Artículos y reportajes
Guillermo ArriagaLos tatuajes sirven
para esconder cicatrices
Sobre la novela
El búfalo de la noche,
de Guillermo Arriaga Jordán

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—Se dice que usted como escritor
está obsesionado por la violencia.
—Eso es como decir que el carpintero
está obsesionado con su martillo.
La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero.
El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.
William Faulkner. Entrevista

El deterioro de las relaciones humanas como consecuencia del individualismo, de la creciente ola de medios virtuales de comunicación, del desgaste en los valores que conforman una sociedad y de la falta de arraigo a los principios que determinan un orden en la cotidianidad humana, han llevado al hombre a alejarse de sus congéneres, a sentirse extraño en su propio mundo, a violentar el ritmo de vida y a no reconocer ni siquiera su misma forma de actuar. Se trata de una deshumanización palpitante que va agobiando día a día a una sociedad que se va desintegrando en medio de un mundo que le brinda posibilidades de información y de comunicación casi instantánea, pero que se ha olvidado del espacio interno y cercano del hombre.

No son pocos los escritores que han tocado el tema del desarraigo, la soledad interior y la deshumanización, acercándose de manera artística a esos fenómenos que afectan al mundo contemporáneo. La condición humana de André Malraux, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Días felices de Samuel Beckett, Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, o Luz de agosto de William Faulkner, son algunas obras representativas de este tipo de literatura. Y es que el hombre siempre querrá conocerse, descubrirse y buscar en el mismo fondo de sí para entender su forma de actuar, pensar y sentir.

Una reciente novela toca de nuevo el tema y expone sobre el tapete de manera cruda y descarnada los recovecos casi indescifrables del alma humana. Se trata de El búfalo de la noche, novela del mexicano Guillermo Arriaga Jordán, conocido mayormente por ser el guionista de las películas Amores perros, 21 gramos y Los tres entierros de Melquiades Estrada. Este escritor utiliza el suspenso y la intriga en su obra para sumergir al lector en una angustiosa trama que no para de sorprender conforme avanza. Cada página se convierte en un misterio que poco a poco se va desenredando, en ocasiones de manera cruel y sin el más mínimo atisbo de diplomacia.

En El búfalo de la noche, Gregorio, amigo de Manuel, se suicida en el baño de su casa, después de haber pasado largo tiempo en centros psiquiátricos. A partir de ese suceso empezamos a conocer aspectos que rodearon la vida del suicida. Descubrimos, por ejemplo, que Manuel era desde hacía tiempo el amante de Tania, novia de Gregorio. Igualmente, nos vemos frente a frente con los amoríos furtivos de Manuel con Margarita —hermana de Gregorio— y Rebeca, mujeres por las que siente algún tipo de afecto pero a las que nunca ha amado. La locura, la muerte, la desazón, la traición y los hechos incomprensibles comienzan a apoderarse de la trama argumentativa y van creciendo en intensidad. Un búfalo tatuado en los brazos izquierdos de Gregorio y de Manuel se convierte en un elemento que une a los dos personajes. Un día, por iniciativa de Gregorio, se tatúan el búfalo en señal de lealtad y de amistad. Pero para Gregorio la imagen del búfalo comienza a volvérsele una obsesión, más que en su parte física en la anímica.

En vida Gregorio se enteró de la traición de su novia y su mejor amigo, pero aun así decidió perdonarlos, aunque para Manuel ese perdón no fue muy sincero. Cuando muere su amigo, Manuel comienza a recibir llamadas y mensajes extraños, hechos que lo van envolviendo y le siembran una constante incertidumbre. Las recurrentes desapariciones de Tania y la aparición de Jacinto Anaya —compañero de penurias de Gregorio—, le brindan a la narración una fluidez interesante que hace que la misma no deje escapar al lector y lo mantenga en constante vilo, ya que resulta continua la posibilidad de encontrarse con giros inesperados que hacen de la historia una constante sorpresa.

 

Metamorfosis de un narrador

El búfalo de la noche nos muestra a un narrador en primera persona, que salta continuamente del presente a los recuerdos del pasado. Podemos arriesgarnos a decir, además, que se trata de un narrador mezcla de aquiescente y deficiente. Aquiescente porque durante la primera parte de la historia nos muestra que no sabe más de lo que conocen los demás personajes, pero conforme avanza la narración se va convirtiendo en narrador deficiente ya que por momentos parece saber menos que los demás y va descubriendo la acción con ellos.

