Es verdad que no sé decir las cosas como deben decirse. También reconozco que no tengo la facilidad arrobadora de algunos para inventar metáforas, cortes impecables, coartadas imaginarias y tramas grandilocuentes.
Lo único que sé es que conozco cosas que nadie ha conocido. Resentido sensaciones que nadie ha podido sentir. Claro, puesto que no estaban en mi lugar cuando lo que experimenté sucedió. Y como tengo la imposibilidad de contarlo como se debe, alguien contará, algún día, algo que se asemeje. Pero no será lo mismo que lo que yo hubiera podido decir.
Por ejemplo, no creo que puedan narrar el momento de mi encuentro con el bote vacío de Pachuco. Porque, primero, nadie sabe quién es Pachuco, y segundo, porque nadie conoció a Pachuco mejor que yo.
Pachuco era mi mejor amigo, y mejor aun, mucho más que mi amigo. Nos criamos juntos, o casi juntos, porque estábamos separados por una pared tan delgada y transparente que se podían oír los cuchicheos, los estornudos y las toses humedecidas por los catarros, que yacían del otro lado. Se oía gritar y reír. Y cuando su abuela le ponía las compresas, o le hacía las ventosas, con el vaso en el que todos los días tomaba su té hirviendo, bueno, la pared se volvía transparente. Y yo podía ver a doña Susana inclinada encima del tórax de mi amigo, mientras que el vaso chupaba sus costillas, deslizándose hasta su espina dorsal. Y podía ver también a Pachuco que gemía, dando patadas en el aire. Nadie más pudo conocer a Pachuco como yo lo conocí.
Cuando de noche dábamos la vuelta a la manzana, agachados por debajo de las ventanas que daban a la calle, para aguaitar1 a la Delia que se sacaba las enaguas y se quedaba con medias y cuadros2 de seda, y así casi pilucha3 se miraba en el espejo. Casi nos moríamos, tratando de aguantar el jadeo que se nos subía del fondo del pantalón. Y después de mucho acechar nos dábamos cuenta de que teníamos los calzoncillos empapados por el amor, que se nos había escapado solo, sin esperar siquiera a que estuviéramos de vuelta en nuestras camas.
Pachuco y yo éramos tan iguales en todo, que suspirábamos por el mismo valse de senos que recorrían las calles. Por el mismo vaivén de nalgas que se escondían tras las cortinas a medio tirar. Soñábamos con los mismos perfumes, las mismas sonrisas. Iguales a las que lanzaban las minas4 del teatro Victoria, en las películas de la matiné.
También nos gustaba ir a bailar en La Tabaquera. Ambos éramos los campeones del tango en los bailes de los sábados. A veces una mina nos decía al oído: “dale saludos a tu hermano”, o “dile a tu hermano que lo espero a las tres, en la caleta”. Y nos consultábamos siempre para saber cuál de los dos iría a la cita. A veces ganaba él, y a veces yo. Las chiquillas mostraban una cara larga, porque en vez de esperarme a mí, lo esperaban a él, o lo contrario. Pero esos detalles nunca empañaron nuestra amistad.
Cuando Pachuco conoció a Nadia, o cuando yo también la conocí al mismo tiempo que él, ya habíamos abandonado los tangueos por el rock and roll. Habíamos hecho una vaca5 para comprar una guitarra, que después fuimos a empeñar para comprar un par de altoparlantes. Y como nos vimos con el dilema de que sin guitarra, pero con altoparlantes la bulla no era igual, decidimos saldarlos para recuperar la guitarra. Buscamos al cantor del boliche del bachicha6 para que nos enseñara a acordarla, y con la oreja pegada a la radio aprendimos a tocas los ritmos que más nos gustaban.
Empezamos a lucir pantalones con patas de elefante, que nos escondían la mitad de los zapatos, y camisas rosadas que nos hacían aparecer aun más morenos. Después nos peinamos con un copete. Y así fue como la Nadia cayó de rodillas : “No sé a cuál de los dos quiero más”, decía, poniendo los ojos en blanco como si fuera a desmayarse. Y ambos la llenábamos de piropos: “qué linda bata luces, qué pollera tan primorosa, qué bien te va el peinado, qué bien te sienta el escote...”. Y le robábamos un beso. Teníamos una mejilla para cada uno.
Nadia consentía bailar el rock con uno de nosotros dos, mientras el otro tocaba la guitarra. Después nos citábamos en el Parque Italia, antes de las diez, porque sólo tenía permiso para llegar hasta las once. Pero nunca quiso que la acompañáramos hasta la puerta de su casa: “¡Si mi papi me ve, me mata!” decía frunciendo el ceño, y fingiendo el espanto, agregaba: “Es carabinero y sería capaz de llevarlos presos”. Y Pachuco y yo decíamos en coro: “Ah, bueno, si después nos lleva presos, es mejor que te vayas sola”. Y la acompañábamos hasta la micro7 que se iba a Reñaca. Pasamos el verano entre citas, besuqueos y guitarreos.
