Chacal, de noche
Sabes qué significa salir al balcón bajo un cielo que me abandona. Nos abandona a todos: hemos perdido. Un azul tan perverso, tan víscera solidez pesadumbre cárcel, tan desequilibrado pesa sobre mi torre. Cuelgan del insomnio la innúmera farsa y la embestida que sabía cruel. No es la noche la que me abriga, es el lápiz que me escribe, las calles polvorientas que la soledad dicta en Chiapas, en Sevilla, en Constantinopla. Es un alfil que ignora su destino y salva la partida, oscuro. Dame la clave, sé la clave. La clave pronuncio y me devuelve los nombres, los que he olvidado y el tablero de mármol que mi pie ha marcado para siempre.
Llueve mi árbol. No tiene fruto.
Desisto.
Me renuevo.
Muero, espada de bronce.
Renazco, Puebla de los Ángeles. San Cristóbal en la infancia. Color de nuez.
Un cuarto con una ventana pequeña donde el águila insiste; las huellas de la sangre en la pared del no-olvido. Hay una herida roja en cada ladrillo, y yo soy ese muro.
Sabes qué significa una lágrima en mi yema. Un ardid, una trampa. El solsticio de verano cuando ya no amamos el verano. Muere, estaré viéndote. Es mi modo de pactar.
Ajedrez
Mueven blancas: me saco el anillo, voy de andén en andén, la higuera ya no florecerá, torre avanza hacia el rey inmóvil, una gota se cuela y es sal perpetua en los labios. Volvamos sobre el silencio de los labios. Un pájaro ha cosido su sonrisa a la estaca. Mueven negras: el frío entra bisturí cadalso entraña pertenencia. Qué soy. Una mirada en la guerra, un ojo que la revolución construye cuando el hambre. Artificio o transmigración, la rosa estruja sus espinas en la garganta de la madrugada. Mueven blancas: la inicial del vacío. ¿Has leído la música griega? Se suelta de su carnadura, Pat, para resistir. Un caballo corcovea su imperioso don. Avanzan negras: alfil desde el fondo de la noche; lleva máscara. El chacal atisba, bajo las nubes. Hay dioses observando. El chacal espera una víscera, una, sobre la arena.
En el tablero ha quedado sólo un corazón.
Mueven blancas.
Una pieza ha caído sobre el tablero de mármol blanco y negro, bajo las ojivas. Es frío bajo los pies que no vacilan. Burzum, desde el precipicio. Es tiempo de las negras, sangre en las paredes y en mi túnica. La música reúne los despojos. Mi pie se adelanta, descalzo. Es tan pálido, lleva un hilo de oro en el tobillo. Deja la huella murmullo herida en el desierto.
Grito.
El estertor silba. Un águila se posa en la ventana pequeña y mira hacia dentro. La habitación resbala. No hay jardín. Mueven blancas. Sobre la pared, apenas yo, desleída en el pasado, construida, potente. Detestada como se detesta en estos casos.
El reino
A Isaías Garde, mucho después
En verdad ella no ha gritado, cree que nunca. Cree que nunca llora y que los pájaros se adueñaron de su garganta pero él busca un olor a sal anticipada, huye las yemas, los dientes, huye por el cuello, trata de soltarse de ese cinturón de noche cárcel piernas que no huyen. Cómo saber si golpearla es el único placer cuando se piensa repulsivo. Tal vez dibujar la espalda de esa mujer cruel con alas de niebla, a cuchillo, con el mismo cuchillo. Su mano tensa detiene una rodilla en el abrazo justo. No tiembla, debe sofocar el grito que lo ensordece de tan esperado pero el sol se le va de la boca. Ya huele a mar su pelo silencioso. Ya los dedos. Teme que no esté gritando, que diga quererle; eso sería inadmisible. Por la ventana pequeña entra la última tarde en pedazos pero el hombre espera su reino, el reino de mármol donde una túnica blanca cuando las ojivas se diluían en la noche. Sus manos le parecen ajenas, acarician a la mujer adagio, la buscan lluvia, no responden.
Sabe que nada le complace. Todo no es y es en el vacío. Sabe que no hay retorno, que no puede destrenzar las horas y quedarse en el pentagrama de los sueños con aquella otra mujer furiosa y furtiva que tantas veces había amado.
Otro pájaro anuncia su canto vehemente y entonces ella gira y le tiende los ojos, más oscuros que cuando los inventaba, más abismo, más caldero, más nombre estallando silencio, los primeros acordes de un arco listo. Los cuerpos están allí. Ella no gritará que lo quiere. El hombre lo sabe y tiene miedo. Toma la daga, piensa en la pared de su cuarto. Piensa en la palabra que ella está susurrando por vez primera, la que siempre escribían.
Ha cerrado los ojos para concederle el deseo.
Un búho se acerca a la ventana. La luna ha entrado altiva y pisa roja los cuerpos quietos.