Artículos y reportajes
Faye Spanos Concert Hall, Universidad del Pacífico; Stockton, California“¡Nos vemos en Stockton!”

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A Anouk Guiné
y, también, a mis amigos
Rolando Romero (“El Salvajón”) y Fernando Torres.

(...) “Ahora puede parecer mentira que en un pueblo de veraneo pusiesen una película de Houston, pero entonces pasaban esas cosas. ¿Sabes lo que significa Fat City? Algo así como Una ciudad de oportunidades, o Una ciudad fantástica o, mejor aun, ¡menuda ciudad! ¡Pues menudo sarcasmo! Porque Stockton, que es la ciudad de la película, es una ciudad atroz, donde no hay oportunidades para nadie, salvo para el fracaso. Para el más absoluto y total fracaso, en realidad”.
(Javier Cercas, Soldados de Salamina, Tusquets Editores, Barcelona, 2001, p. 178).

Tal parece que debo habituarme al hecho de que alguna gente que me ha conocido, o ha tenido amistad conmigo en París, me haga aparecer en algún relato, crónica o artículo publicado en revistas, periódicos, o en algún website. Mi amigo Miguel Rodríguez Liñán, por ejemplo, quien vive actualmente en Marsella, y que utiliza mucho este último medio de comunicación, hace mención de mi persona en algunas de sus crónicas que han aparecido en Ciberayllu.

Cuando publiqué mi primera novela, El testamento de la tormenta (¡título éste que no hace de mí un atormentado!), y un tal Alayza —con el cual me crucé alguna vez en su paso por París (tenía yo una cita en el viejo Café Cluny, en la esquina del Bd. Saint-Germain y el Bd. Saint Michel, con un amigo escritor, Patrick Rosas, a quien iba a entregarle un ejemplar de mi libro, pero poco antes él me llamó para preguntarme si no me incomodaba que asistiese el tal personaje)—, un completo frustrado que, a los pocos días, sin que la novela aún hubiese sido presentada, me manda varias páginas de una seudocrítica (que más se explica por el desencuentro que tuvimos, debido a las opiniones que yo vertiese, al día siguiente, en torno a un manuscrito suyo que me hizo llegar), Rodríguez Liñán me dijo que no me ocupase de esa rata de albañal; la verdad que el tiempo ha pasado y yo seguí su consejo (en el fondo, como la novela recién estaba publicada, me sentía como el divino Mozart al que le había salido —de las sombras más oscuras de esta época siniestra—, un envidioso y sórdido Salieri). Otro escritor, de muchos más años que yo, al que le habían llegado dichas páginas, porque el muy “mala leche” del tal Alayza con premura las hizo circular, poco después me expresaría, que en su caso, aunque escribiesen mal de él o de sus libros (que en esos casos es lo mismo), no se hacía ningún problema, y agregaba que lo que importaba era que escribiesen.

Ocurre que mi amigo (debo creer que lo sigue siendo, hoy no lo sé) Pablo Montoya —varios años antes de regresar a Medellín, o “Medallo” (como la llama Fernando Vallejo en La Virgen de los Sicarios, y que bien, ahora que lo pienso, ¡podría ser Stockton!)—, en una crítica, que tiene más de un acierto sobre mi novela, aunque encontré que exageraba (siempre lo he pensado) cuando sostenía en ese entonces, si no mal recuerdo, que me hallaba por encima de varios escritores de reconocido prestigio, entre los que figuraban algunos del boom. Bien, que sea contra el rigor de la crítica, sin embargo, justificable por la amistad que se iniciaba (y a que el “aprendiz de literatura” que era él, en ese entonces, se había entusiasmado completamente con mi libro) y que, después, más de una vez hemos acompañado de buen vino y quesos fraceses —“Ce n’est pas que je sois chauvine mais La France est quand même la reine des fromages”, repite, en tono irónico, la “vioca Fontaine”, en una canción1 del grupo de rock Noir Désir, que escucho en este momento por la radio. Otra vez, en uno de sus relatos me hace aparecer en la rue Saint-Denis (“La calle de las putas”) como uno de sus personajes de sus Visiones de París (Otras iluminaciones); cito:

“...Wong pronunciaba la palabra mágica. Mayo. El administrador se reía. Se sobaba las puntas del bigote y nos hacía una verga con el dedo del corazón. Nos carcajeábamos y seguíamos avanzando en la cuerda floja de Saint-Denis. Aunque para Wong era inevitable recordar los mechudos de Washington. La primavera amorosa de San Francisco. El poder de las flores ante la boca de los misiles. Más adelante, las mujeres se recostaban en los muros como estatuas remotas. Wong se paralizó al ver a la negra. Sus mejillas estaban signadas por cuchillos o por el fuego o por la caricia implacable de aguas sagradas. Wong quiso que ella lo atravesara y lo marcara con las lenguas de su cuerpo. La negra miraba y sonreía. Una sonrisa de Zimbabwe, de dientes afilados, que hundía sus ojos de pantano en la peruana piel de Wong. Luego se perdieron tras unos corredores...”.