El narrador va transformando su carácter conforma van dándose los capítulos. En cada uno de ellos vamos viendo que su conversación se va volviendo por momentos más íntima. Es cierto que a su alrededor siempre confluyen otros personajes que le acompañan en las situaciones por las que pasa, pero éstos parecen actuar más como elementos que lo catapultan hacia su propia interioridad.

Resulta interesante el hecho de que el narrador vaya descubriendo poco a poco las respuestas a los hechos que lo intranquilizan. Pero también lo es el hecho de que al final de la novela se quede con interrogantes acerca de algunos acontecimientos que no logra descifrar, es decir, que no ha resuelto del todo sus dudas. Esta estrategia narrativa deja en vilo no sólo al narrador sino también al lector, consecuencia lógica de ir de la mano de un narrador de este tipo.

Guillermo Arriaga traslada a su narrador toda una carga de emociones que el espectador logra desentrañar. Y es que el autor de El búfalo de la noche no es parco al sumarle a la trama elementos que llevan a su narrador a desesperarse, angustiarse, sentir temor, alegría, rabia o resentimiento, entre otras sensaciones. Todos estos elementos van apareciendo de manera natural a lo largo de la novela, es decir, la verosimilitud en cada una de las situaciones que rodean al narrador es clara y sugiere un trabajo arduo y juicioso por parte del autor.

La transformación del narrador a lo largo de la obra es evidente. Página por página vemos cara a cara a Manuel, quien ante nuestros ojos va cambiando y va sufriendo una metamorfosis. El personaje se nos presenta de entrada con sus problemas y preocupaciones, pero a lo largo de la narración llega a convertirse en un ser que se halla inmerso en lo más profundo de sus visiones metafísicas. Lo anterior nos recuerda, si se quiere, cierta forma narrativa de Kafka, en donde el ambiente se encuentra lleno de una intriga que rodea al personaje principal y que inevitablemente le afecta. Veamos: en principio, Manuel nos habla de un encuentro que tuvo con Gregorio, cuando este último se hallaba internado:

Decidí visitar a Gregorio un sábado por la tarde, tres semanas después de su última salida del hospital. No fue fácil resolverme a buscarlo. Lo cavilé durante meses. Le temía al reencuentro como quien teme una emboscada. Esa tarde di varias vueltas por la calle sin atreverme a tocar su puerta. Cuando por fin lo hice me hallaba nervioso, inquieto y —por qué no decirlo— algo acobardado (Arriaga, 7).

Se ve claramente que al autor no le interesa encubrir de manera alguna las sensaciones internas de su narrador. Esto ya es señal de que se avecinan hechos trascendentales que le transformarán de manera traumática. Es decir que la narración comienza en un punto y en un ambiente en el cual las acciones y las situaciones ya toman un matiz abiertamente conflictivo. Resulta claro que esas sensaciones se dan por la situación de la relación que en ese momento Manuel tiene con Gregorio: se halla a la expectativa por saber qué dirá su amigo luego de que se ha enterado de la relación que ha sostenido con la novia de éste.

El cambio es dramático si observamos la transformación, la metamorfosis del narrador hacia el final del texto, en donde los conflictos ya no surgen a partir de la problemática con un sujeto exterior, sino que nacen como consecuencia de su propio trance interno. Es así como el narrador señala:

Varias veces despierto sintiendo sobre mi nuca el azul aliento del búfalo de la noche. Es la muerte que me roza, lo sé. Es la tentación de dispararme un balazo en la frente, de concluirlo todo: es el fuego que me quema por dentro (Arriaga, 205).

Ya la desesperación de Manuel se hace más notoria al pasar de ese primer hombre con problemas en un plano físico, a un Manuel con problemas en un campo al que podemos denominar como abstracto, en ese lugar en el que se halla su alma y en el que la intranquilidad y la angustia se observan de ojos para adentro. Ese cambio de planos hace que la narración tome fuerza y vaya convirtiéndose en un diálogo íntimo que da a conocer la zozobra y la desesperación en la que se encuentra el narrador.

