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Fallece el escritor nicaragüense
Lisandro Chávez Alfaro

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El escritor nicaragüense Lisandro Chávez Alfaro falleció durante la madrugada del pasado domingo 9 de abril. Reconocido como el padre de la narrativa de su país, Chávez Alfaro dejó de existir a la 1:15 de la madrugada mientras lo acompañaban sus hermanos Ramón y Teresa, y la enfermera que lo asistía desde los últimos meses.

Su partida no sorprendió a familiares y amigos. Chávez Alfaro sufría de un cáncer avanzado y finalmente murió como consecuencia de un ataque de insuficiencia respiratoria. El autor fue velado en su casa de habitación, ubicada en el Reparto Pancasán, en Managua. Desde hacía cinco meses no podía levantarse de su cama, según comentó Teresa Chávez, su cuñada.

“Nunca perdió la lucidez, ni tampoco se quejó de ningún dolor”, comentó doña Teresa. Prefirió la soledad, hasta en el último momento, por eso debía pedírsele permiso para verle, cuando algún amigo le llegaba a visitar. “Nunca quiso ir al hospital, estaba muy consciente de su salud, y de su decisión. Últimamente no escribía nada”, añade.

“Para mí, la muerte de Lisandro es una pérdida irreparable para la literatura nicaragüense, sobre todo para la narrativa”, comenta Luis Rocha, amigo de remotas tertulias literarias, mucho antes del triunfo de la Revolución Sandinista. “Fue el primer nicaragüense en recibir el premio Casa de las Américas, con su obra Los monos de San Telmo”, señala.

Rocha destaca su labor cultural en México, y la influencia que tuvo su novela Trágame tierra, “comparable a la que tuvieron los grandes escritores del boom latinoamericano, como Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes”. Lo califica como un sandinista crítico, y un escritor que reflejaba su carácter solitario y severo en cada una de sus obras. “Su severidad se puede traducir en su narrativa, Columpio en el aire es una muestra de su carácter”, dice.

Bastante apesadumbrado, el poeta Julio Valle Castillo comenta también otros aportes de Chávez Alfaro a la literatura. “Otro mérito que tiene es incorporar el paisaje y la cultura de la costa Caribe a la literatura nicaragüense”. Conservó su sentido trágico de la vida, agregó. “Su palabra predilecta era siniestra, las cosas más tremendas las calificaba de siniestras”.

México fue siempre su segunda patria. “Era un nicaragüense con un acento y un habla mexicana. Juan Rulfo creyó siempre que era mexicano”, recuerda el poeta. En México conoció Chávez Alfaro a su esposa Evangelina Villalón, una renombrada bailarina de danza, con quien no convivía desde hacía algún tiempo, pero siempre le acompañaba y estaba pendiente de su salud.

Meses atrás, asegura Valle Castillo, el maestro Lisandro Chávez Alfaro le comentó que estaba trabajando en una novela que se titularía Charco muerto. También le confesó que tenía mucho interés en una obra que se llamaría Estampas de una revolución pervertida, y que reuniría “muchos aspectos de la Revolución”, comenta el poeta. “Estaba en su plenitud, pero esta enfermedad truncó su carrera de escritor”, añade acongojado.

Recientemente, en diciembre pasado, y como un reconocimiento a su excelsa obra y aporte a la literatura nicaragüense, Lisandro Chávez Alfaro fue nombrado miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Nacido en 1929 en Bluefields, capital del entonces departamento de Zelaya, actual Región Autónoma del Atlántico Sur, Chávez Alfaro se estableció en México desde muy joven. Obtuvo en 1963 el premio Casa de las Américas por Los monos de San Telmo. Así se premió la excelente asimilación que el autor hizo de las más modernas técnicas del boom latinoamericano. Resultó finalista del Premio Seix Barral en 1969.

En 1976 fue nombrado director de la Editorial Universitaria Centroamericana en San José, Costa Rica. En 1979 tuvo a su cargo la Dirección de Fomento del Arte del Ministerio de Cultura, y posteriormente asumió la Dirección de la Biblioteca Nacional Rubén Darío. A partir de 1990 dirigió la revista Universidad, de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua).

Entre sus obras destacan los poemarios Hay una selva en mi voz (1950) y Arquitectura inútil (1954), el ensayo Apología de Malintzin (1994), los libros de cuentos Trece veces nunca (1977); Vino de carne y hierro (1993); Contradanza de cuentos (1997) y Hechos y prodigios (1998), y las novelas Trágame tierra (1969); Balsa de serpientes (1976) y Columpio al aire (1999).

Fuentes: El Nuevo Diario, RIA Novosti