Cuando se anunció la vuelta a la escuela, Nadia se despidió prometiendo escribirnos para que nos viéramos los sábados o los domingos. Y con Pachuco nos turnábamos para ir al encuentro del cartero. Pero nunca recibimos una misiva.
Pachuco se puso a trabajar en la panadería de los Zazópulos y Diamantidis, los panaderos y pasteleros griegos que tenían la panadería más grande del barrio. Yo busqué trabajo por el lado del puerto.
Mi padrino había sido astillero y me dio una recomendación. Logré una pega8 como cargador de muelles.
En la radio, la música iba cambiando de ritmo. Ahora se oían guitarras que acompañaban sonidos hasta entonces desconocidos para nosotros, que sólo habíamos sido buenos para el rock and roll.
Pachuco llegó un día luciendo un charango: “¡De primera, gallo,9 de primera!”. Pasó tardes enteras rasgueando las cuerdas que emitían un sonido extraño para mí, y que hasta me resultó desabrido.
Lo cierto es que me costó acostumbrarme. Yo sólo tenía oreja para la guitarra eléctrica.
Después se le ocurrió comprar una quena. Sopló, sopló y resopló, hasta el día en que logró sacar la primera nota, que hizo dar un sobresalto a doña Susana y espantó al gato que dormía tendido entre los maceteros. Y a partir de ese día, sólo tocó lo que ya se escuchaba en todas partes.
“Gallo, tenís que aprender a soplar en la quena”, me repetía cada vez que nos veíamos, o si no “Tenís que aprender a tocar la zampoña, vai a ver que podremos pasar en la radio, y hasta en la tele...”. Pero yo nunca logré sacar una sola nota a esos pedazos de caña. Por ese entonces, Pachuco ya se había vuelto un perito de los soplidos. Un experto de los aires a la moda. Un virtuoso de los ecos andinos.
Empezó a conocer a otros músicos que también tocaban folklore. Y poquito a poco se fue haciendo amigo con ñatos10 que presentaban programas musicales. Hasta conoció a un productor de discos que vivía en Estados Unidos, y que había venido especialmente a escuchar lo que se estaba tocando en el Cono Sur.
Doña Susana empezó a calentar teteras y más teteras con té, porque melenudos y chascones11 venían a buscarlo a la casa.
Yo, cansado, molido de tanto cargar y descargar, me desplomaba en mi catre, mientras al lado se elevaban sonidos que invocaban ritos antiguos, cosechas amontonadas en los graneros, descargas de caballería, sacrificios de llamas, y qué sé yo.
Hasta que un día sucedió lo que tenía que suceder. De tanto soplar y resoplar, se puso a figurar en la radio, después pasó en la tele. Y ahí fue cuando la Nadia salió a flote.
Habíamos pasado meses enteros sin hablarnos. Primero, porque los melenudos que frecuentaba ahora no me gustaban. Y segundo, porque como tenía que levantarme muy temprano, no podía compartir con él las peñas que armaba con sus amigos. Olvidé decir también que, cuando pasó en la radio, había abandonado su trabajo en la panadería de los Zazópulos y Diamantidis. Entonces, para él el problema del horario ya no era uno.
Una noche me sorprendió en mitad del sueño. Me había sacudido un buen rato para lograr tirarme de mi cansancio letárgico y cuando por fin abrí los ojos, vi su chasca12 rizada que se inclinaba, tapándole casi los ojos.
—¡Oye, güevón!13¡Adivina!
—¿Qué?
—¡Ya pó, despiértate!
—¡Puchas, pá qué me despertai tan temprano, estoy más molío!14
—¡No pós güevón, si es re importante, adivina quién me escribió!
—Una mina supongo, ahora que te ven en la tele no tenís necesidad de rascar la guitarra eléctrica en los malones...15
—¡Nadia, güevón! ¿Te acordái de la Nadia?
Entonces, cuando citó el nombre de la Nadia, me desperté por completo.
Había noches en las que me había quedado dormido soñando que la volvíamos a ver. Nos dábamos cita por allá, por la caleta de los pescadores. Ella se reía, siempre reía. Jugábamos al escondite y nos metíamos en uno de los botes vacíos que los pescadores habían dejado en la arena. Pachuco contaba, uno, dos, tres, cuatro, cinco... y llegaba justo cuando me había acercado para besarla en la boca. Soñaba con besarla en la boca. Con darle uno de esos besos largos, latigudos, que duraban horas. Besarla sólo en una de las mejillas que me reservaba, porque la otra era para Pachuco, ya no me bastaba. No supe nunca si Pachuco también soñaba lo mismo. Lo cierto es que cuando nombró a Nadia, supe que aquella noche sería larga para mí. Que a la mañana siguiente cargaría los sacos de té y de café que los barcos, siempre apurados, depositaban en el muelle, para volverse hacia otros confines, con los ojos pegados y la cabeza en las nubes.
