Artículos y reportajes
John Kennedy TooleUna horda de lectores
para John Kennedy Toole
Marketing por la obra de un autor
que nació muerto

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John Kennedy Toole tuvo una vida corta y una muerte lenta. Había nacido en la sureña ciudad de Nueva Orleáns en 1937 y, con tan sólo quince años, escribió la novela La Biblia de neón (su segunda novela publicada, que vio la luz en 1989). Estudió y obtuvo el título de master en inglés en la Universidad de Columbia y ejerció como profesor en la Universidad de Southwestern Louisiana y en el Dominican College, de Nueva Orleáns. Al parecer La conjura de los necios (obra de la que me ocuparé más adelante y que fue galardonada con un Pulitzer en 1981) fue escrita mientras prestaba sus dos años de servicio militar en Puerto Rico; ésta que él mismo alcanzó vislumbrar como una obra maestra, deambuló por varias editoriales pero nadie quiso publicarla. Un día del año 1969, el año en que el hombre fue a la luna, Kennedy Toole, de 32 años, decidió ir más lejos, condujo hasta un oscuro y solitario paraje en las afueras de Nueva Orleáns, se encerró en su auto, conectó una manguera al tubo de escape de un tanque de gas y dejó llenar sus pulmones con el hálito oscuro de la muerte.

Había dejado escrita una carta para su madre, Thelma D. Toole. No se sabe con certeza el contenido de ésta, pero la historia posterior, que pareciera guardar un tufillo de propaganda comercial, cuenta que Mrs. Toole recorrió con el manuscrito durante años de editorial en editorial sufriendo toda clase de vejámenes, quizás los mismos (o peores) que había tenido que padecer su hijo y que se sospecha lo sumieron en una depresión terrible que finalmente lo condujo hasta el pináculo del suicidio. Hasta que un día el texto que tantas veces había sido rechazado fue publicado en 1980, cuatro años después de caer en las prodigiosas manos del profesor Walker Percy, quien lo había aceptado con cierto recelo.

En el prólogo de la novela Percy da cuenta de este encuentro: “En 1976 yo daba clases en Loyola, y un buen día empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. (...) Lo que me proponía esta señora era absurdo. (...) Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ‘¿Por qué iba yo a querer hacer tal cosa?’, le pregunté. ‘Porque es una gran novela’, me contestó ella”.

El resto del prólogo, escrito con verdadera maestría, cumple con los elementos necesarios para incitar a la lectura de la obra; breve, apasionado, compasivo, revestido con el tono de quien revela por primera vez un gran secreto, un verdadero tesoro; dando datos esenciales de la obra pero interrumpiéndolos en el momento justo en que el interés del lector está en su punto más alto, a la mejor manera de Scheherazade: “Sólo me quedaba una esperanza”, continúa Percy. “Leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no seguir leyendo. (...) En este caso seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero con la lúgubre sensación de que no era tan mala para dejarlo; luego con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último con incredulidad: no era posible que fuera tan buena”.

Pero al entrar en ella, la obra de Kennedy Toole (una ingeniosa y divertida sátira que inscribe al autor en una tradición que lo emparenta con autores como Rabelais, Cervantes y Jonathan Swift) se defiende sola. El principio de la novela constituye la presentación del personaje principal con su andar elefántico y pesado: un hombre alto y obeso, de grandes orejas donde sobresalen pelos sin cortar, labios grasientos, gordos y bembones, con restos de papas fritas, un tupido bigote negro, ojos altaneros, azules y amarillos, vestido con su gorra verde de cazador con orejeras, voluminosos pantalones de tweed, camisa de franela, bufanda y eructando constantemente debido a un problema de su válvula pilórica; rasgos físicos que desde las primeras líneas se revelan como indicio del carácter sui géneris de este personaje que si bien presenta características pantagruescas y actitudes quijotescas, se encuentra alejado de cualquier arquetipo conocido, y sin par en la literatura del siglo xx.

“La conjura de los necios”, de John Kennedy TooleIgnatius J. Really: de treinta años, intelectual egresado de la universidad, lleva una vida sedentaria, la mayoría de las veces encerrado en su mugriento y desordenado cuarto, tramando y escribiendo en decenas de cuadernos una diatriba en contra del siglo que le tocó vivir. Vive con su madre, quien después de tener un accidente automovilístico, por conducir en estado de ebriedad, lo obliga a buscar trabajo para que contribuya con el pago de los daños. Ese incidente es el detonante de múltiples situaciones que a su vez desencadenarán una serie de hechos con los cuales se va construyendo la trama de la novela.