La trama argumentativa permite hacerle el seguimiento a un narrador al que va envolviendo la historia como en una especie de espiral con un agujero negro en su eje. En principio Manuel se halla en un extremo de este lugar, con la posibilidad de observarlo o de darle la espalda, casi sintiéndose ajeno a la fuerza y a la atracción que éste ejerce. Pero en el transcurso de la historia se va detallando angustiosamente la forma en que comienza a acercarse al centro del agujero negro. El lector puede captar como testigo de primera mano la manera en que Manuel va pisando los tormentosos linderos que lo envuelven y, en últimas, puede ver cómo el personaje-narrador se va perdiendo en la inmensidad de ese centro que le atrajo quizá sin que él se diera cuenta y que ahora se lo traga.

La situación que vive el narrador da a entender la presencia de un dramático sino que ya lo tenía destinado a su final. Todo esto nos lleva a pensar en esa serie de elementos recurrentes planteados a lo largo de la obra por el autor, como lo son, por ejemplo, el hecho de que el 22 de febrero sucedieran tantas cosas en la vida del narrador, o de que en últimas Manuel llegó a la misma situación en la cual se encontraba Gregorio antes de su suicidio. Se trata de una serie de coincidencias que no sólo le imprimen la intensidad al relato, sino que lo mantienen en esa constante vitalidad que no escapa a los ojos ni a la intuición de un buen lector.

 

“El búfalo de la noche”, de Guillermo ArriagaLos tatuajes sirven para esconder cicatrices

A lo largo de El búfalo de la noche se denotan circunstancias y hechos que acercan a la novela a ciertos modos de comportamiento del ser humano en general. Se trata de aspectos importantes que tiene que ver con el amor, la lealtad, la crueldad, el engaño y, en fin, de aspectos que tocan latentemente con lo profundo de la conducta humana. Es así como se pone en evidencia la crisis de valores actual y se coloca sobre el tapete la contradicción entre lo ideal y lo real.

En el texto Manuel y Gregorio son los mejores amigos. Gregorio ama a Tania —su novia—, pero a Manuel también le atrae y termina siendo su amante. Este es uno de los puntos que se vuelven álgidos en la vida del protagonista y que introducen el pasaje del búfalo tatuado en el brazo de los jóvenes:

Al principio no le presté importancia al tatuaje, pero al cabo de unos meses la figura del búfalo se tornó un símbolo cada vez más intolerable. Mirar mi bíceps izquierdo llegó a enfurecerme: había vuelto a caer en una de las trampas urdidas por Gregorio en su frenético juego de obsesiones.

El tatuaje suponía un pacto de lealtad ciega entre los dos. Pero yo, ¿de qué lealtad podía hablar si en esa época me acostaba diario con Tania? ¿Qué lealtad podía profesarle a un tipo que se la pasaba recluido en hospitales psiquiátricos la mayor parte del año? ¿Cuál lealtad, carajo? (Arriaga, 16).

Resulta preocupante una visión de este tipo en cuanto a las relaciones de amistad y de lealtad, pero a la vez se desenmascara de una manera clara el hecho de que el ser humano está lleno de contradicciones y que, por lo tanto, muchas veces su comportamiento se convierte en una constante incógnita, más si se tiene en cuenta que sobre sus decisiones o su manera de ver el mundo influyen las conveniencias o las necesidades que requiera o que por lo menos espera ver o escuchar, aunque esta forma de actuar únicamente sea cierta o válida para él.

Hay que entender que, en general, el género conocido como novela, por lo menos a partir del siglo XX, tiene que ver no sólo con la estética sino con la capacidad de análisis acerca de los problemas ligados al ser humano y a las circunstancias en las cuales se mueve dentro de un mundo que, de alguna forma, le marca o le presenta ciertos rumbos a seguir. De allí que la verdadera novela logre desentrañar de manera acertada esos escondrijos del alma humana. Esto le permite al género tener una visión cercana y privilegiada de los hechos que rodean la existencia y el entorno del hombre. La novela rompe, entonces, con todo aquello que es considerado ideal y se acerca a lo vital, es decir, lleva a hacer una desmitificación que se antoja necesaria. Nodier Botero Jiménez explica que el concepto de mito como elemento vivo de la sociedad “contribuye con su heterogeneidad y su omnipresencia al enajenamiento de la conciencia colectiva” (Botero, 13), razón que aclara la importancia de la novela como género desmitificador en los diversos ambientes en los que se mueve el mito, llámese psicológico, político o social, entre otros.

