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Ernesto Sábato, un escritor vivo

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A un querido y remoto maestro.

Ernesto Sábato

Hoy no deseo escribir sobre cadáveres exquisitos, hoy no quiero ser necrofílico, lo dejaré para otro día, en la tradición del homenaje postrero a los muertos célebres que forjaron el camino que trasegamos. No deja de ser melancólico e injusto que sólo recordemos a alguien porque la fecha en el calendario nos informa sobre el aniversario de su desaparición o llega la noticia urgente sobre su muerte.

Por eso debe celebrarse que Ernesto Sábato siga tan vivo, a sus noventa y pocos años, tan vivo que sigue hablando y dando de qué hablar, en congresos literarios, en colegios que se bautizan con su nombre. El individuo que hizo el tránsito de la ciencia a la literatura y de allí al compromiso con la verdad de lo ocurrido en Argentina. Estudioso de la física, pasó de las leyes naturales a la ausencia de normas (a no ser las ortográficas y gramaticales), el mundo siempre inesperado de las letras. Luego se dedicó a escudriñar la historia reciente y escondida de Argentina, un nuevo paso en su tránsito vital, desde los relatos imaginativos emprendió la búsqueda de la verdad. El escritor inventor de las mentiras necesarias, encontró las verdades crueles pero igualmente indispensables.

Sobre Sábato tengo un recuerdo especial que deseo compartir. Cuando terminaba mis estudios en la Universidad Nacional en Bogotá y soñaba que podía ejercer mi profesión de sociólogo desde la literatura, porque en el mundo real me resultaba demasiado difícil, un amigo de letras y proyectos en conjunto me facilitó la dirección de Sábato en Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires. Como toda mi generación había descubierto El túnel, al final del cual, en efecto, se hallaba la luz. Sería el año de 1992 cuando me animé a escribirle, la típica carta del admirador, del aprendiz. Le confesaba mi aprecio por su persona y obra, ya que no siempre una cosa conlleva a la otra, así como le expresaba las dudas sobre el quehacer del escritor.

Una de las sorpresas más agradables que haya recibido jamás, en la época en que todavía existía la emoción del correo físico previa a la frialdad e inmediatez de los mensajes electrónicos, fue encontrar bajo la puerta, semanas más tarde, un sobre procedente de Argentina. Era una nota firmada por el maestro Sábato, en la cual en términos cariñosos me remitía a un capítulo de su obra Abaddon, el exterminador, titulada “A un querido y remoto muchacho”. Al día siguiente pude leer la cita, en la sala de la Biblioteca Luis Ángel Arango, experimenté lo que se siente cuando se descubre un secreto vedado para incrédulos.

Ahora cuando no soy tan muchacho, pero mantengo el fervor juvenil por proseguir con la literatura, así sea como eterno aficionado, recomiendo, a quienes persisten en la loca idea de escribir, leer esas entrañables páginas. Sábato, con un corazón tan grande como su Patagonia, con un verbo tan ardiente como un verano en Mar del Plata, con una estatura moral tan recta como la Avenida de Mayo en Buenos Aires, es la mejor guía para cualquier aspirante a literato. Algunas de las frases siguen resonando:

Sólo el arte de otros artistas te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (¡qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario.

Es entonces cuando, además del talento o del genio, necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos.

Mi madre-abuela Carmen decía, desde la orilla de su sabiduría senil, que a una persona se debía homenajear en vida, que las flores luego de la muerte eran vanas, le resultaba incomprensible regalar cosas muertas en proceso de marchitarse a un difunto, cuando a una persona viva se le puede ofrecer un jardín. En el caso de Ernesto Sábato, el mal día cuando sepamos sobre su muerte física, seguiremos firmemente convencidos de que seguirá siendo un gran hombre vivo.