No tenía claro el concepto de reglas pero no hacía falta. La libertad consistía en las largas caminatas al campo sobre la alfombra de hojas amarillas del otoño. Los zuecos, negros, brillantes, duros, le dejaban los pies cansados y adormecidos, que más tarde, su mujer habría de masajear y bajaría la hinchazón a punta de paños de agua al clima. Desde la silla Luis XV el piano aparece como una promesa, una esperanza traducida en música y en conciertos, las notas brotan de su cabeza una y otra vez durante el día, sinfonías, misas, sonatas, como las nubes de un crepúsculo infinito y posible. No tenía treinta años y ya se sentía aun mayor que su padre a su edad, y a su abuelo y a todos los hombres que quedaron a su paso. Sentía la juventud como una ráfaga cuyos destellos todavía conservaba intactos y sobrellevaba a pesar del dolor. Era el mago que sobrepasa los límites de su creación y los conduce más allá del talento y la disciplina, un rasgo, sin duda, de genialidad. Pero la supervivencia diaria lo fatigaba. Los pequeños detalles que marcaban la vida cotidiana. El hecho de comer, de lavarse, de vestirse y dirigirse a los auditorios que le aclamaban y vitoreaban.
Prefería el aire anodino del piano, las manos en movimiento, los dedos que tocan y recorren y toman vida propia más allá de sus pensamientos y los oídos, el sentido más fuerte y valorado. Un leve susurro era captado mientras interpretaba alguna pieza. Años atrás, las mujeres representaron para él una ocasión entre fatídica y onírica, seres alados que producían placer y sonreían. Cuerpos de doncellas blancas y hermosas, rubias o de cabellos oscuros, era demasiada belleza, demasiado estímulo para un par de ojos y una sola boca. Las manos, otra vez. Las mujeres lo amaban por su fama de músico talentoso y apuesto. Y Wolfgang, que nunca supo lo que era una vida sedentaria, amanecía con los miembros cansados. Esta noche, su mujer lo cuida pero se siente enfermo y abatido. Más tarde, mañana y la semana entrante, habrá de hacer una presentación ante la corte, entonces, la fama y el hombre seguro de sí mismo aunque intocable. Que nadie se atreva a llamarlo por su nombre de pila, que nadie ose pasar por su casa y tocar, que nadie ose mirarlo cuando no quiere ver a nadie. La mujer lo complace. Y la sala de ambiente romántico se viste de fiesta para una noche de baile íntimo. Harán el amor porque el sexo no tiene contraindicaciones ni está prohibido por la rama de farmaceutas. Lento esta vez. Pasará la noche penetrándola hasta que el dolor de los pies se disipe y se confunda. La mujer se extiende y Wolfgang recrea la fantasía de la flor, de la vulva que se abre y se cierra.
En la madrugada la composición de una nueva aria que tuvo pendiente durante la noche. Parte de una ópera en el estilo de Las bodas de Fígaro. Y las horas de sueño que nunca llegan porque su mente no alcanza a comprender esa distancia insufrible entre dormir y la vigilia. Por supuesto que antes dormía pero ahora no quiere perder el tiempo en esas minucias, para todo lo que tiene que hacer no le alcanza una vida. Su música traspasaría las fronteras del tiempo y la distancia y serviría para inspirar a otros, a los enamorados, artistas y músicos, a la gente común, todo el mundo ha amado alguna vez o ha tenido la posibilidad de encontrar lo que busca en alguna parte. Quién sabe. El color negro lo persigue en forma de gatos que se cruzan o pensamientos abstractos, o en la mujer amada. Ese lapso entre poseerla y abandonarla que dura segundos, instantes. En un momento está contigo para siempre y luego ya no. La pierdes, cae por el abismo y él debe regresar solo. A su piano, a su música.
De camino a la escuela F. se distrae escuchando las notas que salen de la casa de Mozart. El chico se sienta en el andén y guarda silencio. El sol cae a mediodía y sus compañeros están de vuelta con la camisa por fuera y las manos y las rodillas mugrientas. Las bolsas de la merienda vacías y los cuadernos llenos de tareas. El adolescente regresa a su guarida, toma una siesta, y con la cabeza sobre la almohada siente la música. Qué privilegio tenerlo de vecino pero qué pena no conocerlo. No pierde un detalle de su vida pero el maestro ni siquiera sabe que el chico existe. Esa tarde, el cartero trae una nota de la escuela anunciando una nueva falta. Además de mal alumno, es grosero, desobediente e inculto. La madre suplica, pero su hijo se encierra aun más en sí mismo. Se arriesga: si el mundo es insufrible, al menos correrá el riesgo de conocer al Maestro.