Aunque en este texto hay cosas ciertas, otras no lo son; yo soy y no soy (¡y me hace figurar con mi nombre!); otra vez bien, bien, lo acepto, ¡que sea por la literatura! Pero, recientemente, muy de noche, me llamó por teléfono la poeta Aline Nothomb (pas du Robert des noms propres),2 sino mi “Jeanne d’Arc de Biarritz”, herida porque Montoya había escrito lo siguiente sobre su “écrivain bien aimé”: “...Mario Wong, un peruano atormentado que lee de la misma manera obsesiva en que bebe vino” (“Mi encuentro con Bolaño”). Me dijo que le había enviado un e-mail tratándolo de perverso y violento; yo que conozco a Aline Nothomb, ¡es loquísima!, puedo entenderla, mas hallaba exagerada su reacción (no había leído aún el artículo, que Aline me lo envió inmediatamente por la net; “¡No lo dejan a uno dormir tranquilo, qué tal joda esto de la net!” —me dije). Ya me estoy pareciendo, sin quererlo, al escritor I. Thays, quien en su website reclama (y con justa razón) porque algún energúmeno, de esos que no faltan, se mete con su persona.

El artículo, como casi todo lo que escribe Montoya, es muy bueno, pero, repito, primus, me hace aparecer como un atormentado, secundo, un lector desordenado y tertius, un ivrogne impenitente; esto último en oposición a él que leía —Estrella distante o Los detectives salvajes, dos de los libros de Roberto Bolaño— en el baño de su pieza en París, sin tomar una gota de alcohol; cito: “Detrás del Georges Pompidou, en un café donde el vino es barato, hablé con Wong sobre Estrella distante. El peruano me había prestado el libro unos días antes y ahí estábamos para hacer el inventario. Wong es un lector voraz y desordenado y ama por encima de muchos otros géneros ese que llaman policíaco. Yo soy todo lo contrario. Desde que me había tropezado con Bolaño, sólo me preocupaba por leer lo suyo. Y lo hacía a diferencia de Mario, en total abstinencia...”; y todo esto por convertirme en personaje para escribir su artículo, debido al malestar que él sintió la noche de la presentación de los libros de Bolaño (y de otros dos escritores que no menciono), “por andar preguntado huevonadas” (él mismo lo dice en su artículo), y que Roberto le diese la espalda. Aunque estuve presente, nunca he dicho una palabra sobre esto; en un manuscrito de novela intitulado Su majestad el terror (aún inédito), escribo un fragmento sobre Estrella distante y Roberto Bolaño esa noche (pero para nada menciono a P.M.). Que yo sepa, en el baño nunca se toma; sobre el género policíaco me reservo mi opinión y, este es mi primer comentario, en lo que concierne a mi persona, no bebo jamás cuando leo o escribo.

Yendo a cuestiones más de fondo, me preocupa en realidad lo que expresa, seguidamente, Montoya; es que a partir de su lectura de Estrella distante y del poemario Tres de Bolaño, él comparte lo que es una constante, algo sintomático, en casi todos los autores que él denomina “el sospechoso lote del post-boom”, esto es una lectura de los acontecimientos históricos de la década sangrienta de los 70 que responsabiliza a la izquierda. Cito: “...Estrella distante me deslumbró porque la entendí como una síntesis del destino de la izquierda latinoamericana. De esa izquierda que había luchado por un mejor porvenir en la década del 70 en Chile, y se había dado cuenta en medio de la náusea del alcohol y de la droga, que el asunto no era hasta la victoria sino hasta la derrota siempre. De esa izquierda que como lo dice el mismo Bolaño en uno de los poemas de su libro Tres, tenía pura intuición y nada de método. Estrella distante es una representación del fracaso revolucionario no solamente en Chile sino en América Latina. Quizás toda la obra de Bolaño sea esto y nada más”. Además de que aparece, otra vez, su obsesión puritana contra el alcohol (pero como es colombiano aparece también la droga), arrogándosela a un actor colectivo —no por nada asistimos en estos tiempos a la “segunda etapa”, en la intolerancia, del gobierno de George W. Bush Jr. en Norteamérica, y del autoritarismo fascistoide de Uribe en su país—, hace una lectura completamente ideologizada de la obra de Bolaño; lo que sin duda es un problema de teoría, que debe acompañar la crítica, y de método para abordar la obra de Bolaño (hay que haberla leído toda, completamente toda, lo que incluye, y parece tonto tener que decirlo, leer y releer su ciclópea última novela, 2666, que estructuralmente me ha hecho pensar en Wild Palms de W. Faulkner y en Los Zorros, de nuestro gran J.M. Arguedas; como que la enfermedad y el abismamiento de la muerte se hallan presentes en la escritura de ambos).