En la novela de Guillermo Arriaga resulta más que evidente esta desmitificación, ya que a partir de ella se comienzan a elaborar los nudos que van atrapando al personaje principal y que lo enfrentan con un ser interior que ni él mismo logra reconocer. Para Manuel el hecho de engañar a su amigo y traicionar la supuesta lealtad que prometen mantener, tiene no sólo sus explicaciones sino sus justificaciones. Es así como expone una serie de ideas que para él se convierten en una serie de razones claras para su actuación. Es decir, acalla su conciencia, no escucha las demás razones que quizá en el fondo están gritándole, es decir, le da la espalda a la razón de su propia voz interior consciente, para escuchar a una voz que resulta más fuerte y que nace del mismo sitio en el cual surge la otra. Llegamos al punto en el cual se observa al hombre como un cúmulo de contradicciones que, de todas formas, lo hacen ser eso que es: humano y sometido en cierta forma a sus pasiones.

Lo que más sorprende mientras va transcurriendo la historia, es que el único que traiciona no es Manuel, sino que la misma Tania y el mismo Gregorio lo han hecho. Y es que con el tiempo, Tania y Manuel se vuelven pareja, y, al parecer, la relación de ésta con Gregorio se termina —o por lo menos eso piensa Manuel. Luego de que Gregorio se suicida, Margarita, su hermana, llama a Manuel para entregarle una caja que el primero le había dejado días atrás. En realidad el suicida no dijo que se la dieran a Manuel, pero por esas cosas del destino llega a sus manos. En principio duda en abrirla pero poco tiempo después lo hace y descubre algo sorprendente:

Después de revisar un montón de papeles con mensajes crípticos hallé la clave que me ayudó a descifrar el sentido de todo lo demás. En el dorso del recibo de una gasolinera cercana al hospital psiquiátrico Tania había garrapateado:

“Mi amor, no me dejan entrar a verte. Estoy desesperada. Van tres veces que vengo. No sé qué hacer. Ya no está el vigilante que cuidaba antes y me dejaba entrar. Pero aquí estoy esperándote. Siempre, no lo olvides. Ojalá y te llegue esta nota”.

Abajo Tania había escrito dos de las frases de las canciones copiadas por Jacinto Anaya:

“Cerca de ti todo es nuevo, es estar en el centro del fuego”.

El recibo databa de apenas seis meses atrás. Ambos habían mantenido intacta su relación por sobre mí y a pesar mío. No me lo había imaginado. No había sido capaz de adivinar lo que sucedía a mi alrededor y eso fue lo que más me lastimó. (Arriaga, 124).

El desleal descubre que han sido desleal con él. Y le duele. Este reconocimiento es en extremo trascendental en la intriga de la novela, ya que comienza a dejar al descubierto los matices paradójicos de la existencia. Manuel se sentía con todo el derecho de ser desleal a su amigo pero se vio sorprendido por el arma que él mismo usó, y esta vez no sólo por su amigo sino por la mujer que tanto amaba.

Es, como se ve, un mundo que coloca al protagonista en situaciones que le llevan a discutir con el mundo en el que se mueve, y no sólo a partir de quienes lo rodean sino a partir de él mismo. Botero, citando a Joseph Campbell, señala que el héroe de la novela actual viene a cuestionar y a desmitificar los mitos existentes, ya que “el héroe ha muerto en cuanto hombre moderno; pero como hombre eterno —perfecto, no específico, universal—, ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña formal ha de ser volver a nosotros transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida” (Botero, 51), ya que, complementa Botero, con la sabiduría aprendida el héroe cuestiona su mundo, tratando de derribar sus mitos y de penetrar sus laberintos ideológicos.

