Editorial
La memoria de Rulfo

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Los herederos de Juan Rulfo y los directivos de la Feria de Guadalajara se niegan a retroceder un centímetro en sus respectivas posiciones en torno a la polémica, ya de meses —y seguramente, en las sombras, años—, que explotó cuando los primeros empezaron a exigir que se le quitara el nombre del autor de Pedro Páramo al prestigioso premio que anualmente conceden los segundos.

Juan Pablo Rulfo, hijo del escritor y ahora documentalista galardonado en Sundance y Miami, negó a principios de este año que los reclamos de la familia tengan que ver con un asunto monetario. “Se llevaron las cosas a tal grado que la opción fue esa. No hay marcha atrás. No es un capricho. No estamos buscando nada, como se ha comentado. Se decía que mi madre quería dinero o decidir el premio. En ningún momento hemos pretendido eso. Simplemente nos retiramos y que hagan lo que quieran”.

El caso es que la retirada de los Rulfo no es tan simple, como trasluce de la longitud que empieza a cobrar la polémica, ni tan inocente, como nos parece a nosotros dado que para manifestar su inconformidad escogieron justo el momento en que la feria del año pasado se hallaba en pleno apogeo.

La última reunión de ambas facciones, o al menos la última de la que se ha tenido noticia pública —el 18 de enero pasado—, fue infructuosa. El cuadrilátero fue el Palacio de Bellas Artes. En la esquina Rulfo estaban Clara Aparicio, viuda del escritor, Juan Francisco Rulfo, el abogado de la familia y el presidente de la Fundación Rulfo, Víctor Jiménez. En la otra, la titular del Consejo Nacional de la Cultura de México, Sari Bermúdez, y el presidente de la FIL, Raúl Padilla López. Al parecer doña Clara expuso las razones que llevaron a la familia a tomar su drástica decisión; Padilla López se mostró en desacuerdo y ahí quedó la posibilidad de diálogo. Ninguno se echó para atrás.

“No acepta nada, como es su costumbre”, declararía cinco días después Juan Francisco a la prensa mexicana, refiriéndose a Padilla López. “No tiene capacidad de la autocrítica. Para nosotros esto es triste y lamentable, pero es una reacción lógica, matemática, inevitable ante una serie de actitudes desdeñosas hacia la familia que viene desde hace tiempo”. Quien así habla diría minutos después que cualquier reunión que se haga entre la familia y la FIL será sólo para que ésta escuche cómo aquélla se niega a que Rulfo siga siendo el epónimo del galardón.

Del entresijo de dimes y diretes en que se ha convertido este asunto destaca un hecho en particular: los Rulfo están gestionando el registro del nombre del escritor como una marca. Si el Estado mexicano lo concede, los directivos de unas catorce asociaciones culturales que en México llevan el nombre de escritor tendrán que llegar a acuerdos con la familia. ¿Qué ocurrirá con el premio Juan Rulfo que otorga la RFI? En lo sucesivo, mencionar el nombre de Juan Rulfo podría, bajo ciertas circunstancias, estar limitado por barreras legales. Juan Rulfo dejará de ser el nombre del autor de Pedro Páramo para convertirse en una cadena de texto con derechos reservados.

No deja de entristecer a los fervientes lectores de Rulfo —escritor de culto donde los haya— que las razones para esta disputa estén todas basadas en presunciones y pequeñas tragedias personales que debieron desvanecerse hace decenios.

Antonio Ortuño, en su artículo “En el nombre de Rulfo”, publicado este mes en la revista Letras Libres, hace referencia al enojo de los Rulfo ante declaraciones, emitidas en diversos momentos y foros, por Juan Goytisolo, Tomás Segovia y el crítico Christopher Domínguez Michael, uno de los jueces del premio, y que los pudorosos herederos calificaron de “insultos” a la memoria del escritor.

“Se entendería mejor la indignación”, explica Ortuño, “si Goytisolo, Segovia o Domínguez Michael hubieran incurrido en abiertas injurias contra Rulfo. Lo que quizá se comprende menos es que se les acuse, en el fondo, de no ser sus incondicionales, de no suscribir plena y apasionadamente una versión ortodoxa del rulfianismo, como si una de las cláusulas para juzgar o recibir el premio fuese —o tuviera que ser— la beatitud acrítica, como si sólo los abiertos porristas (que suelen ser, de entrada, el peor tipo de escritores) tuvieran derecho a participar en él y Rulfo fuera, además, una estatua, un ser más allá de toda mirada que no implique la genuflexión previa”.

Un problema, como se ve, que podría haberse originado por una simple diferencia de opiniones, para no pensar en la posibilidad de interpretaciones interesadas por parte de los Rulfo o de la directiva de la FIL.