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“No se recuerdan los días,
se recuerdan los instantes”.

Cesare Pavese

Hizo a la mar
su luz
la barcarola,
y estremeció mis manos
el goce de la tierra,
encrespando la sangre
como un gran maremoto
de fuego y cascabeles.

Desde entonces
llamaron tus manos
en mi puerta,
como una exaltación,
un exorcismo,
una bandada de dudas
migratorias,
un oscilar del amor
al invierno.

Fueron de estío
mis horas más calladas,
mis públicos olvidos,
y Afrodita era apenas
una estatua en el parque,
cuando a mí no acudían
tu cuerpo y tu destino.


Queda claro,
vivir es simplemente
una razón,
y un laberinto,
cárcel de minotauros,
arena calcinante
precipitando pasos,
oasis transparente
al filo del abismo.

El color es un modo
de transponer la noche,
y la piel un supremo
bálsamo del delirio,
una impronta de estelas,
un clamor metafísico.

Las malas horas traman
petrificar la pena.

Y mi júbilo duerme
inmutable en la hierba.


Hoy no distingo bien
si es sombra
o luz,
la estela de mis manos,
el goce de mis ojos,
la prisa del espanto.

No descubro fronteras,
ni degusto amarguras,
ni reniego al valor
de la distancia.

No acudo a comprender
si van o vienen,
si es rumbo o extravío,
o eutanasia.

Salvo el fuego,
no quedan más
que grietas en los muros,
que suaves maremotos,
reversos y fantasmas.
Péndulos del deseo,
vientre de la historia.

Quizás no sea niebla,
ni sal,
ni meridiano trágico,
parodia o hermetismo,
desnivel temporal,
sinrazones,
adverbios.


Tal vez no haya aprendido
a transitar,
ambiguamente.

Y el horizonte
huele a tiempo ido,
a deshoras agónicas,
a realidad pretérita
imperfecta,
a subsuelo del mundo,
a sabor propio.

Y cuando caminar
me duele en el costado,
(la costilla de Adán,
precisamente)
anuncio cascabeles en el aire,
abandono al atril la partitura
y hago demis palabras mercancías,
revelación de espejos,
felicidad ficción o muerte súbita.

El pasadizo azul de la utopía.


Hay noches
que no se parecen en nada
a la esperanza,
sino más bien
a flores del infierno,
a horas sin propósito,
en que alguien vaga
por vereditas de la memoria,
con su puerta al deseo
su musgo solidario,
su refugio,
las flechas que Cupido
devuelve envenenadas.

Hay amaneceres
que no guardan
la luz perfecta,
ni entibian el huerto
en que soñamos,
sino pasillos pálidos
que huelen a remedio,
hendijas en los muros
donde purgan los muertos
la lepra cotidiana.

Tardes subterráneas,
en que la dicha
oculta sus carnes al verdugo,
y viaja clandestina
a confines de niebla,
a tierras de extravío,
donde sentirse próspera
o al menos exiliada.


Madrugadas que imponen
la amnistía,
que inventan
en un bar su torre de Babel,
o nos prestan el lecho
de cualquier primavera,
para hacernos dormir
la pena por un rato.

Hay jueves que parecen lunes,
lunes que siempre
son de miércoles,
miércoles agotados,
martes de rebelión,
viernes con tregua.

Sábados de gloria
y domingos sin dios.

Hay agua en el vaso
de la mesa de luz,
una lámpara
alumbra la piel
que se estremece
en el pinchazo,
la puerta inquieta
o quieta,
y una infancia que vuela
en el pobre barrilete
de la desolación.


La muerte puede
confiscarme el pellejo,
decretar su silencio hospital,
amputarme la risa,
pero nunca obligarme
a abandonar el barco.
Que nadie arroje la toalla,
dejen que muerda,
que aliente a sus soldados
contra mi ciudadela,
que me hiera su toro
en la embestida,
y sienta fundar
su imperio en mi derrota.

Entonces aprenderá
que tengo noches
de gallito ciego,
amaneceres
que nacen como hijos,
tardes de Sandokán
o piedra libre,
madrugadas de verme
en otros ojos,
calendario de lluvias,
versos que se abren
como labios.

Y una verónica ingenua
con besos en las gradas,
para hacerle morder el polvo del aplazo.