Observamos que Manuel, consciente e inconscientemente, cuestiona su mundo interno y externo. En este proceso se va desmitificando ese mundo que le es familiar pero que no es perfecto. Mientras esto sucede, vemos que el protagonista se acerca a lo universal en cuanto a que todos esos elementos que lo acompañan y que le causan zozobra, son los mismos que pueden acompañar a un hombre contemporáneo. Es decir, que novela y protagonista son universales y vienen a enfrentarse al medio en el que se mueven, mostrando que las circunstancias que rodean la existencia no tienen únicamente una cara, sino que poseen infinidad de aristas que la hacen susceptible a situaciones y cambios que, muchas veces, ocurren de manera radical, pero no por esto, quizá, definitiva.

 

Sobre máquinas, soledades y jaguares

En El búfalo de la noche se dibuja de muchas formas la deshumanización y la lejanía que el ser humano afronta cada día. En un pasaje del libro, Margarita se encuentra junto a una máquina lavadora y una secadora. Manuel la encuentra allí y comienzan a hablar del día en que ella creyó que estaba embarazada:

En esa época me venía a refugiar precisamente aquí y con cualquier pretexto echaba a andar la secadora o la lavadora y las escuchaba: fuash, fuash y vas a pensar que estoy medio loca pero al oírlas no me sentía tan sola... y metida en este cuarto, horas y horas, me ponía las manos sobre la panza tratando de adivinar si algo se movía dentro de mí.

Musitó de nuevo “dentro de mí” y enmudeció. Su mirada se perdió en el vacío, en el recuerdo de un ser que jamás habitó su vientre (Arriaga, 24).

El consuelo y la compañía que recibe Margarita provienen de las máquinas a las que va a escuchar para sentirse acompañada. Todo esto habla de una época en la cual es más fácil encontrar refugio en el computador o en los videojuegos. La paradoja de estar lejos a pesar de estar cerca, la soledad que habita al ser humano y sobre la que tanto recalcan los escritores latinoamericanos. Es imposible abstraerse a esta idea sobre la cual el mismo Arriaga trabaja. Octavio Paz señala que “el hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso cada vez que se siente a sí mismo se siente como carencia de otro, como soledad” (Paz, 175). Margarita, al hablar de su propio interior, habla de su interior metafísico, de ese al que se remite para conocer su origen ancestral, pero también al interior físico, en donde posiblemente se moviera un bebé. El fuash, fuash de la máquina le permitía, en cierta forma, sentirse aliviada y limpia por dentro. La máquina no estaba afuera, estaba dentro de sí. Quizá hubiera querido que una persona la hubiera consolado, le hubiera dicho que estaba con ella, la hubiera aconsejado, pero únicamente estaban ellas: las máquinas, las que le “hablaban” cuando ella quería, cuando las necesitaba.

La deshumanización trae consigo elementos como la soledad, la tristeza, el desamparo y la angustia. Las máquinas a las que escuchaba Margarita metían dentro de sí la ropa y luego la sacaban limpia, pero en sí se trataba de movimientos mecánicos. Quizá Margarita aprendió de ellas más que de la humanidad. Quizá por ello vio que dentro de las máquinas se metía la ropa y luego se sacaba, y que éstas no se preocupaban por el destino de aquel material al que limpiaron y secaron; quizá por ello cuando Manuel le preguntó qué hubiera hecho si hubiera estado embarazada, respondió:

—Hubiera abortado (...) (Arriaga, 27).

La crueldad es también consecuencia de la deshumanización. En el texto encontramos varios ejemplos de su presencia. Uno de ellos es bastante diciente, y es el momento en el cual Manuel le dispara a un jaguar que se encuentra en el zoológico de Chapultepec, donde el protagonista había quedado de verse con Jacinto Anaya. Al llegar descubre que éste no se encuentra sino que es Tania la que está allí. A Tania le gustan los jaguares y por eso los observa, pero en el transcurso de la conversación ésta le dice que en realidad sí se acostó con Gregorio a pesar de que ya era su novia. Manuel se llena de ira, saca un revólver y dispara contra uno de los jaguares:

Giré hacia el foso y comencé a disparar contra el jaguar macho. El primer balazo le dio en los cuartos traseros. El jaguar se incorporó vertiginoso y empezó a dar vueltas en círculo. Corregí la puntería y el segundo y el tercer disparo le pegaron en el pecho. El jaguar rugió de dolor y se revolcó en el suelo. Vacié sobre él el resto de la carga sin herirlo más (Arriaga, 148).

