El primer signo seguro de vejez
es empezar a encontrar el ayer mejor que el hoy:
cómo, a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor...
Amado Nervo
La resistencia de Ernesto Sábato constituye, sin más, la despedida. Su despedida. El fin apremia las confesiones cuando se trata de agotar las que él cree serán sus últimas cavilaciones. La última oportunidad de encarar con ardor la realidad de un mundo postnihilista. Esta obra humanista es la “...autorreflexión como la interiorización de un discurso terapéutico” (Jürgen Habermas).
Eduard Munch es a El grito como Ernesto Sábato es a La resistencia. Las Cartas desvelan los valores estériles y los que están por extinguirse en el mundo moderno. Cada una impregnada de un tono paternal e íntimo. La desolladura mortal de sus pensamientos, de la que se erige el ensayo literario, no deja de crear en el lector un sentimiento de intimidación ante las llamadas de urgencia, señales de auxilio y advertencias sistemáticas que, con esmerada intención, el autor condensa en una frase: “creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema”.
De ahí, la inconclusión. La caída progresiva hacia el abismo sin fondo dista de esclarecer el enigma y complacer al individuo-lector con “...esa apetencia de solución, esa exigencia de claridad y cohesión” expresado en El mito de Sísifo de Albert Camus. La solución no está dada, la invitación es hacer ejercicios de hermenéutica.
El porqué de los mensajes segmentados que componen la obra de Sábato (“Lo pequeño y lo grande”, “Los antiguos valores”, “Entre el bien y el mal”, “Los valores de la comunidad”, “La resistencia” y “La decisión y la muerte”), podría llegar a confundirnos; incluso, a sofocarnos, pues ansiamos ingenuamente una novedad en el tratamiento que de antemano sabemos inexistente; toda vez que comprobamos lo cíclico de sus objetivos y el abordaje insistente de sus temas. Al voltear la moneda, reconocemos la creatividad en sus nombramientos y la capacidad admirable de sus connotaciones.
El autor Fernando de Rojas, en 1499, concebiría a La Celestina con un propósito moral y edificante. La resistencia de Sábato es, sin duda, la continuidad de esa labor filantrópica. Es el siglo XV, escenario de la Edad Media, del conflicto de los valores ético-religiosos que flagela las conciencias de una sociedad entera vislumbrante de la modernidad.
En el ensayo La Celestina, texto clave en la crisis de los valores medievales y en la génesis del humanismo renacentista, el doctor Demetrio Estébanez Calderón concede la importancia estratégica, con modalidad radiográfica, a tres personajes que padecen la metamorfosis de los valores. Una coincidencia previsible en el proyecto de Sábato al proclamar desesperadamente que “...ha cundido de tal manera el nihilismo que se hace imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones”.
Según Estébanez, La Celestina “es un testigo clave de esa crisis de costumbres y valores medievales y del alumbramiento de una nueva cultura y sociedad”. Mientras, Areúsa es la mensajera que simboliza la transición entre el antes y lo que apenas surge, serán los “nuevos valores que va a aportar el humanismo renacentista”.
Esta analogía, un tanto atinada, es propicia para identificar a Sábato y a La resistencia con la trilogía perfecta cuando se le une Pleberio, que “alerta contra la degradación de las costumbres, al resaltar el desastre al que conduce un pragmatismo moral, una ruptura de las normas (...) y una crisis social...”. Sábato es un elemento vinculante con el guerrero del pasado que concentra sus fuerzas para lanzar cuantiosas “saetas” —desea que retornen a él, reverdecidas. Aunque antinihilistas como Nietzsche, tal vez califiquen su operación de resistir como perogrullada.
Ante la afirmación de Ernesto Sábato de que los valores son la guía de supervivencia del hombre y la paradoja de “...una correlativa miseria espiritual”, está en juego el sostenimiento del legado de las costumbres, las tradiciones y los valores religiosos. Al mismo tiempo, el autor nos hace cómplices de la llamada esperanza demencial aún alojada, la posibilidad de “...volver a tener fe en el hombre”. De cara a una disyuntiva, ¿cómo concretar una ecuación sin derivaciones razonadas, sin la justificación imperiosa de las causas para comprender sus secuelas?
En Más allá del bien y del mal, Nietzsche exprime una premonición y explicación de la extenuación de la moral platónico-cristiana que Sábato prefiere ignorar: “...de los valores que sustentan el sistema de la razón, se ha pasado, sin embargo, de un dominio mucho más firme de su eficacia a un debilitamiento notable de su influencia debido al escepticismo cada vez mayor que ha producido la constatación creciente de la contradicción entre sus prescripciones y las exigencias de la vida”.
Una anunciación desencadena, más allá de un mero paralelismo, la batalla entre el Hombre Nuevo de Sábato, que no será practicable “si no lo reintegramos”; aunque no dependerá, diría Nietzsche, de la “experiencia moral, producir la reconciliación”; y el Superhombre propuesto por el filósofo: “el hombre dionisíaco, que ha de suceder al nihilista, no es la búsqueda de la felicidad, de la suya o de la de todos, sino la afirmación de la vida”.
Bajo el escenario de la decadencia cultural de estos tiempos y sus arrastres implícitos, Ernesto Sábato admite que “muchos de esos valores —comunitarios— eran respetados porque no se vislumbraba otra manera de vivir”. La segunda confesión es reconocer que “la religión ha perdido influencia sobre los hombres”, y que el aire de desabrigo “se debe a la caída de los valores compartidos y sagrados”.