Roberto Bolaño poco antes de morir escribió unas notas, inacabadas, para una conferencia3 que se iba a titular “De dónde viene la nueva literatura latinoamericana”; cito en extenso: “Si me atengo fielmente al título”, escribe Bolaño, “la respuesta no sobrepasará los tres minutos. Venimos de la clase media o de un proletariado más o menos asentado o de familias de narcotraficantes de segunda línea que ya no desean más balazos sino respetabilidad. La palabra clave es respetabilidad. Ya lo escribió Pere Gimferrer: antaño los escritores provenían de la clase alta o de la aristocracia y al optar por la literatura optaban, al menos durante un tiempo que podía durar toda la vida o cuatro o cinco años, por el escándalo social, por la destrucción de los valores aprendidos, por la mofa y la crítica permanentes. Por el contrario, ahora, sobre todo en Latinoamérica, los escritores salen de la clase media o baja o de las filas del proletariado y lo que desean, al final de la jornada, es un ligero barniz de respetabilidad. Es decir: los escritores ahora buscan el reconocimiento, pero no el reconocimiento de sus pares sino el reconocimiento de lo que se suele llamar “instancias políticas”, los detentadores del poder, sea éste del signo que sea (¡a los jóvenes escritores les da lo mismo!) y, a través de éste, el reconocimiento del público, es decir la venta de libros... Así que los jóvenes escritores están, como se suele decir, escaldados, y se dedican en cuerpo y alma a vender. Algunos utilizan más el cuerpo, otros utilizan más el alma, pero a fin de cuentas de lo que se trata es de vender. ¿Que no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende. Por ejemplo: Macedonio Fernández no vende. Si Macedonio es uno de los tres maestros que tuvo Borges (y Borges es o debería ser el centro de nuestro canon), es lo de menos. Todo parece indicarnos que deberíamos leerlo, pero Macedonio no vende, así que ignorémoslo. Si Lamborghini no vende, se acabó Lamborghini. Wilcock sólo es conocido en Argentina y únicamente por unos pocos felices lectores. Ignoremos, por lo tanto, a Wilcock. ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre al miedo. Podríamos parecer, para alguien no advertido, figurantes de una película de mafiosos neoyorquinos hablando a cada rato de respeto. Francamente, a primera vista componemos un grupo lamentable de treintañeros y cuarentañeros y uno que otro cincuentañero esperando a Godot, que en este caso es el Nobel, el Rulfo, el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos”. Entiendo Pablo, que tú, como todos los escritores de nuestra generación (y, obviamente, más aun las posteriores), quieras hacerte y pugnes por un espacio de respetabilidad, mais, mais..., en el mudo actual en el que el vivir mismo ha pasado a ser un acto de resistencia, y en que el amor4 es casi un imposible, ¡y es por eso que existe!, para mí la amistad —y en eso, tal vez, no soy un escritor— es algo que...

Para finalizar este artículo sólo quiero agregar que es un problema, mierda, ¡ser un escritor medianamente público! Bueno (y esto, para concluir en la literatura), Pablo, “¡nos vemos en Stockton!”.5

 

Notas

  1. “L’Europe” (Noir Désir, des Visages des Figures, 2001).
  2. Título de una de las novelas de la escritora Amelie Nothomb, publicada por Albin Michel en 2002.
  3. Roberto Bolaño, “Sevilla me mata” (In: R. Bolaño, J. Franco, R. Fresán (e.a.), Palabra de América. Prólogo de Guillermo Cabrera Infante, Seix Barral, Los Tres Mundos, Ensayo, Barcelona, 2004, pp. 17-19).
  4. “...En la experiencia, dijo Bolaño una vez, hay una especie de triángulo formado por el arte, el poder y la muerte. La otra posibilidad sería un triángulo formado por el arte, el amor y la muerte. Entonces el arte toma el lugar del poder; ‘Y en ese caso’, concluye Bolaño, ‘el arte se vuelve algo muy peligroso’ ” (Gonzalo Garcés, “Dos Modelos”, In: R. Bolaño, J. Franco, R. Fresán (e.a.), op. cit., pp. 100-101).
  5. “...Esa noche nos reímos mucho y cuando llegamos ya de madrugada al camping y vimos que todo el mundo estaba durmiendo y que el bar estaba cerrado seguimos charlando y riéndonos con esa risa floja que le da a la gente en los entierros o en sitios así, ya sabes, y cuando ya nos habíamos despedido y yo me iba ya para mi tienda, dando tumbos en la oscuridad, Miralles me chistó y me volví y lo vi, gordo e iluminado por la luz escasa de una farola, erguido y con el puño en alto, y, antes de que estallara de nuevo su risa reprimida, lo oí susurrar en el silencio dormido del camping : “¡Bolaño, nos vemos en Stockton!”. Y a partir de aquel día, cada vez que nos despedíamos hasta la mañana siguiente o hasta el siguiente verano, Miralles añadía siempre: “¡Nos vemos en Stockton!” (J. Cercas, op. cit., p. 179).