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El dragón viejo

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Papá acostumbraba llevarme en sus viajes. Recuerdo la impaciencia, el cosquilleo de la noche anterior, mamá alistando la ropa, su cara enrojecida de soplar la plancha, el chisporroteo del carbón como el inicio de una fiesta que nadie festejaba. Quería dormir porque, al abrir los ojos un instante después, papá daba los últimos toques al bigote con unas tijeras de muñeca, y eran las cuatro de la mañana. Me vestía con la ropa de los domingos, me lavaba la cara casi a la manera de los gatos y me peinaba con los dedos.

En cualquier momento oíamos la corneta del bus que nos llevaría a Pamplona. Un hombre fornido, casi un enano, cargaba los costales de herradura amontonados junto a la puerta. Con un esfuerzo violento lanzaba el bulto al hombro, salía a la calle, subía la escalera del bus y lo acomodaba en la parrilla, entre bultos de yuca y plátano, piñas y naranjas, a veces una cesta erizada de crestas de pollo o una cabra amarrada. Papá me encargaba el maletín con el cuchillo y la linterna. Nunca salía de casa sin cuchillo. Iba hasta la cama a decirle adiós a mamá, recibía su bendición y partíamos. En el bus, tres o cuatro personas y papá se saludaban sin darse la mano; recogeríamos a otras cuantas en sus casas antes de salir de Málaga, todavía de noche.

Casi nunca veía el amanecer. Me quedaba dormido contra mi padre hasta que nos deteníamos a desayunar en el restaurante de Zoila, junto a un río de piedras grandes y blancas, en Cerrito. El agua era toda espuma. Orinaba desde el puente.

Luego seguíamos, kilómetros y kilómetros, siempre subiendo, hacia el páramo, perseguidos por la nube de polvo. Ya nadie hablaba. Casi todos cabeceaban. Mientras nos cruzábamos con campesinos de ruana y sombrero, en bicicleta, me entretenía en el paisaje y no volvería a dormir un solo momento. Era la eternidad: el ronroneo del bus, los árboles que pasaban y pasaban, el humo de las casas, los trigales. A medida que subíamos, los árboles, las casas y los trigales escaseaban y luego desaparecían. Por un instante, si el día era claro, Málaga se adivinaba en la lejanía. Aún me veo fascinado por la desolación del páramo, el espectáculo de la niebla y, no siempre visible, la nieve de las montañas distantes. El viento raspaba mi cara hasta que alguien pedía que cerrara la ventanilla. Si alguna vez el bus se varaba, estirábamos las piernas en pleno páramo y nos acordábamos de los bandidos. La gente se frotaba las manos y humeaba al hablar.

En una época fueron famosos los bandidos del páramo. Despojaban a los pasajeros hasta de la ropa. Los imagino temblando en calzoncillos. Los bandidos, con racimos de pollos colgados de los hombros, con sus antifaces de fiesta, corrían a perderse detrás de las montañas. Otro arrastraba entre maldiciones una cabra terca que se negaba a abandonar al dueño. Me contaron que para acabar con la plaga camuflaban dos o tres policías entre los pasajeros. El ejército hizo su parte. En el anfiteatro de Málaga vi uno de aquellos bandidos, descalzo y sin camisa. Una bala le había volado media oreja. No le vi más heridas pero estaba muerto de pies a cabeza, tan duro y frío como una piedra. Se hablaba de los bandidos del páramo con frecuencia aunque el peligro había pasado. Sin embargo, de regreso, mi padre ocultaba en los costales el dinero de la venta de la herradura, decía que si los bandidos me preguntaban dijera que él lo llevaba en el bolsillo, y me enseñaba unos cuantos billetes. Arrojaba los costales al piso pero durante todo el viaje no les quitábamos el ojo.

Llegábamos a Pamplona al mediodía. La primera vez que la vi me asombró el viento que doblegaba a los árboles. Hasta entonces no conocía su rugido de gigante atormentado. La gente caminaba echada hacia adelante para que el viento no se la llevara a los cielos. Papá me dejó en el parque con los cinco costales. Sólo Sansón saldría corriendo con un costal de cien juegos de herraduras a las costillas, pero alguien debía cuidar. Había pasado horas y horas de mi vida junto a aquellos costales en uno y otro pueblo. Treinta años después saboreo sus nombres como si los inventara: Concepción, Cerrito, Molagavita, Pangote, Enciso, Capitanejo, Carcasí, San José de Miranda.