Pachuco se sentó a los pies de la cama y con gestos nerviosos y hablar apresurado, me narró la entrevista que había tenido con ella.
—Ya no estudia más, ¿sabís? Trabaja en la Intendencia. La colocó16 su papá. Ahora ya es independiente, o casi, porque todavía vive con sus viejos. Pero sabe un montón sobre la música andina. Hasta me prestó un disco que había llevado para que yo lo escuchara. ¡Puchas, qué bueno, güevón!
Y al hablar, mi amigo hacía brotar sonidos de flautas, rasgueos de charangos:
—Y lo que tocan los rancheros, y lo que se apegó a lo que ahora tocamos, y lo que quiere decir cuando el ritmo se apresura. ¡Todo lo sabe, güevón, todo! Hasta lo que escribió el folklorista ese, bueno, ahora se me escapa el nombre, pero lo tengo en la punta de la lengua. Y también me preguntó por ti. Que cómo estabai, que qué hacís. Yo le dije que ahora estai de cargador en los muelles. Se sorprendió, me dijo: “Jaime es un verdadero trabajador”. ¿Te dai cuenta? Como si cargar sacos todo el día fuera una gloria. Le dije: “Está tan agotado que ni siquiera tiene fuerzas para tocar la guitarra”. Entonces se calló y tristemente meneó la cabeza. No cabe duda de que tú eres el héroe para ella. Hasta me pregunto si tengo razón de seguir soplando en las flautas, nada más que para ver si también menea la cabeza cuando se trate de mí.
Y así fue como Nadia volvió a entrar en nuestras vidas.
La volví a ver en uno de los shows que mi amigo daba en la radio. Había público en la sala. Yo nunca había asistido a una de esas transmisiones en directo, en donde la gente que comía en su casa escuchaba también los aplausos como si estuvieran presenciando la emisión. Cuando nos vimos, nos dimos la mano. Pachuco reía dándome palmadas en la espalda:
—Bueno, no seai tan tímido, dale un besito... Y Nadia, recuperando los antiguos gestos a los que nos había acostumbrado, me tendió una mejilla. Rocé su piel suave con mis labios y su perfume me penetró hasta el fondo del cerebro. Creo que aquella fue la primera vez que pude apreciar de verdad la música que ahora tocaba Pachuco. Quizás fuera porque la presenciaba sentado al lado de Nadia y que veía que ella escuchaba tendiendo todas las fibras de su cuerpo, bebiendo cada nota, gozando con el ritmo que marcaba con uno de sus pies.
La velada terminó a eso de las doce, y después nos fuimos a comer un churrasco en uno de los bares del puerto. La conversación giró en torno al Nuevo Orden Social. Yo escuchaba callado. Pachuco hablaba con fiebre:
—Escuchen nada más las palabras que ahora cantan en todas partes —decía, así se deben decir las cosas y no de otra manera, y continuaba—, ahora esto nos concierne a todos, no podemos quedarnos tibios, el que no está con nosotros está en contra.
Nadia replicaba que estaba de acuerdo con el principio, pero que eso no debía generar los desórdenes que estaban acaeciendo:
—Pues todos tienen derecho a expresarse, pero no de armar líos.
Yo pensaba que tendría que levantarme al día siguiente. Pero lo que más me pesaba era el no haber podido verla solo. El no haber podido tomarla en mis brazos y estrecharla hasta sacarle la última gota de jugo, de ese jugo perfumado que parecía irradiar de ella, que parecía bañarla entera.
A eso de las tres de la mañana, después de haber despellejado todos los cantos habidos y por haber, y que hablaban de justicia y de igualdad, Pachuco se acordó de que yo tenía que levantarme temprano.
—Bueno —dijo—, será mejor que nos vayamos, porque Jaime tiene que ir a ganarse la vida y ustedes no saben de qué manera. Es el verdadero trabajador, de esos que sudan el día entero.
Y Nadia agregó riendo:
—Pero no tiene cara de sufrir mucho, hasta lo encuentro más maduro, más hombre. Trabajar duro te sienta bien, Jaime.
Y nos despedimos dándole un beso en cada mejilla, que ella nos tendió riendo a carcajadas.
Llegaron las elecciones. Después de habernos reunido en mitines, votado en blanco y desfilado por las calles y plazas, tuvimos que votar en serio, y se armó la bulla.
