Sala de ensayo
“In bright sky”, David RickerdEl enigma: un tropos inherente a la poesía lírica

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“La muerte se refugia en lo enigmático”.
Heidegger.

A veces la voz interior del poeta, al emerger y plasmarse en la escritura, deja un hilvanado de versos cuyo sentido resulta oscuro para el lector. Han reflejado así las palabras, sencillamente, en la vislumbre, complejos sentimientos y pensamientos, reminiscencias del desolvido, la “interiorización rememorante” (Heidegger), los cuales, por el necesario poder de síntesis —economía elocutiva— de los tropos (según Freud todo ahorro de gasto psíquico produce placer*), no pueden formularse de otra manera. Por cuanto la vía alterna, la explicación detallada, rompe el tropos, valga decir el encanto, lo poético, el placer de accionar la inteligencia.

Queda atrapada la opacidad en un verso, en una estrofa o en toda la composición: ha nacido así, en el camino creativo del vate, un enigma. Concepto escritural de ilustre abolengo, estudiaron el fenómeno los retóricos griegos, para ellos àínigma significaba aquello del lenguaje poético entendido de modo velado, frase de sentido oculto, lo apenas aludido o insinuado. Asimilan los escritores latinos (Cicerón, Quintiliano) el término —aenigma—, lo identifican con el acertijo, con lo difícil, lo intrincado.

Henrich Lausberg, en su Manual de retórica literaria (Gredos, 1976), en el t. II, p. 287, dice: “El aenigma es una alegoría no irónica, cuya relación con el sentido recto mentado es particularmente oscura” (...). Lo ubica, pues, dentro de un tropos mayor, la alegoría por cuanto ambos, enigma y alegoría se construyen a bases de metáforas concatenadas o con una metáfora continuada. Escribe Benito Raúl Losada en su poemario La magia desnuda (1991),

“Ni límites
para cambiar el ordenado de las cosas
Ay ceguedad del ego que se infla
con la herida a la tierra
abjuración
con horadado bosque
abjuración
degradado horizonte
abjuración
sangrante paraíso”
(El atentado).

Se levantan todos los tropos sobre dos planos lingüísticos estructurantes, el plano referente y el plano evocado. Corresponde el plano referente a la realidad efectiva, éste ausente en el enigma, entonces lo sustituye el plano evocado, valga decir lo imaginativo, donde va lo poético. En las metáforas tradicionales no resulta difícil hallar la relación, el vínculo, entre los dos planos, los cuales en cierta medida poseen una equivalencia, el amarillo se suele identificar con el oro, el fuego con la pasión, el nido con el hogar amable, el rayo con la inteligencia repentina, la flecha con la velocidad, en fin. No sucede lo mismo con el enigma; en él sólo aparecen los planos evocados. Entonces, cuando un lector se encuentra frente a una composición estructurada sobre la perplejidad de un enigma, se ha topado con un poema puro, a lo sorprendente accede, a la kallos, a la belleza, mas el sentido se difumina y por lo mismo se enriquece el texto lírico por cuanto ofrece una pluralidad de señales, de sueño en vigilia, de indicios, de acercamientos. Permite ahora la primitiva ruptura de los puentes comunicantes entre el plano real y el evocado la creación de nuevas pasarelas, la imaginación del lector, pues, de la creatividad del poema participa. He aquí una estrofa de Elena Vera de su opúsculo Sombraduras (1988),

“De los amantes ya no se habla
Empezaremos por ladrar
Yo soy la come cargos
La que cerró el abanico
La que ya no lo abre
Soy la que no me levanto”
(IV).

Ahora bien ¿dónde aprende el poeta la escritura del enigma? Hay un fenómeno, fuera de la literatura por supuesto, donde se da este modelo de ensamblaje intelectual: los sueños. Sigmund Freud, en sus dos libros cardinales sobre la oniria, La interpretación de los sueños y Los sueños, descubre en su análisis profundo sobre este estado de la mente una disposición psíquica muy peculiar, la cual de inmediato se tratará de resumir. Conforman los sueños dos horizontes hondamente entrelazados: uno cuya naturaleza refleja los contenidos de la diurnidad, la vigilia, la vida cotidiana despierta, y el otro por los sueños propiamente. Nutre el primero —con toda su carga fenoménica de hechos, sucesos, recuerdos, traumas, infancia, familia, en fin— al segundo. Nomina Freud al anterior el “contenido latente” o “ideas latentes”; y a cuanto percibimos o recordamos del sueño al despertar el “contenido manifiesto”. Subraya el psiquiatra austriaco al respecto lo siguiente,

