Rosario, ¡seguimos unidos! ... ¿A qué volver?

Emilia sigue durmiendo en el sillón por las tardes cuando el cansancio la agota, pero ahora cubre sus brazos con una manta de lana para que el frío no le impida atrapar el sueño que no recuerda.