Su par se ampara en la renaturalización de la cultura e interpreta el declive social asegurando que “...no se supera mientras sigan absolutizándose verdades, valores, ideales que impiden la autosuperación de la vida en su exigencia de autodiferenciación”. Ante el “revés” nietzscheano, y pese a cualquier crisis humano-planetaria, la ilusión conforta a Sábato en lo que parece una petición piadosa: “...milagro es que los hombres no renuncien a sus valores...”.
Las denuncias hacia la pérdida de la valorización del tiempo, resultado de las exigencias sin sentido del Nuevo Milenio, atribuyen un favorable aporte —a medias— a La resistencia,en cuanto “...nos hemos acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario, en términos de producción”. Es decir, nos dedicamos a cuantificar el tiempo en lugar de beneficiarnos de sus cualidades. ¿Y qué hay de exigirnos la concientización de la verdadera naturaleza del tiempo, de su no-linealidad?
Nuestra concepción humana del tiempo, conforme a La teoría del caos,soporta la observación primaria. Empecinados “en nuestro mundo postindustrial, el tiempo se ha convertido en algo mecánico, impersonal, externo y desvinculado de nuestra experiencia interior”. No obstante, la imposibilidad se mitiga al conseguir “sincronizarnos con sus artificiales divisiones y medidas”, permitirnos un cambio de conciencia hará “olvidarnos de nuestros prejuicios sobre el tiempo y entrar en ritmos temporales diferentes”. Hacer vívidos y aflorar nuestros ritmos temporales interiores. Aquí gritamos: ¡eureka!
La proliferación de relaciones abstractas, la adoración absoluta al trasmisor de imágenes en movimiento, la apatía metafísica, la competición, el individualismo denominado culto a sí mismo por el escritor, la conducta alienada y la soledad, la globalización excluyente y el desgaste de la identidad propia de nuestros pueblos, son consecuencias del “...intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida...”, que hacen casi irrecuperables la apreciación y cultivación del reencuentro del hombre con él mismo.
Albert Camus sintetizaría la despersonalización existente “en este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta náusea”.
Una saeta muy peligrosa desenmascarada en La resistencia apunta a la veneración que el sujeto realiza a los medios de comunicación; sobre todo, aquel fortalecimiento trastornado de esa relación seductora con la televisión, que “es el opio del pueblo”. El altar al imán incorruptible nutre armónicamente al hombre.
En ese sentido, George Gebner, autor de Growing up with Television: The Cultivation Perspective (La perspectiva de crecer y formarse con la televisión), indica que la pantalla chica es “la fuente común primordial de socialización y de información cotidiana” que estimula también la construcción de ciertas “conductas, actitudes, normas sociales, prejuicios y hasta ideologías políticas”.
El trayecto del dardo sabatino continúa en otra dirección. Stanislaw Lem proyecta en Vacío perfecto, concretamente en la crítica a una obra inexistente titulada Les Robinsonades de Marcel Coscat, lo siguiente: “Puesto que estoy solo, no tengo que hacer caso de nadie; pero, como sé que para mí la conciencia de estar solo es un veneno, decido no estar solo”.
Es justamente esta expresión la que favorece la rebeldía férrea de Ernesto Sábato en contra de la alienación y la soledad de las que el hombre postmoderno últimamente se resiste a renunciar. Sábato coincide involuntariamente con Marx al analizar los orígenes de la alienación como “un conjunto de circunstancias económicas, sociales e ideológicas (...) resultado de la sociedad en la que vive”.
Nietzsche respondería categóricamente, “... la soledad es en nosotros una virtud, en cuanto constituye una inclinación y un impulso sublimes a la limpieza, los cuales adivinan que en el contacto entre hombre y hombre —‘en sociedad’— las cosas tienen que ocurrir de una manera inevitablemente sucia”, argumentando que toda colectividad nos incita a ser despreciables.
Ernesto Sábato nos invita a no resignarnos y a respetar los pequeños momentos de libertad, una libertad en riesgo de esfumarse, pero que nos fue otorgada para definir un cometido de vida: “...la libertad que está a nuestro alcance es mayor de la que nos atrevemos a vivir”. Inmediatamente emerge una contraposición. “¿Qué libertad en su pleno sentido puede existir sin seguridad de eternidad?”, se cuestiona en El mito de Sísifo. Aquel hombre absurdo que entiende la libertad como una ilusión vivida. La libertad verdadera se encuentra en la muerte. “La vuelta a la conciencia, la evasión del sueño cotidiano son los primeros pasos de la libertad absurda”.
Sábato acusa con el dedo índice al culpable del menoscabo de la creatividad, la originalidad y el contraste enriquecedor y diferenciador que identifican a los pueblos: el gigante de la globalización, que “aplasta con su poder e impone una uniformidad arrogante”. Es curioso que, en Nuestra América, José Martí se adelantara a Sábato, al resaltar la importancia de la defensa de lo propio. “Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio ¡es nuestro vino!”. ¡Arriba la independencia!
Bajar hasta las habitaciones de las pesadumbres del hombre, queda en evidencia. Así lo ha pensado Sábato, y así lo ha hecho. Obligarnos a dar la cara por las imperfecciones de la vida. Por un hombre empobrecido y degenerado a causa de las desarticulaciones con los valores y creencias inherentes al hombre, como resultado de la desvalorización del ser y la desunión con su centro. Una despedida digna de Sábato es la constante en La resistencia, únicamente él se confiere el derecho de presentir que: “...el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo...”.