Artículos y reportajes
En migración, como en arte,
hablamos siempre de lo humano

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Escena de “Al otro lado”, película de Gustavo Loza

Migración. Vocablo de uso cotidiano en casi cualquier sociedad urbana a nivel mundial en el siglo XXI. Vocablo también hartamente conocido y experimentado a lo largo de la historia de la humanidad. El fenómeno sigue siendo el mismo: colectivos humanos que se desplazan de uno a otro territorio en búsqueda de mejores oportunidades de vida. Hoy, migración. Ayer, éxodo, exilio, diáspora, peregrinaje.

“Extranjero, forastero, migrante, foráneo” son todos términos que sirven para designar una misma condición en las personas a quienes se les atribuye el no pertenecer “originalmente” a la comunidad en la que se insertan; de quienes se presume que “están de paso”, con todas las etiquetas negativas que eso conlleva.

El fenómeno de la migración adquiere, es verdad, matices diferentes en cada una de las regiones económico políticas en las que se presenta. La base, no obstante, sigue siendo la misma: mientras designamos a algunos como “extranjeros” que se desplazan temporal o definitivamente de un país desarrollado a otro, o de una región que goza de un alto grado de riqueza per cápita a otro en que dicho indicador no lo es tanto; nos referimos en cambio al término “migrante” para designar a las personas que habiendo nacido en comunidades caracterizadas por niveles de pobreza extrema, han tenido que movilizarse hasta ciudades en las que ellos mismos pronostican mayores posibilidades de supervivencia económica.

El drama de la migración, sea llevada a cabo por “extranjeros” o por “migrantes”, implica siempre cambios difíciles tanto para el entorno de la sociedad de origen como para la de acogida. Pero sobre todo, implica para sus protagonistas la vivencia de situaciones de una incertidumbre angustiante y dolorosa. “Extranjeros” y “migrantes”, sufren en carne propia los estados de ánimo que caracterizan la partida de un lugar conocido —en el caso del migrante, de un lugar pobre, pero conocido— hacia lo desconocido —y en lo cual, el pronóstico de éxito o fracaso tiene las mismas probabilidades de ocurrir. El traslado, además, conlleva las privaciones económicas y emocionales que forman parte inherente de haber cambiado su espacio cotidiano por otro.

Sin embargo, no podemos hablar por igual del traslado y del proceso de movilización y cambio como algo que se presenta con las mismas características en “extranjeros” y en “migrantes”. El migrante pasa por un proceso de traslado mucho más peligroso para su integridad física, carece en alto grado de los medios básicos para la supervivencia, y vive una realidad en donde la “distancia” es algo verdadero en sentidos literal y figurado: la distancia cultural entre su pueblo de origen y la ciudad altamente desarrollada a la que aspira a llegar y de la cual quiere formar parte activa; y la distancia geográfica que el migrante no puede reducir debido a los altos costos que ostentan los actuales medios de comunicación a distancia —Internet, teléfono de larga distancia, por ejemplo; posibilidad cerrada, además, si consideramos que muy probablemente en su lugar de origen no se cuenta con los recursos necesarios para establecer este tipo de comunicación—, no se diga ya de la nula posibilidad que tiene de regresar a casa mientras no arregle sus “papeles”.

Mientras todo parece “globalizarse” y los diferentes productos de consumo viajan cada vez más libremente a través de las distintas fronteras geopolíticas, el fenómeno de la migración se agrava: se abren las fronteras para los productos de consumo, pero no para las personas. Las abismales diferencias económicas entre unas naciones y otras, entre vecinos ricos y pobres, provocan la salida desesperada de amplios colectivos de migrantes dispuestos a cruzar las vallas cada vez más altas, cada vez más peligrosas, que contra toda lógica neoliberal —propia de los países que los reciben— establecen los líderes de las regiones en las que, cosa curiosa, sus hombres y mujeres de negocios siguen contratando a dichos colectivos como mano de obra barata.

Mientras en el año 2003 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) presentaba un estimado para 2005 de entre 185 y 192 millones de migrantes en el mundo; este colectivo representaba ya para entonces el 2,9 por ciento de la población mundial.

Por todo lo anterior, no es extraño que el arte refleje en nuestros días la compleja realidad de las comunidades que se ven abandonadas por sus habitantes —convertidos ahora en migrantes— así como de las ciudades de los países altamente desarrollados que los reciben y les proporcionan, en el mejor de los casos, aquellos trabajos que sus propios conciudadanos rechazan.

Al otro lado es un buen ejemplo de cómo el arte da voz polifónica a la dramática y compleja experiencia de la migración. Película cuyo director, productor y guionista es el mexicano Gustavo Loza, presenta tres retratos llenos de sensibilidad y crudeza acerca del impacto que el fenómeno migratorio tiene en la vida de sus protagonistas, “los que se quedan en el pueblo”: tres niños en búsqueda de un padre que ha emigrado a un país desarrollado con el afán de proporcionar un mejor nivel de vida para su familia. Mientras Prisciliano —a punto de cumplir sus nueve años y habitante de una comunidad rural michoacana— hace todo lo posible por cruzar “al otro lado” con el fin de traer a su padre de regreso, Fátima —de diez años, proveniente de una comunidad marginal en Marruecos— vive la peligrosa travesía de cruzar el Mediterráneo en “patera” hasta Málaga, en donde su madre le ha dicho que se encuentra su padre, que siete años antes partió desde Marruecos a España en búsqueda de un trabajo. El tercer retrato es el de Ángel, un niño cubano de ocho años, que sabe que su padre se encuentra en Miami y es un personaje famoso en Estados Unidos. En su intento por traerlo también de vuelta a casa, la tragedia se ciñe como simbolismo de la separación desgarradora que conlleva la migración en cualquier parte del mundo en que se presenta.

Contada a través de fragmentos de las tres historias que se van dando secuencia para mostrarnos tres escenarios diferentes pero caracterizados por un mismo fenómeno, la película de Loza —su ópera prima en largometraje y designada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de México como representante ante la 78ª entrega de los Oscares en la categoría de mejor película en lengua extranjera— no aventura conclusiones apresuradas sobre el drama de la migración. Si es verdad que los protagonistas nos muestran el rostro humano de “los que se quedan”, también es cierto que nos deja entrever la no menos difícil realidad de “los que se van”.

Como el fenómeno de la migración, el del arte que retrata el destierro y la partida, no es nada nuevo. Sí lo es que cada vez más, uno y otro parecen complementarse: el cine, la música, la literatura se convierten así en el bálsamo que alivia un poco una migración forzada en la que el individuo se niega a devenir mercancía humana, expresándose a través de un reducto que ha hecho propio: el arte.