El escritorio de madera de pino sostenía un desparramamiento de cuartillas y tomos que impedía discernir las vetas del propio leño con que había sido fabricado, pero la profesión que me ocupaba por aquel entonces y a la que me dedicaba en cuerpo y alma así lo requerían. Ser estudiante en esa ciudad gélida y brumosa donde a uno le invadían los sabañones ocasionaba en cada individuo una espiritual cizaña que tarde o temprano se manifestaba de algún modo.
La tarde del miércoles cerré la puerta de mi habitación como todas las tardes y recorrí a pie la avenida Champagnat. Pasé por la papelería y compré unos bolígrafos y cuartillas para la clase de aquella misma tarde, me detuve en la floristería, ante el semáforo para ver cruzar a aquel ser paquidérmico. Se acercaba la morsa o al menos así se me aparecía Ezequiel Blanco, como se hacía llamar, cada vez que cruzaba la avenida desde el hospital en dirección a la cafetería donde desde las once de la mañana y a partir de las cuatro de la tarde le servirían bien frío y en pleno invierno su cava Ágata, puntual, iridiscente y tan burbujeante como los esfuerzos que sus melosos y grotescos muslos pronunciaban a través del paso de cebra sobre sus muletas de tullido anciano obeso.
Transcurrió algún tiempo hasta que pude saber su nombre y mucho más en poder aprender las magistrales lecciones de cada una de sus dipsómanas tardes, mas la casualidad o la espiritual cizaña a la que acabo de referirme no tardaron en engullirme entre una nebulosa de ensueño profunda e hipnótica cada vez que decidía saltarme dos o tres horas de clase oficial en la facultad y dirigirme al café La Esquina, donde a ciencia cierta hallaría a mi particular profesor.
Se sentó junto a mí la primera vez que no asistí a historia de la filosofía. Entonces su conversación me resultó ajena, distanciada de mis oídos y mi mente, distraída a causa del cansancio que me invadía. Recuerdo que su vientre preñado, a punto de hacerle estallar todos los botones de la camisa con tirantes al sentarse, y su barba de dos o tres días se mezclaban en mi visión difusa junto al aliento alcohólico de la botella de cava que se había servido a primera hora de la tarde en el centro mismo de mi mesa. Llevaba gruesos lentes de carey, sucios, desastrados y sus achaques debían ser múltiples porque resoplaba a cada sorbo de la copa y apoyaba sus manos sobre las dos muletas con las que acostumbraba a bambolearse en el cruce de la avenida. Como digo, de aquella primera conversación tan sólo distinguí el nombre de Nietzsche y sobre todo la orden de que saludara al profesor de historia de filosofía contemporánea de parte de Ezequiel Blanco la próxima vez que acudiera a clase. Me repitió concienzudamente su nombre y levantándose con dificultad aquella morsa humana se esfumó de la cafetería cojeando con tanta dignidad que daba envidia y todo. La botella de Ágata ya no presidía mi mesa, pero tampoco me importó sobremanera, sencillamente me sentía exhausto tras una semana de exámenes. Así fue como le conocí y cómo a partir de este primer encuentro ya no podría dejar de verle.
Asistí con regularidad a mis clases de historia de filosofía contemporánea que impartía el maestro Ángel. Escuálido y enjuto, oculto tras su barba blanca y sus gafas gruesas, discernía entre bien y mal o lo intentaba. Presentaba con cautela el pensamiento de Schiller, destapaba la escuela de Frankfurt y de una chistera hacía volar la náusea del existencialismo más radical. Pero yo todas aquellas lecciones ya las había recibido gracias a Ezequiel Blanco, gracias a sus palabras, a sus tardes, a sus conversaciones, a sus lecturas entre copa y copa, a sus extracciones de textos machacados y manchados de goterones añejos, porque él me había dicho que en su día fue también maestro de aquella misma facultad a la que yo asistía pero que hacía algún tiempo ya que le habían abandonado las fuerzas de acudir y de ejercer, que los alumnos ya no eran los mismos ni las esperanzas ni los deseos. Sin embargo el licor... Esbozó una sonrisa y apenas sugirió que Sócrates también tenía que brindar con él a las once y a las cuatro. En este instante el rostro se le ensanchó todavía más hasta que de veras alcanzó una dimensión grotesca y enorme, algo brutal, suprahumano que no hizo sino que me viniera a la mente la imagen de aquella morsa rubicunda que se me parecía su caminar paquidérmico. De nuevo insistía en cada ocasión que saludara a Ángel, que le diera un abrazo de su parte. Aquel saludo parecía ser un cometido fundamental y por el contrario yo no me atrevía a acercarme a mi profesor, quizás por temor o vergüenza, quién sabe por qué estupidez pueril. Sin embargo tal era su insistencia que debía plantearme seriamente el tomar valor y transmitir los saludos de Ezequiel lo más pronto posible.
Pasaron dos meses y el curso estaba a punto de finalizar, así que una tarde en la que el ser y el tiempo vinieron a cerrar el curso me acerqué con cierto nerviosismo e inquietud al profesor Ángel.
—Perdone, profesor, pero hay alguien que le envía saludos desde hace tiempo con mucha insistencia.
—Quién.
—Un antiguo maestro de esta casa que dice conocerle bien. Su nombre es Ezequiel Blanco.
En ese momento Ángel, que estaba de espaldas a mí, se giró de inmediato y dejó de borrar la pizarra.
—¿Ezequiel Blanco? ¿Me toma usted por estúpido? Espérese aquí un momento y cuando todos los alumnos hayan marchado le mostraré algo.
Permanecí en una esquina del aula durante diez inacabables y dilatados minutos hasta que sólo se escuchó el eco distante del griterío por los pasillos y el aula quedó sumida en un silencio mórbido. Ni Ángel ni yo pronunciamos palabra alguna. Me agarró de pronto con fuerza por el brazo y como si hubiera cometido una fechoría me llevó con diligencia hasta el jardín, donde en una de las paredes podía verse una placa inscrita: In Memoriam Ezequiel Blanco.
—Hace ya cuatro años que está aquí, lo entiende, ¿verdad?
—Sí —me apresuré a responder.
No pude pronunciar nada más. Desde entonces no he vuelto a ver ni a recibir lecciones de quien se me aparecía como la morsa, esa filosofía que surge, deja su rastro y siempre persiste como una nebulosa insondable en cada individuo.