Es hora de cenar en casa de Mozart. Sopa de puerros, patatas y bistec. La cena servida en porcelana y cubiertos de plata. Con suma elegancia así coman fideos. El chico golpea la puerta y el misterio está por resolverse. Dirá una frase sencilla. Buenas noches, quiero saber si es posible conocer al maestro. Indiferencia. Un gusano se derrite en el porche. Está bien, pasa, el gusano respira aliviado. Atraviesa un corredor lleno de lámparas y de luz; en las paredes hay cuadros con imágenes de doncellas y jardines, palacetes, y finalmente, en el comedor, el gusano se detiene. Su vida se divide en dos, antes y después, el maestro mira con aire confundido y sirve otra copa de vino. Está ebrio y al chico le ofrecen una silla y en un instante un plato de sopa. Es demasiado. No sabe qué decir y su madre suele observar que es mejor no abrir la boca para que no entren moscas. No se ve ninguna pero por si las dudas pega los labios y entre las muelas pide permiso para comer. No hará ruido para no ser cuestionado por una mirada o un par de ojos inquisidores. Mozart se pone de pie y parece como si el mundo girara en pos de él. Es llamado Eminencia en algunas partes, se le saluda con una inclinación. En últimas, tampoco lo miran a los ojos.
El piano aguarda, como una mujer. Y Mozart reempieza una función que termina con suerte en la madrugada. Los dedos repasan, consuman. Recorren lo conocido mil veces, el terreno encantado y mítico. Las teclas son como pezones, sienten. Se erectan. Se asiste gratuitamente a un encuentro sexual. Se guarda silencio. Que nada acabe la concentración del maestro, el piano, doblemente excitado. En cuerpo y alma. Se descubre a sí mismo en cada nota y enaltece su autoestima. No en vano, desde entonces, su orgullo perentorio. Su altivez. El piano nació asexuado y ahora está en la meca del placer. En el delirio. En la mezcla de pasión desorbitante y engreimiento. Las teclas responden a los dedos de Mozart y el chico-gusano observa a contraluz. Más tarde, F. lo intentará en el piano que le darán en Navidad, pero le tomará años lo que a su vecino le costó un gen. A los seis años Mozart ya daba conciertos. A los quince era un volcán, explotaba, liquidaba, dejaba cuerpos y oídos extenuados y agonizantes. Desde niño vio la luz de la gloria y ahora era una cadena; la posteridad y el apellido serían un aditamento para las generaciones futuras y esa casa, ese mismo corredor por donde el chico-gusano y otros más habrían de atravesar una y otra vez en una búsqueda interminable, sería objeto de adoración. Cada mueble, cada cristal, cada marco de ventana, tapete persa y repisa, camas y cojines serían fotografiados y grabados en video. Su vida sería argumento para cientos de filmes sobre su locura, su genio, su divinidad, su música. Wolfgang descargaba todo tipo de sensaciones porque su música era energía pura. Y el chico-gusano sería atraído en otra historia por la flauta imperiosa de Hamelin. La música desaparecía. Y regresaba. Y esa noche, en la oscuridad, con los ojos cerrados, intentó repetir la melodía largamente buscada. Su oído hizo lo que pudo y sus manos desfilaron a través de las teclas pero ellas respondían adoloridas. Si las tocas demasiado fuerte las lastimas. Y les gusta el trato suave. Salvaje pero cuidadoso, místico casi. Las yemas de los dedos desprenden una suerte de sudor lubricante como la saliva que se necesita para pasar las hojas de un libro. En el piano los dedos se ejercitan y fornican y el espectáculo es apreciado con ansiedad de voyeur.
Mozart, cuyo nombre en sí mismo es una melodía, acababa de enterrar a otro de sus hijos y se refugió un par de días en los brazos de Constanze. Estaba cansado pero insistía, complacido pero enérgico. Cuatro vástagos reposaban bajo tierra. Y el talento era una cruz que no dejaba de ser un agobio.
Llegaba el otoño y Wolfgang caminaba ahora más lentamente, a veces, apoyado de su mujer, otras, acompañado por el joven F. Las teclas del piano estaban en la base de la plenitud. Aguardaban, desesperadas, el momento en que llegaba Mozart a poseerlas a cualquier hora del día, la noche o la madrugada. Amadas y saciadas, con el aspecto brillante del buen amor, de la dulce compañía. De la persistencia. Del deseo que no culmina luego de satisfecho, insaciable en todo caso. Blancas, negras, ya no eran doncellas pero no necesitaban serlo, aquí la experiencia es una virtud, y de las mejores. Quién puede resistirse al placer de un artista que recrea y compone y estimula una y otra vez sobre la piel. El sonido se aleja con la distancia pero la sensación es imperecedera. La caja de resonancia se abre y se cierra para otra ocasión. Las manos hacen un recorrido final antes de volver a dormir. La cama y la mujer esperan. Y Mozart se desploma. Los pies todavía le duelen. Paseos al campo para disipar la mente y el espíritu y los árboles y la naturaleza y el color verde y amarillo.