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El dolor de una caída

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Llevo días en la cama con trozos de hielo por único aliento. Sólo tu presencia me calmaría. Pero te grito, te busco y te has ido, quizá para siempre.

Juego a pensarte en las sombras de la habitación y puedo rellenar cada rincón de ti. Tus manos en un cuadro, tus ojos en el espejo opaco de la pared y tus labios detrás de la ventana, escupiendo intensas gotas de lluvia con golpes secos que no me alcanzan.

No me canso de recordar la tarde que te conocí. Yo iba caminando por el paseo viendo el mar tan plano que parecía la alfombra del salón de casa. Miraba el sol de frente con los ojos bien abiertos y luego los cerraba con fuerza y era como si lo hubiera asesinado y se hubiera despedazado en mil estrellas que me observaban cómplices desde un cielo bien negro. Y las mil lucecitas encerraban el horizonte en una jaula con grandes barrotes o mariposas revolotean a mi alrededor o mi primo tenía forma de elefante. Y entonces volvía a mirar el mar y ya no era tan azul, sino dorado y negro.

Absorto por completo en mis imágenes, no me di cuenta de la zanja que habían abierto en el paseo y se habían olvidado de rodear con alguna protección. Y caí. Caí por completo, sin ofrecer resistencia y por sorpresa. El dolor seco de la caída me desintegró los huesos y me convirtió en un gusano inmóvil. Un calor pringoso de humedad salina se apoderó de mí y empezó a asfixiarme. Y allí metido en el agujero miré hacia arriba, con miedo y vi un pedacito de cielo. Quizá el que me corresponde sólo a mí. Pensé que así es como debe pasar uno a otra vida. No me quedaba más que comenzar a reptar. Pero algo debía ir mal, porque no podía moverme. Y mientras intentaba entender, tú apareciste por el hueco brillante del túnel. Blanquísima y con una larga melena negra. Me miraste con un deseo que me hizo sudar, como si hubiese tomado una copa de cognac que quemase mi garganta y luego todo lo demás. Me tendiste la mano y yo intenté elevar la mía para agarrarte con toda la fuerza de la que fuese capaz. Una lágrima caliente resbaló por entre el latir de mis mejillas. Y fui feliz. Pero no pude moverme.

Todo quedó en la más completa oscuridad hasta que me desperté en el hospital. Pregunté por ti, pero me contestaron que fuiste un delirio. Y me desplomé y cuando cerré los ojos máscaras bobas me hacían guiños desde la pared, pordioseros y poetas jugaban a la oca, una cometa desafió el viento y mi madre me saludó desde su tumba. Y cuando el agua me arrastraba lejos de ella, te vi. Y una tormenta nos unía sin remedio y te amé más que nunca. Violeta, todo era de un violeta rabioso. Y te quise coger fuerte de la mano. Pero antes de que lo lograra, te esfumaste y aparecieron unos médicos que me masajeaban el pecho y al ver que había abierto los ojos, me sonrieron como sonríe un lagarto que saca la lengua.

No puedo borrarte de mi cabeza y tengo un ladrillo en el corazón que no me deja moverme. Y espero que te escurras hacia mí por alguna grieta de mi olvido.

Veo rostros llorar a mi alrededor. Lágrimas de Isabel y de mi padre que parece que me dicen adiós mientras devoran sus rostros. Pero no puedo hablarles y un muro de hormigón nubla mi vista. Me quiero agarrar a las cosas para no perderme, pero no hay nada a mano. Un infinito cansancio se apodera de mí y la última flecha de tu recuerdo me abate mortalmente. Quiero recordarme, pero no sé ni mi nombre. Y vuelvo a sentir que soy un simple gusano.

Me hundo en la oscuridad. El camino se desdibuja y remolinos de sucia espuma me empujan hacia el abismo. Y te veo a lo lejos y te acercas bailando un vals en solitario y me sonríes, un poco más que un lagarto. Y por fin te toco. Tu mano blanquísima me coge fuerte y me susurras al oído “soy la muerte y te quiero”. Y yo también te quiero. Tus labios se posan como hoja caída sobre mis labios, sin fuerza, sin emoción. Y ese beso helado sacude mi columna y la parte en dos.