Ignatius se muestra como un personaje con valores anacrónicos, medievalista, ultracatólico, partidario de una monarquía totalitaria, que mira perplejo los vicios, la mediocridad, superficialidad y banalidad del siglo xx, que ataca los principios de la ilustración y las ideas de progreso. Pero sus acciones lo revelan como un sujeto miserable, inmaduro, glotón, mezquino, egocéntrico, mitómano, cobarde, caprichoso y perezoso. Un sujeto iluso e inútil incapaz de resolver los más elementales problemas de la vida cotidiana, pero predispuesto a embarcarse en los más quijotescos y disparatados propósitos. Precisamente se han señalado algunas afinidades entre Ignatius y el personaje insignia de Cervantes, y es fácil determinar esas similitudes, sobre todo en los malentendidos que surgidos de la realidad parecen darle a Ignatius el piso que necesita para avanzar en sus erradas cavilaciones. La distancia entre la percepción de Ignatus y la realidad se hace aun más evidente cuando se contrastan los hechos con la visión que de ellos tiene tanto en las cartas a su enamorada Mirna Mynkoff como en sus múltiples diarios.

Kennedy Toole toma el espacio de Nueva Orleáns para construir un microcosmos, que transcurre en diversos lugares que van desde la calle Constantinopla hasta el Barrio Francés; donde además de la figura antiheroica de Ignatius aparecen otros personajes: el señor Robichaux, el patrullero Mancuso, Burma Jones, González, la señorita Trixie, Dorian Greene, Dana, Darlene, George, Gusv Levy, la señora Levy, el doctor Talc, la señora Amy, la señora Really, Santa Battaglia y Mirna Mynkoff; en su mayoría estereotipos que simbolizan de alguna manera los vicios de cada uno de los estamentos de la sociedad de la que da cuenta. Se hacen alusiones a la paranoia comunista, al afán del Estado y las autoridades por mostrar resultados y encontrar siempre un culpable, a la situación del proletariado, a la persecución racista y al subempleo, a la vida nocturna en bares y cantinas, a la prostitución, la pornografía, la homosexualidad, los delincuentes de poca monta, la banalización del arte y los medios masivos de comunicación, al despilfarro y a la inútil y absurda solidaridad de la clase alta, al medio académico universitario, al chismorreo de alcobas y de barrio, a la generación beat y al hipismo, entre otros. Estos personajes que aparecen en lugares y situaciones aparentemente aisladas luego se irán entrelazando en un nexo de causalidades que los conducen a todos hacia un destino común, cosa que asemeja esta novela en cuanto a la estructura a algunas novelas de William Faulkner. Lo que hace suponer que el final vendrá después de una situación que directa o indirectamente involucre a todos los personajes. Es un final de acción, vertiginoso y delirante, de infarto (como se suele decir), resuelto con gran sagacidad y acierto por el propio Ignatius. Acierto que sumado a un par de actitudes calculadoras que asume en el transcurso de la novela, nos ponen a dudar (como sucede con el Quijote) si en verdad Ignatius J. Really es un pobre iluso o por el contrario se trata de un gran bromista del cual han sido víctima todos, incluyendo a los lectores.

La conjura de los necios estuvo rodando en los estantes de mi biblioteca por más de cinco años, al lado de no sé cuántos libros superfluos; ignorado, manoseado sólo para ser apartado, silenciado, esperándome como si su destino marcado fuera siempre ese: esperar. A sus cuatrocientas páginas entré lentamente, sin leer el prólogo; y luego, al avanzar a la par de su ritmo desbordante, me fue imposible detener la rueda.

Escribo esto, 25 años después de su publicación, en una época en que los autores tienen las herramientas para asumir abiertamente la defensa y la promoción de su obra, y en que la mayoría de las reseñas de libros se escriben por amiguismo o en busca de contraprestaciones.

La vida no le dio a Kennedy Toole la oportunidad de ver su obra publicada, mucho menos de defenderla. Por mi parte no sé mucho de las circunstancias que envolvieron su existencia, nunca lo vi, ni espero nada de él: cuando él murió yo también estaba muerto. Bueno, vi una foto suya, poco atractiva (en términos editoriales) deambulando por la red; en ella se ve a un chico simpático, pálido, algo mofletudo, de su casa, con saco y corbata, motilado al tope, de labios delgadísimos, de cejas escasas y una tímida expresión en la mirada. Pero una foto, como un cigarrillo entre los labios, puede decir mucho o puede no decir nada. Si algo pretenden estas líneas no es defender la calidad de la novela (como dije antes se defiende sola) ni hacerme ganar nada (mi único ejemplar, Círculo de Lectores, 1984, no está a la venta); tan sólo busco conducir, con el mismo ímpetu de las disparatadas empresas de Ignatius Really, a una horda desaforada de lectores hacia ella: hacia la magistral y maravillosa novela de John Kennedy Toole.