Aquí, el protagonista da muestra de la ira que enceguece y la crueldad que se ensaña con un ser que no puede defenderse. Y aunque es verdad que la ira es un sentimiento que forma parte del ser humano, en el texto se da como un comportamiento extremo, que desdice de los sentimientos de humanidad hacia los seres vivos. Resulta impactante la forma en que Manuel vacía su arma sin vacilar, sin remordimiento, sin respeto por la vida.

En el pasaje señalado, nos encontramos ante una escena que ejemplifica una total muestra de desinterés por un principio vital como lo es la vida. Pero también debemos entenderlo desde el punto de vista metafísico. Como se sabe, los jaguares representan un animal sagrado para las tribus indígenas de casi todo Latinoamérica. Es un animal asociado al poder y a la sabiduría desde la antigüedad, razón por la cual en el pasaje mencionado se puede dar una metáfora del asesinato de lo que representa el origen del hombre, su propia humanidad. Al atacar al jaguar podemos decir que Manuel atacó simbólicamente a lo que representa su propia humanidad ancestral. Y es que resulta claro que no es gratuita la utilización en la novela, por parte del autor, de este animal. El hombre de la actualidad está asesinando sus orígenes y le está dando la espalda a su mundo interior. Está tratando de encerrarlo y atacarlo, pero, a diferencia del jaguar del zoológico, ese mismo mundo interior se revela y cobra fuerzas para defenderse, y se le presenta cara a cara, momento en el cual el hombre comienza a confundirse al enfrentarse a un ser que no conoce: su propio yo interior del que se ha olvidado, su propia humanidad a la que dejó encerrada y a la que permanentemente ataca sin compasión.

 

El amor es más frío que la muerte

La forma en que se ve el amor es otro de los elementos que resulta interesante analizar en esta novela de Guillermo Arriaga. Manuel, como sabemos, es novio de Tania. Pero a la vez la engaña acostándose con Margarita y con Rebeca. Lo contradictorio es que Manuel asegura que a la única mujer a la que ama es a Tania, entonces por qué razón busca a otras mujeres. ¿Instinto? ¿Necesidad? ¿Capricho? Pienso que en realidad el amor de Manuel no es tan verdadero como él lo cree. O no por lo menos en el sentido de un amor único, en el cual una persona —Tania en este caso—, ocupa el corazón del protagonista de manera total. Pero Manuel no es consciente de esto, precisamente por la forma en que la vida contemporánea ha vendido la idea de amor. Es decir, para Manuel su amor por Tania es verdadero dentro de lo que él considera un sentimiento amoroso limpio, pero a la luz de un amor puro e idealizado no lo resulta tanto.

Es claro que para el autor resulta vital mostrar la forma en que las relaciones humanas se han corroído hasta las bases, llevando a una degradación aun de los sentimientos más profundos del hombre. En esto radica gran parte de la importancia de la novela de Arriaga: en mostrar de manera descarnada los hechos que aquejan a una sociedad, sin juzgarla pero sí con la mayor objetividad posible. El amor como sentimiento profundo resulta, entonces, un elemento vital para este objetivo. Y es que no se trata tan sólo de Manuel o Tania, sino también de Rebeca, quien engaña a su novio con Manuel. En suma, el autor recalca sobre un punto que resulta claro en la época contemporánea: el amor se encuentra en crisis. Y no sólo se trata del amor sino de los sentimientos que tienen que ver con ese mundo que se mueve en la esfera de lo trascendente.

El egoísmo se ha trasladado a ocupar el puesto de lo que es el amor, tratando de formar una simbiosis que, en el caso latinoamericano, resulta patente debido al carácter emotivo de los habitantes de esta parte del continente. En uno de los apartes del texto Manuel se encuentra en la casa de los padres de Tania, durante una de sus constantes desapariciones:

Ambos tenían la certeza de que Tania regresaría. No lo dudaban pero la espera los estaba consumiendo. “Un día más de éstos Manuel y me muero”, me dijo la madre entre sollozos. Estuve tentado a decirle: un día más y mato a su hija. No pensaba decírselo en son de broma. No, porque de verdad lo creía. Matarla para que sus ausencias no me mataran tanto. (Arriaga, 59-60).

