Editorial
La muerte del libro

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La irrupción de los medios informáticos en nuestras vidas ha dado lugar a la difusión de ideas sin la participación de los soportes tradicionales. En 1971, casi en el momento mismo del nacimiento de Internet, Michael Hart iniciaba la andadura de su Proyecto Gutenberg “publicando” el primer libro digital: la declaración de Independencia de Estados Unidos.

Desde que los primeros doce lectores de ese libro lo recibieron a través de las rudimentarias redes del correo electrónico de entonces, se ha mantenido encendida la llama de la discusión que le atribuye a Internet —y a los medios electrónicos en general— el rango de amenaza sobre la existencia del libro. Una discusión que, como ya hemos escrito en oportunidades anteriores, carece de razón de ser, y se afinca más en la resistencia al cambio de quienes la sustentan.

Sin embargo, la discusión pone de manifiesto la existencia de una categorización del libro que raya en lo dialéctico. Afirmar que el libro, como esencia y no como objeto material, corre el riesgo de morir en manos de la maligna Internet, de la globalización, de las pirañas asesinas o de cualquier otro engendro que lo amenace, equivale a creer que la vida del libro es finita. (En realidad lo es, en cuanto la humanidad algún día desaparecerá y con ella todas sus creaciones, incluyendo al libro, pero esa es otra historia).

Se suele conferir a la palabra libro una existencia limitada al objeto material con el que siempre la hemos identificado: un montón de papel impreso pegado por uno de sus lados. Es lógico que así sea, pues los humanos tendemos a creer universal lo que tenemos frente a nuestras narices. Bajo esta perspectiva tan localizada, el concepto libro no podría ser aplicado a los antiguos rollos egipcios, que parecen más rodillos de cocina que lo que realmente eran: libros.

En otro orden, ¿es menos libro el manuscrito que un autor desconocido pasea entre sus amigos, recibiendo de ellos las primeras lecturas, que el libro que una gran editorial acaba de publicar en una edición millonaria? Con todo y que es muy probable que el manuscrito sea mucho mejor lectura que cualquier Código Da Vinci, el concepto de libro aplica para ambos objetos, y también para el rollo egipcio y para el libro digital que no tiene hojas pero puede ser leído y hasta puede inspirar a sus lectores.

Por estos días se ha hecho práctica frecuente celebrar el Día del Libro con lecturas públicas. En Guadalajara unos comicios sin campaña electoral dieron como ganador a El Aleph, de Jorge Luis Borges, y en España el reciente ganador del Cervantes, el mexicano Sergio Pitol, fue el encargado de iniciar la lectura de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Un hipotético oyente que asista a estas lecturas desde el principio hasta el final tendrá en su poder, por el tiempo que le permita su memoria, un libro.

Libro no es un concepto limitado sólo a un montón de papel. Libro es la sistematización de una idea en cualquier soporte que permita su transferencia a través de la lectura. Esto es algo que deberemos entender para obtener el máximo provecho de las transformaciones que en el objeto libro se avecinan.