1
dice que me embrujó, pero no lo creo. Lo afirma contundente el tipo que llegó a comprarme componentes inalámbricos para su computadora: “te ha puesto una culebra negra clavada con palitos de fósforo, y ha enterrado moribundo al ofidio en el lugar por donde sueles transitar cuando te recoges de la empresa”. Sin darle importancia le mostré el resto de la enorme variedad apilada sobre el mostrador. Por la noche, sin dejar de pensar en la frase, saqué del desván mi cuero de leopardo, lo extendí sobre el lecho de mi camastro y luego de desempolvarlo me cubrí el cuerpo con él y me acosté. Rugí toda la noche, creo que lo hice para sacarme el miedo de encima, aunque no quería reconocerlo. Por la mañana cuando me despertó el receptor de la radio, creí advertir en la voz que leía las noticias, una risita con cierto tinte mordaz. Entonces, tomé la almohada del camastro y cubrí el aparato como queriendo asfixiar a la voz... Más tarde me enteré de que, en medio del pronóstico del tiempo, la locutora estrella había sufrido un súbito apagón de vida.
2
Tras del empapelado de comienzos de siglo, se adivinan los contornos de rostros que atisban deseando estar plenos en mi habitación, darse un paseo del dormitorio a la cocina y tomarse un vaso de agua, sin que ésta les atraviese y moje desesperadamente la alfombra roja. Me mortifican sus lamentos, sus gritos cansinos por las noches cuando no pueden más de deambular por ese mundo negro sujeto a sus propias fijaciones terrenales. Es tanto el dolor que padecen, que no aguanto más, y al despertar de cada sueño con ellos, bebo ávido el deseado vaso de agua sin temor a que ésta me moje las sábanas. Prendo inmediatamente la tele, pero contrariamente a lo que espero, el locutor de las noticias con un movimiento profesional de la mano izquierda gira la perilla del receptor y me apaga de cuajo.
3
Abre la puerta y entra con humareda la bestia. No puedo evitar que vuelque las macetas en el pasillo y vocifere desaforada. Toma el cable del teléfono y lo enrosca alrededor de mi garganta. Grito, y mis ojos se desorbitan, se pierden sin remedio en el blanco espacio de la esclerótica. La mano, en acción claramente épica, levanta lo que encuentra y da un golpe a la bestia, que cae pesadamente levantando un rabioso polvo sobre el parquet. Me apresuro, arrastrando el paso, al lavabo y mojo mi cuello. Y en cada gota que resbala por la piel, el rostro de la bestia con el taco del zapato clavado en la frente, deja escapar del orificio un humito cargado de fantasmas malolientes...
4
Molesta, se deshizo de la última prenda de seda y apagó el vídeo para contestar el teléfono. Nadie le respondió, y lanzó irritada el auricular sobre el catre. Se asomó a la ventana y la entreabrió para refrescarse con la garúa de la madrugada. Luego, se recostó sobre el camastro e inclinándose sobre el miembro erguido lo acarició con la lengua. No alcanzaron a percibir la delgada masa amorfa que se introducía a la habitación, ora reptando por debajo de la puerta, ora levitando por encima del parqué hasta que fue muy tarde. Convencidos quedaron —nunca lo pusieron en duda— de que fue el placer de los líquidos en erupción, lo que los traspuso hacia el eterno círculo criollo de la Gran Movida en el Sky.