Manuel quiere matar a Tania para que él no sienta dolor. En ningún momento se preocupa por su paradero como consecuencia de una inquietud meramente estoica sino que pone de manifiesto sus exigencias internas. El amor, pues, se denota en el texto como una necesidad de satisfacer necesidades algo egoístas y no como una entrega desinteresada hacia el otro, lo cual da testimonio de muchas de las relaciones contemporáneas. Esto último resulta importante, ya que Manuel no actúa de esa forma de manera consciente, sino que aplica el modelo que le presenta la sociedad en la cual se mueve, es decir, sus acciones se dan como resultado de las visiones de un mundo contemporáneo en el cual el hombre quiere sentirse cómodo sin importar a quién tenga que usar para lograr su objetivo.

 

Realmente es terrible que haya espejos

Un aspecto que no puede pasarse por alto en El búfalo de la noche, y que tiene que ver directamente con los elementos que hemos analizado aquí, es el del desconocimiento por parte del ser humano de sí mismo. Remitámonos al pasaje en el cual Manuel corre y se esconde luego de haber matado al jaguar:

Me quité el suéter. El sudor mojaba mi espalda y mi pecho. La comezón por la lana era insoportable. Me temblaban las piernas. Se me dificultaba respirar. Hundí el rostro en el pasto. No entendía por qué lo había hecho (...) (Arriaga, 149).

El protagonista no entiende qué le pasó, en qué momento se transformó, qué fue lo que sucedió y qué le llevó a hacer el salvaje acto que cometió. Pero, ¿cuál es la razón por la cual Manuel se sorprende, si en últimas fue él mismo quien disparó contra el jaguar? ¿Acaso se siente distinto?

Heráclito ya decía que nadie se baña en el mismo río dos veces, en clara alusión a la constante transformación del ser humano, quien día a día va conociendo o haciéndose de vivencias que van cambiando su manera de concebir el mundo. En este proceso resulta importante entenderse a sí mismo, ser consciente de los cambios que se van dando, de las causas que lo generan y de las consecuencias que éstos traen a la vida cotidiana. Pero cuando no se tiene conciencia de esos cambios, o cuando no se logra descifrar su objetivo, se llega a un estado de confusión y de desconocimiento. Es como si el hombre que se durmió ayer hoy se despertó sin reconocerse, como si ese hombre de ayer estuviera viendo a un hombre que hoy le es ajeno a su propia existencia. El ser humano requiere, por tanto, estar atento a los más mínimos cambios que le suceden en su interior, adueñarse y aprender de ellos; pero cuando no logra asimilarlos se genera un extrañamiento interno.

Borges afirma que “realmente es terrible que haya espejos” (Borges, p. 114), refiriéndose a ese cara a cara al cual se ve enfrentado el hombre cuando se mira frente a uno de ellos. Y es que el ser humano muchas veces prefiere evadir la realidad o, también sucede, crea una propia realidad a la que no es capaz de juzgar objetivamente. En su angustia, Manuel no entiende la razón por la cual disparó, pero si se conociera un poco más se daría cuenta de que lo hizo porque dentro suyo habitaba ese otro que quería hacerlo y al que no pudo dominar porque no lo identificaba. Si se hubiera reconocido a él mismo, muy seguramente habría podido vencer el impulso de disparar o, en otro caso, si lo hubiera hecho sería consciente de que se trató de un acto totalmente calculado.

En otro pasaje Tania habla con Manuel y le dice que esconderse era una manera de mostrarle que lo amaba más que nunca, y agrega:

—Estoy escondiéndome de mí misma, no de ti (Arriaga, 92).

Ese esconderse de sí misma vuelve a denotar la preocupación del autor por mostrar un mundo en el que el ser humano quiere huir de su propio yo, de ese interior que se le muestra como un infinito espacio desconocido. Y es que el ser humano es capaz de conocer muchos de los lugares más recónditos del espacio, o de saber qué ocurre en otros lugares del mundo al instante, o de conectarse con las noticias del mundo con rapidez, pero no ha sido capaz de descubrirse a sí mismo, de entenderse, de escucharse, de mirarse sin ningún tipo de temores.