Viento y marea,
barajas de la noche,
fertilidad marítima.

El agua huele a sal
y a madreselvas,
a luceros carmín
y a albor del universo.

Buen hacer de las horas,
maldecir del camino,
abandonando al juego
de la espera
un memorial de fango
y de reptiles.
Con un pan de deseo
bajo el brazo,
y una bandera azul
de inconformismo.

Salvar el mar
sería una esperanza,
una romántica forma
de medirme,
cruzando las distancias
y los siglos,
acurrucando gestos
que la hiel
sacude en las facciones.


Navegación de dóciles
fantasmas,
bucaneros de sándalo,
niebla sostenida,
y la proeza cierta
de modelar la luna,
en la dolida arcilla
de la espera.

De la penumbra nace
el resplandor profundo,
y un perfume a duraznos
endulza la conciencia.


Los que se matan
jamás son aquellos
que no quieren vivir,
esos apenas aprietan el gatillo
o tragan el veneno.
Los que de veras mueren,
los que en verdad se pierden,
son esos tipos aéreos
enamorados de la vida,
esa hembra estupenda
que cada tanto
les deja encendida
la luz en la ventana,
y que una noche
del carnaval menos pensado
se les suelta de la mano,
la pierden de vista
en el corso febril
de la avenida de los sueños.
Y corren, gritan, se desgarran
intentando reencontrarla
debajo de cualquier mascarita.
Hasta que tras el redoble
de lo que ellos creen
la última comparsa
se miran abatidos,
se tocan desolados
y se acuestan sin vida,
pretendiendo aliviarse
en la caricia trágica
de una puta de negro.


La noche determina
su desfalco de estrellas
opacadas,
y sobre el plato del reloj
el segundero aquieta
su espasmódico esgrima
giratorio.

Hoy la vida es un beso taciturno,
un silencioso golpe
de espuma derramada.
Un pez naranja,
una copa
de vides entreabiertas,
un soplo de ceniza.

Un jardín,
callada inmolación,
en donde triunfa el bien,
como una estrella amarga.

Un transparente brillar de caracolas,
y un mar azul,
lejano,
bramando como un toro
sobre la arena helada.

La madrugada es un banderillero negro,
y la poesía sangre irremediable.


El mar es verde
la palabra
   azul.

Sobrevivir
   y desamar,

                 verbos espeluznantes

(mientras en los portales del delirio
la luz hierve crepúsculos,
a fuego lento,
en cándidas pupilas)

Si dios existe o no,
casi no importa.

Atesorar palabras y praderas,
mercados desolados,
fantasmas y franquezas.

Silencios y aguaceros.

Otoños y arrabales,
tristezas repentinas,
y el exorcismo malogrado
de la duda.


No contar pasos,
ni horas, ni certezas,
ni financiar los soplos de alegría.
Respirar nada más,
y almacenar
detrás de las cortinas
parvas y parvas
de cosas que no pesan,
ni cesan.

Breves eternidades cristalinas.

Un odio pendular
demarca el territorio
del dolor,
las cifras de la muerte.
La oscura matemática
del miedo.

El mar es verde
   la palabra azul.

De ceniza implacable
es la ceguera.


“si una campana no suena
el silencio se durmió”.

León Gieco

Heredo un silencio,
retrato y centinela
de las heladas horas,
cuando no vibro más
que a leves ecos
de lo que nunca pronunció
tu corazón bandera,
de aquello que jamás
escuchará tu boca.

Sin embargo transito
las fobias y las cúspides,
y tu pena horizonte
se duerme con la mía,
bajo un reloj inagotable
de murmullos,
que acompasan un verde
latido acurrucado.

No hay paréntesis,
ni leves agudezas melancólicas.

Una babel de copas
y gorriones,
de sargazos, derivas
y orfandades.

La piel y su amnistía.

El mutismo de ojos que se tocan.

Un apremio de heridas
acalladas,
bajo una sombra ritual
de despedida.
El abrazo a flor de alma
y un misterioso páramo
de risas.

La marea invade
el arrecife,
y me siento fraterno,
desolado,
oscuramente oscuro,
vigía de un destino
acaso irremediable.

Predigo las frases,
los sueños,
el mustio llamado
entre las olas.