Aquella primera vez me emocionó el viento y me sobrecogió la peladura de las montañas. Salpicada de iglesias, a menudo visitada por la niebla y la lluvia, Pamplona estaba en el fondo de una taza de montañas raspadas. Un niño se me acercó y me preguntó de dónde venía. Quería saber cómo era mi pueblo y no acerté a explicarle. El niño sólo conocía a Pamplona, y Málaga era muy distinta, tibia y toda empedrada. Pronto se aburrió. No lo olvidaría en el resto de mi vida. Le faltaba el meñique de la mano izquierda pero no me atreví a preguntar. El niño parecía no darse cuenta.

Papá volvió contento. Había vendido todo y no necesitábamos seguir a Ragonvalia, donde estaban mis primos. Para consolarme me compró unas revistas de Kalimán, Mickey Mouse y Superman. En ese entonces me encantaba Superman y envidiaba a los pájaros. Atrapaba azulejos y los vendía en la plaza de mercado. Para volar repetía hasta el cansancio fórmulas mágicas que nunca funcionaron. No entendí por qué al tipo nunca le fallaron en el Teatro Bolívar, el mismo escenario de las películas mexicanas que hicieron la educación sentimental de papá. Los domingos me enviaba a la función matinal y para él, acompañado de mamá, reservaba la función doble de la tarde. Solía esperarlos en la puerta, aferrado a los barrotes. Si la abrían antes, conseguía ver los últimos dos o tres minutos de una película. A veces, entre semana, papá me invitaba a la función nocturna. O eran pistoleros que se mataban por una mujer o enmascarados gordos, con capa, que peleaban en el ring y en todas partes, pero cuyos golpes no hacían sangrar a nadie. O jinetes sin cabeza y vampiros que me perseguían el resto de la noche.

Estaba feliz con las revistas y ya no me importaba regresar a casa desde Pamplona, cuando papá dijo que visitáramos al viejo Manuel, su maestro. No sabía de quién hablaba y por el camino me explicó algunas cosas. El viejo lo acogió en su casa después de una paliza de misiá Candelaria, mi abuela, y le enseñó el oficio de la herrería mucho antes de que yo naciera. Subíamos por las gradas de una calle de tierra cruda, maltratada por los caminos del agua, entre perros malhumorados y niños con el ombligo al aire. Papá espantó una gallina que pretendía picotearme el maletín. “En diciembre te compro la bicicleta”, dijo. Entonces vi las cometas, alborotadas y llenas de colores, y agosto entró a mis pulmones. Quise que los meses pasaran volando. Seguimos subiendo con la respiración agitada y la lengua afuera. Me dolían las rodillas y sentía las orejas mojadas. Papá esperaba cada vez que me sacaba más de tres escalones. Decidió ayudarme con el maletín y los costales. Torcimos por una callecita estrecha y mal empedrada hasta la herrería donde el viejo trabajaba solo. Se dieron un abrazo. “Maestro Manuel”, dijo papá. Tenían mucho tiempo sin verse y muchas cosas por decirse. El viejo acarició mi cabeza e hizo algunos chistes. Le ofreció a papá una silla destartalada, le preguntó por una novia, cierta loca que bailaba como un trompo, explicó que debía terminar un trabajo urgente, y papá, quitándose el saco, se ofreció como ayudante. Lo vi remangarse la camisa y soplar. Le dijo al viejo que ya no se usaba el fuelle sino el ventilador eléctrico. Detalló sus experimentos mecánicos, precisó el tamaño y el número de aletas, la posición adecuada del tubo del aire, los materiales y los precios. Los vi machacar un hierro amarillo con regocijo, como niños, sobre la música del yunque. La porra de papá y el martillo del viejo subían y bajaban por turno, con fuerza, mientras balanceaban el tronco, estiraban y encogían los brazos, como dos bailarines consumados que no admiten equivocaciones. Emocionados, empapados de sudor, decidieron celebrar el encuentro. “Doña Carmen, cervezas”, gritó el viejo desde la puerta de la herrería. En pantuflas, una vieja trajo el par de cervezas de inmediato y el maestro Manuel le pidió que se las anotara. Me dijo que fuera con ella a pedir lo que se me antojara. Coca-Cola, pan y queso. La vieja abrió un cuaderno, mojó en la lengua la punta del lápiz y escribió unos números. Contemplaba las mujeres de los almanaques cuando oí el grito destemplado del viejo Manuel: “Doña Carmen, mándeme otras dos con el pelado”. Llevé las cervezas, aunque las primeras todavía estaban a mitad de camino. El viejo hablaba del difunto Jeremías, que en paz descanse. Pequeño y barrigón, colorado y calvo, sólo le quedaba cabello alrededor de las orejas y en la nuca. Las cejas parecían una reunión de alfileres, un gusano quemador que separaba los ojos de la frente. La nariz de payaso y el bigote de cola de conejo me hacían reír. Balanceaba el tronco como los enanos. Por sus movimientos rápidos y la curva de sus piernas de pistolero del Oeste, cualquiera diría que había pasado la vida montando a caballo. Pensé que no me extrañaría verlo en la pantalla del Teatro Bolívar. Acabaron las cervezas y, como aún les quedaba conversación, más historias de vivos y difuntos, me mandaron por otras.