En un aparte de El búfalo de la noche, Manuel se encuentra con una frase que Tania ha resaltado con marcador azul:

“Antes que seres humanos, somos animales” (Arriaga, 36)

Y quizá, a veces, en su desconocimiento de sí mismo y deshumanización ni siquiera el ser humano llegue a sentir la vida en la manera en que la perciben esos seres a los que considera inferiores. Son ideas que la novela de Guillermo Arriaga deja planteadas y que resulta imposible ignorar, ya que forman parte importante de un cúmulo de interrogantes, cuestionamientos y pensamientos que el hombre debe explorar para entenderse en forma más profunda.

La novela, en conclusión, resulta altamente interesante y posee una intensidad que atrae al lector y que lo lleva a sentirse parte de ese mundo que se le presenta. El autor consigue, de manera eficaz, presentar un panorama en el que identifica varios de los aspectos que le son inherentes al ser humano. Federico Nietzsche señala que la profundidad del artista “consiste, en suma, en que su instinto estético otea las consecuencias más lejanas, que no se encierra por miopía en la observación de las cosas próximas” (Nietzsche, 161), cosa que Guillermo Arriaga consigue a la perfección, ya que no se asoma simplemente a los linderos del mundo contemporáneo y de los conflictos y la problemática del hombre actual, sino que va más allá de eso, atreviéndose a identificar las consecuencias que día a día llevan al hombre a convertirse en un ser más sólo y alejado de sí mismo.

 

Noticia sobre Guillermo Arriaga Jordán

Soy chilango. Nacido en el 58. Piscis, del trece de marzo. Soy hijo de Carlos y Amelia; esposo de Maru; padre de Santiago y de Mariana; hermano de Patricia, Carlos y Jorge; tío de Alan y hermano de esos otros hermanos que son los amigos. No fumo ni bebo. Soy abstemio desde niño. Detesto a los que dicen: “Desconfío de los que no beben alcohol”. Detesto también a la gente pusilánime. Admiro a los intensos, a los que van con todo, a los que no se detienen: a los hombres y mujeres que dejan pedazos de piel por donde caminan. Carezco de olfato y me quedé calvo. De chavo era muy malo para la madriza (por eso precisamente no tengo olfato), pero luego me compuse y aprendí a meter las manos. Intenté ser boxeador de peso semicompleto. No lo logré. También quise ser futbolista profesional. Tampoco. Quise ser un buen basquetbolista, pero me ganó la desidia y terminé como jugador de cascaritas de apuesta. Crecí en la colonia Unidad Modelo, Delegación Ixtapalapa, en el Distrito Federal. Mido 1,88 y peso 90 kilos.

Soy cazador. Como dice Miguel Delibes: “un cazador que escribe”. Creo que la cacería es uno de los últimos y más profundos ritos a los cuales puede acceder un ser humano. La literatura también es uno de nuestros últimos ritos. Contando historias los seres humanos podemos festejar los hondos dolores de la vida. Por eso se siguen escribiendo novelas y cuentos y guiones. Por eso escribo yo. Soy autor de tres novelas: Escuadrón Guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994) y El búfalo de la noche (1999) y un libro de cuentos, Retorno 201 (2003). Mi obra está traducida a nueve idiomas: inglés, alemán, griego, checo, hebreo, holandés, portugués, italiano y francés.

Soy autor también de los guiones Amores perros (2000), 21 gramos (2004), ambas dirigidas por Alejandro González Iñárritu, y Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005), dirigida por Tommy Lee Jones. Por este guión gané la Palma de Oro al mejor guión en el Festival Internacional de Cine de Cannes.

 

Bibliografía

  • Arriaga Jordán, Guillermo. El búfalo de la noche. México: Norma, 1999.
  • Borges, Jorge Luis. Siete noches. México: Fondo de Cultura Económica, S.F.
  • Botero Jiménez, Nodier. El mito en la novela del siglo XX. Bogotá: Avance, 1985.
  • Nietzsche, Federico. La voluntad de poderío. S.C.: Biblioteca Edad, S.F.
  • Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.