Letras
Café y antropofagia

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El olor es al de la madera quemándose. Un olor bucólico, a fogón campesino que calienta el café colado desde la mañana. Un aroma de la reminiscencia; del origen campesino y pobre.

Hacía sol de mediodía. Sol que pica aunque la brisa andina prometa frescura y recogimiento. El fogón estaba prendido al final de la casa, una casa pequeña pero larga. La cruzaba de largo a largo una quebrada, una acequia. Esta estancia era en extremo práctica; práctica y pobre. Al entrar había una sala muy pequeña, con un par de fotos de un hijo mayor que se fue al ejército décadas atrás. Unos materos que alguna hacienda dejó a la salida para que los recogieran gente más conforme y agradecida con el azar. En cada matero estaba sembrada una sábila. A la salida de este mínimo recibidor comenzaba un pasillo, este pasillo se remontaba sobre la acequia, por eso a los lados del corredor había matas de agua y mosquitos. Al lado derecho se abrían dos cuartos, que en verdad eran uno dividido por una cortina inmensa y dos camas. Al extremo final la cocina, que era un fogón eternamente con fuego y ollas pequeñas aporreadas y quemadas hirviendo toda la semana agua con distintos tubérculos, panela, café y huesos.

En esta morada de panelas, portarretratos de la nostalgia y del olvido malagradecido vivían Pánfilo y Sinforeana. Un matrimonio en que tal vez nunca consagraron sus propósitos cárnicos ni del alma ni civiles a ningún altar ni a ningún cura y menos a un prefecto.

Desde que se les fue el único varón al ejército Pánfilo y Sinforeana asumieron la vida como una dura caravana por los recuerdos y los desengaños. El gran velo de la ignorancia (¿la inocencia?) les desmintió todo un universo que los trataba de invadir de modernidad cada vez que bajaban de aquel caserío a la ciudad para comprar kerosene y velas. Era un caserío a lo alto de una montaña andina, peligrosa y escarpada, a veces fría y a veces más fría.

Se hablaron siempre lo necesario. Usando la justa cantidad de palabras, las muy necesarias conjugaciones y los predicados más cortos y simples. Ya parte de su dialecto eran símbolos y gestos; miradas, cierre de ojos a cada momento, ademanes, zapateos y silbidos. Una queja antes de acostarse, hecha con un suspiro sonoro y profundo indicaba lo duro que estuvo la sabana para Pánfilo ese día; una lamentación con carraspeos de la garganta y un par de bostezos justo al reclinarse en la cama para asaltar el piso, era la advertencia de Sinforeana sobre el pobre desayuno que venía esa mañana. No todos los días se podían echar a la sartén un par de huevos de las cinco gallinas flacas y viejas del corral. Ni todas las mañanas la vaca de Pánfilo ofertaba sus flácidas y enjutas ubres.

La pobreza es el estado más consumado de la aceptación, la esencia misma de la tolerancia de un destino que no le viene a nadie sólo porque sí. La pobreza es la conformidad de la desesperanza, es el estadio más cerca de Dios; pero esta divina cercanía no es para aceptar la condición como tal ni para resignarse: es para tomar valor e ir a la guerra si es preciso por anidar en una circunstancia más digna. Para Pánfilo y Sinforeana la pobreza era sólo una forma más de sufrir, una más, ni la peor ni la menos insufrible. Ellos por una revolución no dejarían la casa de la acequia.

Una tarde de diciembre, entre las secas brisas y las estrellas exuberantes del cosmos, calentaron un guarapo de la mañana. Esta vez lo recalentaron con unos trozos más de panela y decidieron terminar con el pan de la semana en esa misma sentada. Veían cómo las estrellas fugaces se estrellaban al final de la parábola que se dibujaba en el horizonte. Silbando enfriaban el menjurje de panela. Pánfilo se acercó a Sinforeana y le tomó la mano, en un gesto de extrema ternura se llevó los diez dedos de ella a su boca y los besó al tiempo que suspiraba humedeciendo sus ojos con cataratas. —Sinforeana, qué de cosas esta vida... se nos fueron los días aguantando la pena y recordando a Julio. Y lo único que me queda es saber que te quise y te respeté todo este tiempo. Ya ves, nos estamos muriendo y lo único que tú tienes soy yo, y lo que tengo eres tú.

Sinforeana sólo sonrió con la mirada en el mismo sitio de hace una hora. Apretó sus dedos, suspiró mil lamentaciones en dos segundos. Seguramente se le anudó la garganta de tanto sufrimiento simple: nostalgia, decepción y hambre.

—Sinforeana, nos estamos muriendo, y aquí no tenemos ni sillas para que vengan a rezarnos —la miró y le dijo con cierto recogimiento en sus palabras:—. Vamos a comernos Sinforeana... cada día nos comemos lo que podamos el uno del otro.

Y ella, incólume y tranquila, dijo que sí, tomando los últimos sorbos del guarapo tibio.

Esa misma noche Pánfilo se arremangó la deshilachada camisa de domingos y días santos para que Sinforeana empezara a masticarle la mano derecha, Pánfilo sabía que ya no tenía que ir más a la sabana. Sinforeana también se acicaló un poco, y se vistió con la percha de los domingos, se recogió el largo y blanco pelo en una sola crineja, se cambió de zapatos y se colgó unos zarcillos de su mamá.

Pánfilo decidió comenzar también por la mano derecha de Sinforeana. Los viejos huesos, y los viejos tendones eran como cartílagos de pollo. Esas viejas mandíbulas apenas si podían triturar las manos de cada uno.

A medida que avanzaban en esa tierna e inédita antropofagia se sonreían. Ya el orden no importaba. Pánfilo decidió comerse el estómago y los senos de su esposa, y ella, un poco aturdida y exhausta reclinó la cabeza unas horas, con los ojos rendidos y pesados. Pánfilo la despertó en la madrugada para que ella siguiera comiendo, pues él temía de sobrevivirle en la ingesta. Sinforeana con una suerte de apetito revivido comenzó a comerse el torso de su esposo, poco a poco lo desgarraba con una tenaza vieja.

Al cabo de un rato ya había mucho alboroto visual en la sala, decidieron arrastrarse al fogón, al final de la casa. Cruzando la acequia Pánfilo bajó como pudo la cabeza hacia las aguas y bebió, con un poco de agua en la boca le dio unos tragos a Sinforeana. Llegaron a la cocina y cada uno siguió con un trozo de cada cuerpo. Sinforeana logró dar unos mordiscos en el muslo de Pánfilo y quedó tendida, con la cabeza en sus piernas. Yacía muerta sobre sus muslos incompletos. Pánfilo dio un último mordisco en la cintura del cadáver; ya estaba muerta, ya no tenía sentido.

Él murió esa misma madrugada. Satisfecho y amante. Ya los dos eran uno en aquella montaña, un diciembre que olía a leña y a café colado dos veces.