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El verdadero final de las mil noches y una

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El sol pinta la noche con su opaca ternura
creando por todos los confines a los amantes luminosos
que surgen amorosamente juntos.
Olivia Zúñiga

Pero cuando llegó la 861 noche
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey Schahriar el afortunado! que en tiempos de los grandes latifundios, en México, un lejano y exótico país, vivía en la Huasteca Potosina un rico hacendado de nombre Zenobio. Tierras junto hacienda, las heredó de sus padres. Durante los ochenta años de su existencia, el único trabajo que había realizado era gobernar con mano férrea e injusta las vidas de los labriegos, quienes mal vivían luchando por sacar frutos a la tierra en beneficio de las arcas de su amo. Cirila, su mujer, decidió voluntariamente morir con tal de no soportar sus exigencias. Elpidia, su única hija, se marchó de la hacienda en la primera oportunidad que tuvo cuando el padre se descuidó.

Un día entre los días, se presentó ante Zenobio Crispín el labriego, a quien había alquilado una parte de las tierras más áridas y pedregosas. El hombre fracasó en su intento de extraer de la parcela tan siquiera un manojo de alfalfa. Su deuda era enorme, se encontraba ante su amo, vendido en cuerpo y alma durante tres vidas. El hombre vestía calzón largo y una raída camisa de manta, ambos sostenidos por un ceñidor púrpura; la humilde vestimenta contrastaba con el lujoso atuendo, llamado de charro, que cubría la gorda y fofa humanidad del hacendado. Aferrada con su mano derecha, el campesino llevaba a rastras a una espigada jovencita de escasos trece años.

Crispín alzó los ojos que había mantenido en actitud de humildad y así habló:

—Un saludo para ti, amo y señor de estos lugares, estoy ante tu presencia para apelar a tu misericordia, tengo a mi esposa enferma y a mis nueve hijos muriéndose de hambre. Reconozco que tengo una gran deuda contigo, mas no está en mis manos cumplir el compromiso. He trabajado desde el amanecer hasta ya entrada la noche. Alah es testigo de mi esfuerzo; Él sabe que la tierra es estéril y que se niega a darme sus frutos. No tengo con qué pagar mi deuda y necesito alimentar a mi familia. Vengo a traerte mi más preciado tesoro. Amo, ella es Genoveva, mi hija mayor. ¡Mírala!, toca su piel rosada y suave de melocotón. Sus ojos grandes y brillantes compiten con los de un ciervo. Su cuerpo es un junco de la laguna y más puro que la flor de la azucena. Te la entrego para saldar mi deuda, y suplico a tu benevolencia me adelantes el pago de diez jornales para salvar de la muerte por hambre a mi familia.

Concluidas que fueron sus palabras, el hacendado recorrió con su mirada a la joven campesina y, complacido de lo encontrado, así contestó:

—Tengo a Alah por testigo de que es voluntad tuya darme en pago de lo que me adeudas a tu hija, misma que yo acepto. Tendrás los diez jornales, sin embargo, no quiero tus remordimientos y quejas en los años venideros, así que tomarás a tu mujer y a tus ocho hijos y saldrás hoy mismo de mis tierras.

Pasaron muchas lunas. Un atardecer, la voz de Genoveva escurrió entre los barrotes de la ventana de sus aposentos convertidos en prisión para que no escapara; así cantaba las siguientes estrofas que iba improvisando:

¡Oh madre, padre, hermanos, mucho los extraño.
¡Cada día aumenta mi infortunio
encerrada en esta jaula de oro!

¡Soy joven y hermosa,
me lo dicen el espejo y mi dueño,
tengo lindos vestidos, abundantes manjares
y agua fresca de los arroyuelos,
mas eso no calma la sed que me atormenta!

¡Oh Alah, padre magnánimo que todo lo puede,
líbrame de las manos y los labios nauseabundos
que me ultrajan y despiertan
deseos dormidos bajo mi piel!

Sé que hay hombres jóvenes y bellos,
¿por qué debo estar prisionera entre cuatro muros
atada a la lujuria de un anciano?
¡Oh madre, padre, hermanos, campo, arroyo,
flores, cuánto los extraño!

En ese momento de su narración, Scherezada vio aparecer la mañana y calló discretamente.

 

Pero cuando llegó la 862 noche
Ella dijo:

Al correr de los años la belleza de Genoveva floreció al unísono de las pálidas flores del invernadero. Permanecía horas enteras junto a la ventana suspirando por su libertad. La única comunicación que la joven tenía, fuera de la del hacendado, era con Justina, la sirvienta responsable de satisfacer sus necesidades. Por ella se enteró que sus padres y hermanos habían desaparecido de la región. La triste niña, llorando, se lamentaba:

“Estoy sola en la vida, no tengo a nadie a quien recurrir. Alah es el único que puede liberarme de esta desdicha que sin merecerla se ha cernido sobre de mí”.