Apago los candiles,
mientras el río alza
la muerte
hasta mi boca.

Y hay gaviotas
surcando el otro lado.


A los infelices de siempre

Nací poeta,
como algunos nacieron
carpinteros
orfebres
zapateros
marinos
cosmonautas.

Desenvolví palabras
como un buen dependiente
y sin prolijidad
monté la estantería.

Me alboroté
frente a la jaula abierta,
y decidí la libertad
del canto.

Nunca tuvimos más
sobre la mesa
que para ilusionar
la dentadura,
y así
en una calle
de un barrio de provincia
reconocí mi oficio.

Doce años
me urgían en las suelas.

Así fue, señores jueces,
que de barro
se hizo mi poesía,
de pasto
y niebla,
de escarcha arropando la tos.

Armé mis versos con poca disciplina,
con el franco artificio de vivir.

De allí su magra consistencia,
su falta de ornamentos,
la alquimia,
la herejía.

Nací poeta
no caleidoscopio,
de esencia, de lluvia,
de viento en el pinar,
de alfarería.

No ha sido para mí
la Arquitectura.

Por eso,
pido perdón
por mi imprudencia,
por la adyacente feria
en que amaso mis versos
sin edulcorante
y no haber reparado
en el Olimpo.

Secaré los estanques,
incendiaré los campos
silvestres y amarillos,
corregiré el rocío,
amarraré mi barca
hasta que el óxido extienda
su roja sepultura.

Heriré al arco iris
para que se desangre
en siete borbotones.

Olvidaré al amor
en su ventana,
apagaré las llamas
de los fuegos de invierno.

Derramaré veneno
en la miel cristalina,
derrumbaré las casas,
el tiempo,
los anhelos.

Maldeciré el océano
de las barcazas pobres
y cada noche dormiré mordiendo
la frase deslumbrante,
la exótica mortaja.

Me voy
porque en la madrugada
una luna de alivio
me mira de reojo
y quizás me suicide,
con un verso espantoso
sucio de laberinto,
para acallar así
la enorme culpa
de sentirme poeta.

Brindo por vuestras plumas cargadas de misterio.


Pacheco

Envuelto en un revuelo
de mancha venenosa,
golondrina y relámpago
en el patio sin cielo,
sándwich de contrabando,
herido por desdén.
Tenaz al sonreír
con ojos deslumbrados,
prodigio y quasimodo
va Pacheco.

Respirando burbujas
de jabón La Espuma,
la mirada infantil
velada por el miedo
y ese vaivén
de tonta marioneta,
cuchillo de las risas
ogro pobre
malogrado arlequín
agonizante
enfermo
abandonado,
va Pacheco.

Una mañana
de silencio
y desgano
jugó su última siesta
a la mancha asesina,
todos nos opusimos
al decreto fatal
que se nos haya muerto,
por la fullera parca
que le rozó las ropas,
justito antes
que pudiéramos soplarle,
la contraseña tierna
que enjuaga los destinos.

Mancha tuberculosis
—diagnóstico alarmante
enfundado en barbijos—
y nadie quiso sepultar
su cuerpo contagioso
de piedra calcinada,
que nunca más
navegará baldosas
con puntos cardinales,
ni ya será cangrejo,
o cíclope,
ni torpe barrilete
de sábana y terraza.

Apenas un despojo
una incomodidad
un muerto,
para nosotros
una módica causa
de azucarar la vida
sin dobleces ni dádivas,
un hermano mayor
un desconsuelo.

Va Pacheco.

Los que sobrellevamos
miseria y desvarío,
nos vestimos de lutos prematuros
o de amnesia,
de ruinas acordadas
o prisiones,
de fondo de botella
o memoria martirio,
mientras a las puertas del túnel
la araña hilaba como epílogo
su malla de colar
ternuras imprevistas.

Pacheco, luminoso,
descolgó la camisa
del perchero,
calzó su bombín
de escupidera
y se marchó invisible,
en medio de la bulla
de rezos y bomberos,
a guaridas y escombros,
                          contra todo pronóstico.

Vuelo y extravío
de lázaro sin pompas,
primicia de la muerte,
telegrama feroz
cesanteando a la infancia,
desgajada inocencia,
almácigo de duelos.

Mancha ceniza.

Pacheco va.