Una perra que casi raspaba el suelo con su barriga erizada de tetas entró al taller y se acomodó debajo de la forja. “Como todas las perras, le gusta el calorcito”, dijo el viejo con regocijo. “La preñan todos los años”. Más colorado que antes, se reía.

Al anochecer, del fondo de la casa vino una muchacha negra y bonita, descalza, que el viejo presentó como su mujer. Le palmoteó las nalgas, riéndose. “Soy un dragón viejo pero todavía boto candela”, dijo, alborozado, y la negra nos enseñó el resplandor de sus dientes. Papá lo acusó de viejo sinvergüenza. Yo nunca había visto un culo tan grande.

Al principio papá no la miró, luego no le quitaba los ojos de encima. La mujer como que se dio cuenta. Pidió permiso para retirarse. “Tenemos pescado esta noche”, anunció el viejo. Encendió un tabaco y entonces sí me pareció un dragón. Como pistolero causaba risa, pero como dragón tenía su encanto. Le regocijaba echar humo. Al fin y al cabo, igual que papá, había pasado su vida junto al fuego. Papá y él estuvieron de acuerdo en que eran un par de diablos y que se pasearían por el infierno como Pedro por su casa.

Al rato volvió la negra para anunciar la cena. Se había pintado la boca y lucía unas candongas doradas, pero seguía descalza. Ya estaban borrachos cuando nos sentamos a comer. El viejo se quedó dormido en la mesa. Papá y la mujer lo llevaron a la cama. Papá se demoró en volver. Abandoné el pescado, aburrido de escupir espinas, me lavé las manos y leí dos veces las aventuras de Superman. Papá tocó mi hombro y dijo que regresaríamos al otro día. Que nos quedábamos a dormir.

La muchacha nos guió a un cuarto de paredes desnudas y señaló una cama pequeña. Me quité los zapatos y me acomodé al rincón. “Duérmete”, dijo papá y se acostó encima de la cobija, con un brazo de almohada. Dijo algo que no entendí y soltó la risa mientras se manoseaba el bigote. No pude dormir y oí cuando la mujer entró. Me quedé quieto, hablaron pasito y salieron del cuarto. Me quedé dormido esperando a papá. Entre sueños lo sentí volver, acomodarse una y otra vez. Entonces, con su tibieza, dormí profundo. Elevaba una cometa de estrella cuando vi venir la pelota de colores montaña abajo. Por atraparla, solté la cometa. Abrazaba la pelota y veía estremecerse a la cometa, que caía y caía, lejos. Papá debería estar sacudiéndome desde hacía rato cuando desperté. “Nos vamos”, dijo. Me acomodé los pelos con los dedos, tomé los costales vacíos y el maletín y cerré la puerta. Aún era de noche. Cuando atravesábamos el taller, papá se acordó de algo, sacó la linterna del maletín y soltó el chorro de luz debajo de la forja. “Anoche parió la perra”, dijo. Conté los cachorros, dos negros y otro negro con patas blancas. Hubiera querido llevarme uno, el combinado, pero sabía que era muy pronto y se me moriría por el camino. “Después de que abran los ojos”, dijo papá. Quitó la tranca y salimos a las últimas estrellas. Ajustó la puerta y, al terminar la callecita empedrada, vimos a Pamplona, abajo, enroscada y dormida. Papá tomó el maletín y echó adelante. Troté para alcanzarlo. En el parque, bebiendo café, nos amaneció.

Papá reconoció un camión y le hizo señas al conductor, un gordo de bigotes, que se detuvo y nos llevó. Papá se quedó dormido casi en seguida. Durmió todo el camino. Sólo se despertó un rato para comer carne asada en el restaurante de Zoila. Compró un pan en forma de cocodrilo. El gordo no quería cobrarnos pero papá insistió y le entregó un billete doblado.

Papá tocó y abrió Adelaida. Papá le acarició la cabeza mientras ella se apartaba para que pasáramos. Alguien llamó desde la calle y papá fue a saludarlo. Álvaro me arrebató el maletín y sacó el cocodrilo de pan. Adelaida preguntó qué más traíamos y le dije que un perro. Se le agrandaron los ojos. Abrió el maletín y metió la mano. Luego metí las mías y saqué un perro que ella no pudo ver. Lo arrullé. Adelaida siguió esculcando, huyó con mis revistas y la perseguí. Mamá estaba en la cocina. Papá se acercó sigiloso y la abrazó, también a mi otro hermano en la barriga. Mamá se volteó y le besó el bigote.