Un buen día, Alah escuchó las súplicas perseverantes de Genoveva. Con un movimiento de su divina mano reclamó la vida de Zenobio. Terminado el movimiento, el hombre expiró sin emitir tan siquiera un suspiro para despedirse de la longeva vida que disfrutó hasta el final.

Concluidas las ceremonias del duelo, a las que fue llamada Elpidia, la hija del hacendado, la mujer mandó llevar a su presencia a Genoveva y así le habló:

—Enterada estoy de que mi padre te ha mantenido prisionera por largos años; si es tu voluntad márchate, vete lo más pronto posible; si quieres permanecer en la hacienda, serás libre y ocuparás un lugar entre la servidumbre.

—Agradezco tu generosidad, bondadosa señora, al permitir que yo permanezca aquí, mas mi corazón me dice que debo buscar a mi familia. Me marcho en este mismo instante —respondió Genoveva.

La noche cubrió el campo; en las copas de los árboles los búhos entonaban su melancólico canto. Genoveva oprimía sobre su pecho el sarape que la resguardaba del frío. Sus ojos ávidos escudriñaban la oscuridad con la esperanza de encontrar el camino que había perdido. Del fondo de su corazón nació una plegaria: “Oh Alah, eres mi único recurso y mi fuerza, sácame del abismo en que he caído. Tú me escuchaste y me libraste del cautiverio, ahora te imploro me ayudes a encontrar el camino que me conduzca a mi familia y a la felicidad”.

Alah de nuevo se compadeció de la soledad de Genoveva, y halagado por el fervor de sus plegarias hizo que sus cansados pies la condujeran a un promontorio desde donde pudo divisar una luz entre los árboles.

En este momento de su narración Scherezada vio aparecer la mañana, y discretamente como siempre, calló.

 

Pero cuando llegó la 863 noche
Ella dijo:

Con esfuerzo, Genoveva se abrió camino entre las zarzas y los nopales hasta llegar a un claro, en donde distinguió dos siluetas sentadas cerca de una fogata. Llena de alegría se acercó y así habló:

—Buenas gentes, vengo cansada y el frío me cala hasta los huesos, me acojo a su benevolencia y les suplico me permitan compartir con ustedes el calor del fuego y un pocillo de té para calmar mi hambre.

Las dos figuras se incorporaron al unísono, luego exclamaron uno tras el otro:

—¿Eres una hada que bajó del cielo?

—¿O acaso una hechicera que habita en el campo?

—No, gentiles caballeros —respondió Genoveva al comprender que se trataba de dos mancebos—, soy una humilde campesina que busca a su familia y extravió el camino. Mi nombre es Genoveva, ¿quiénes son ustedes?

—Sabed, hermosa joven, que me llamo José; mi hermano es Pedro, somos borregueros, estamos aquí en busca del rebaño que se nos desperdigó hace dos días.

—¿Puedo esta noche descansar a su lado? ¾suplicó la niña.

Genoveva compartió las escasas viandas de los dos hermanos que gentiles la atendían. Ella, a la luz de la fogata, los observaba con disimulo admirando interiormente sus rasgos jóvenes y varoniles. Quedó sorprendida al descubrir que ambos eran idénticos.

—Decidme, ¿son ustedes gemelos?

—Así es —respondió Pedro—, tardaste mucho en descubrirlo, somos como una sola persona dividida en dos cuerpos; desde que nacimos siempre estamos juntos, nos gusta lo mismo: nadar en el río, cazar venados, bailar en los festejos, tocar la flauta de carrizo mientras pasta el rebaño.

—Es verdad —reafirmó José—, nada puede separarnos.

Genoveva, conmovida por el amor filial, dijo:

—Gran felicidad ha de ser el que ustedes estén juntos, yo estoy sola en el mundo, ¡esclavitud!, ¡separación!, todo se ha juntado contra mí, ¿podrá soportar mucho tiempo mi corazón la pesadumbre de tanto infortunio?

Los jóvenes se entristecieron ante la desolación de Genoveva.

—Ven, acércate al fuego, ahora vamos a dormir, mañana será otro día. Si Alah nos puso en tu camino, todo lo que ha de ser sucederá, pues cuanto escribió el destino tiene que cumplirse.