Un día llegué al trabajo a las cinco de la mañana, como de costumbre, y había un montón de gallos con bastones que no me dejaron entrar:
—Somos del sindicato, compañero —me dijeron. Yo no los conocía. En verdad al único que sabía que sí pertenecía al sindicato, ni lo vi. Me volví a mi casa. Me tendí en la cama y dormí. Me desperté sobresaltado. Paré la oreja para saber si Pachuco llegaba, como siempre con sus amigos pelucones, guitarreando y flauteando, pero nadie vino esa noche.
Me puse a soñar que estaba con Nadia. Ya no íbamos más a La Caleta, ahora estábamos en un teatro y Pachuco con sus amigos daban un concierto. Estaba linda la Nadia. Tostada, con un escote que dejaba adivinar la línea de sus senos. Tenía el pelo largo, tan largo que yo temía que la gente que estaba detrás se lo pisara. Y reía, reía tanto que los ecos de su risa lo invadían todo y ya no se podía escuchar el concierto de Pachuco. Me desperté de nuevo con un sobresalto. Alguien corría por la calle, y se adivinaba que no era una sola persona, sino un grupo de gente. ¿A quién iban persiguiendo? Me levanté y abrí la ventana. Alcancé a ver a un hombre ya mayor que gritaba con su boca desdentada:
—¡Güevón, cabrón, concha de tu madre, no soi tú el que vai a dar de comer a mi familia, desgraciao!
Luego, la voz de una mujer que imploraba:
—Pero Alberto, por favor, cálmate, quédate tranquilo, ya nos arreglaremos...
Volví a tenderme en la cama, pero esta vez no pude recuperar el sueño.
No volví más al trabajo, porque ya todo se había desmoronado. Las tiendas cerraban, o cuando no cerraban, decían que no tenían nada poniendo cartelitos: “Se acabó el azúcar, el jabón, la leche, el aceite...”, y a mí se me había acabado hasta la plata... sin pega, hecho una mierda, el más millonario de los pobres ratas sin pega y con hambre... porque tenía un recuerdo que me hacía olvidar la indigencia, y ese recuerdo me llenaba de gozo, mucho más que si hubiera tenido millones en metálico o en billetes. Tenía el recuerdo de Nadia que me alimentaba día y noche; me hacía olvidar el hambre y recuperar el sueño.
La calle adonde Pachuco y yo jugábamos cuando chicos se había transformado en una jungla hostil. Entre vecinos nos mirábamos con desconfianza. Cuando se hablaba dentro de las casas, lo hacían cuchicheando. Todos temían que el otro fuera un delator o un espía. La ventana de la Delia, que había envejecido y hasta a lo mejor ya era abuela, permanecía cerrada.
Una mañana temprano doña Susana hizo sus paquetes y se fue a tomar un tren que la llevaba al sur. “Voy adonde una comadre que tiene una chacra”, dijo despidiéndose por la ventana.
Mis viejos menearon la cabeza con asombro y simpatía. Nunca habíamos sabido que doña Susana tuviese una comadre en el sur.
Cuando sentí el silencio que había invadido las piezas de al lado, la angustia se me anudó en la boca del estómago.
Di golpes en las paredes con la esperanza de obtener una respuesta, igual que cuando éramos chicos y nos castigaban mandándonos a la cama. Pegué combos y di patadas. Llamé despacito:
—Pachuco, ¿estái ahí? ¡Toca la flauta güevón, no seái penca!17
Después me acosté y traté de pensar en Nadia. La llamaba y ella acudía. Tomados de la mano corríamos hasta La Caleta y decía: —¿Juguemos al escondite? —Y Pachuco se ponía a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco... Después llegábamos haciéndonos los tontos y preguntando en voz alta. ¿Adónde se metió Pachuco? ¿Crees que estará detrás de la cabaña? ¡No! Te apuesto lo que quieras a que está debajo del bote. ¿En cuál bote? ¿Ves ese azul que está siempre bocabajo? Y tomábamos impulso para voltearlo, pero el bote resistía, se ponía más pesado. Yo gritaba:
—¡Ya pos, güevón, sálete de ahí, no asujetís tanto que la Nadia va a perder la micro! —hasta que lográbamos voltearlo, pero el bote estaba vacío. Después, corríamos a dar vuelta todos los botes que yacían en la playa. Y mientras más volteábamos, más aparecían y se amontonaban unos encima de otros, hasta el infinito. Pero en ninguno de ellos se había escondido Pachuco...
Notas
- Acechar, vigilar, mirar a escondidas.
- Bragas.
- Desnuda.
- Chicas bonitas.
- Aporte de dinero, dentro de un grupo.
- Negociante italiano.
- Autobús.
- Trabajo.
- Tío.
- Tipos.
- Despeinados.
- Melena.
- Coño.
- Me duelen todos los huesos.
- Fiestas improvisadas de los jóvenes, siempre pasa en casa de alguien.
- Le encontró trabajo.
- Tonto.