Los tres se tendieron envueltos en sus sarapes. Más tardó Genoveva en cerrar los ojos que sentir que ambos jóvenes se acercaban a ella hasta quedar pegados a sus costados. Percibió sus respiraciones acompasadas. El aroma de sus cuerpos que era el de un bosque de maderas preciosas, y el de sus cabellos sándalo, ensanchó su corazón. Un bienestar desconocido la llenó y la hizo permanecer inmóvil disfrutando de la doble cercanía. En movimientos sincronizados, los borregueros fueron introduciéndose bajo el tapado de Genoveva. Poco después la joven se sintió acariciada por cuatro manos, dos bocas y dos lenguas. Una creciente sensibilidad cubrió su cuerpo de fuego nuevo y la habitó el deseo de mostrarlo, anheló deshacerse de toda la ropa y contemplar el placer que esto ocasionaría a los mancebos. Adivinando sus pensamientos, Pedro enterró la cabeza bajo su falda y, después de besarle el vientre la desembarazó de los calzones. Al mismo tiempo, José la despojaba de la blusa y de la falda. Cada uno se adueñó de un montículo rematado por un botón de rosal, y cual cervatillos se amamantaron de las mieles extraídas del capullo. Genoveva, inmovilizada de éxtasis, detenía en su garganta los suspiros que luchaban por salir de su pecho. Cuatro manos avariciosas, cada una en su territorio, bajaron con lentitud hasta llegar al valle humedecido; el torso de Genoveva se arqueaba incapaz de controlar las descargas de placer que los veinte dedos le trasmitían. Pedro le separó las piernas, se inclinó y su boca se impregnó del olor marino, como si ella procediera del mar igual que Venus. Simultáneamente, José ya le mordía con suavidad los pezones, ya se perdía de sus labios. A punto de estallar, Genoveva se incorporó y, arrodillándose sobre Pedro introdujo en su cueva secreta la columna granítica que se estremeció. Cerca de ella vio a José de pie apuntándola con su fruta creciente, entonces la tomó entre sus manos y la hundió en su boca. No se escuchaba otra cosa que el fuelle de las respiraciones, los pequeños chasquidos de la succión, y el chapoteo del falo de Pedro deslizándose entre las blanduras de Genoveva. Los dos hermanos, ebrios de pasión, se turnaron a conquistar los caminos inexplorados del sin par cuerpo. Ella yacía esperándolos, sonriente y húmeda, dejándose llevar por el abismo cálido y vibrante del placer nuevo que había descubierto tan diferente al hábito del senil Zenobio. Cuando la luna comenzó a diluirse por el amanecer, los tres dormían estrechamente abrazados.

En el momento en que los primeros rayos del sol tocaron el rostro de Genoveva, sus ojos se abrieron con languidez. Se incorporó rápidamente al ver a su lado a los dos hermanos observándola con admiración.

—Bendito sea el que te ha formado y te ha dotado de tal perfección ¡Qué hermosa eres! —exclamó José.

—¡Por Alah! ¿quién hubiera podido imaginar jamás que sobre la tierra hubiese una criatura tan hermosa? —prosiguió Pedro.

Los recuerdos, las sensaciones incendiaron el rostro de Genoveva.

—Gracias a los dos por sus halagos. Ya es tarde, me lavaré en el arroyo y partiré, necesito continuar mi camino, la luz y la mano de Alah me conducirán a mi destino.

—¿A dónde iras? —preguntaron ambos.

—A buscar a mi familia.

Los dos mancebos se acercaron a la joven y, tomándola de las manos exclamaron quitándose la palabra:

—No te marches, quédate con nosotros.

—Los dos seremos para ti, tu padre, tu madre, tus hermanos.

—Estamos seguros de que si el destino dispone algo, como fue nuestro encuentro, ningún ser humano logra torcer su curso.

Genoveva buscó los ojos de José y Pedro, ambos derramaban a través de ellos un torrente de ternura que la cubrió llenándola de amor. Entonces, arrodillándose, entonó la siguiente alabanza:

—¡Oh Alah, adorado por nuestro profeta, generoso sin límites; yo te supliqué me ayudaras a encontrar mi camino, tú pusiste en él a estos dos hombres que no son dos sino uno sólo, señal tuya que entiendo por designio! ¡Hasta hoy sólo he conocido ultrajes y mi corazón estaba lleno de rencor; en mi vida no había tenido una noche tan bendita como la pasada. ¡Gracias, creador que todo lo sabe, esta humilde sierva acatará tu voluntad!

Genoveva extendió los brazos hacia los dos hermanos y así habló:

—¡Oh dueños míos!, mi deseo es convertirme en cosa suya; juntemos el día con la noche y sigamos disfrutando de las delicias y el amor que Alah nos ha concedido!

Eso es ya todo lo que puedo contarte, gracias a aquel que da memoria y sabiduría a los humildes de la tierra, ¡Oh rey afortunado! —concluyó Scherezada.

El rey Schahriar dijo:

—Ciertamente, Scherezada, que las historias han sido asombrosas. A través de tus relatos he conocido que por la tierra existen mujeres honradas y fieles a las que Alah premia por sus virtudes, y otro puñado de mujeres desvergonzadas a las que Alah castiga con la fuerza de su rigor. También he concluido que disfrutar del amor es bien que no sólo a los hombres donó nuestro creador. He aquí lo que he decidido por la inspiración de aquel que todo lo sabe y que puso palabras sabias en tu boca, en especial en tu último relato: No habrá más muertes, ni más mujeres en mi harén, tomaré a tu hermana Dunyazada como segunda esposa; los tres yaceremos juntos en el tálamo nupcial. Así lo he dicho y así será.