“Entre el material psíquico de las ideas latentes se encuentran regularmente recuerdos de sucesos impresionantes que datan con frecuencia de la más temprana niñez, y han sido percibidas por el sujeto —dado su carácter de sucesos exteriores— como situaciones visuales en su mayor parte. Estos elementos de las ideas latentes ejercen, siempre que les sea posible, una influencia determinante sobre la conformación del contenido del sueño, y actúan como núcleo de cristalización sobre el material de las ideas latentes. Las situación del sueño no es, con frecuencia, más que una repetición de un tal suceso, modificada y complicada por numerosas intercalaciones”.1

Pues bien, la aparición de las “ideas latentes” en el sueño no se percibe de manera directa, realista, sino por el contrario éstas sufren una serie de transformaciones, pierden los hechos la logicidad de los vínculos, los planos temporales se mezclan en un magnífico desorden, los rostros se fusionan, las visualizaciones se superponen, los espacios se entrecruzan o se continúan sin ninguna conexión racional, la incoherencia de todas las relaciones pareciera definir el rasgo prevalente. Llama Freud a esta confusa elaboración onírica “condensación”.2 Así las cosas no resultará fácil rastrear en el “contenido manifiesto” la presencia exacta de las “ideas latentes” ni cuanto quisieran objetivamente significar. Sólo el psiquiatra, formado en la disciplina freudiana, podría discurrir con paso más o menos seguro por el laberinto de los sueños.

(...) “Las primeras ideas latentes que el análisis revela suelen extrañar por su poca corriente apariencia. No parecen presentarse en las tímidas formas expresivas, de las que se sirve preferentemente nuestro pensamiento, sino que se muestran representadas simbólicamente por medio de comparaciones y metáforas, como en el lenguaje poético, rico en imágenes”.3

Milenio y medio antes de Freud, el onirólogo Artemidoro de Daldis (s. II d.C.) en su libro La interpretación de los sueños, capta el ensamblaje de los dos niveles:

“Los simbólicos, en cambio, son sueños que indican unas cosas por medio de otras, ya que en ellos el alma expresa algo enigmáticamente en virtud de su propia naturaleza”.4

Si se traslada la trama del sueño a la estructura del enigma se observarán muchas coincidencias funcionales, lo cual no debería sorprender, al fin y al cabo escribir poesía equivale a viajar por un sueño. Tiene, además, en una de sus latitudes, la existencia de una urdimbre poemática. Identifícase el “contenido latente” o las “ideas latentes” con el plano referente, por cuanto allí va la presencia de la realidad; mientras el plano evocado remite al “contenido manifiesto” de la oniria donde descansan las energías desatadas de las visiones, sensaciones, del imaginario del inconsciente, el recóndito placer de soñar. Describe así Ovidio tal completitud y vaguedad (...) “A su alrededor, por aquí y por allí, imitando formas diversas, yacen sueños vanos como espigas hay en un campo de mieses, como hojas en un bosque o como las arenas que el mar arroja sobre una playa” (5).

¿Enigma o sueño esta pequeña composición lírica titulada “Final del círculo”, del poeta Alexis Vázquez-Chávez?

“Época húmeda irrumpe quejido de madera
Final del círculo
Borrasca interna conmueve ensimismado ángel

Renace lobo
colmillo corta viento
en última casa del bosque”
(De Reverso de la paradoja, 2003).

La misma hermenéutica de la psiquiatría para interpretar el enredijo del sueño, ir del desciframiento del “contenido manifiesto” para llegar al “contenido latente”, también para el enigma se requeriría. Mas ello resulta imposible por cuanto implicaría transformar al trovador en paciente de un psiquiatra. Conservará siempre el enigma su riqueza expresiva estética —su misterio— la cual reta a una lectura pluridireccional, a extraviarse el lector, maravillosamente, en una opulencia de indicios, de señales, de reflexiones, en fin “la fiesta del pensar” (Heidegger).

 

Notas

* Con respecto al ahorro de gasto psíquico vide: S. Freud, El chiste y su relación con lo inconsciente. En: S. F. Obras completas. Madrid, Biblioteca Nueva, 1996. t. I., p. 1095.

  1. Sigmund Freud, Los sueños. En: S.F. Obras completas. Madrid, Biblioteca Nueva, 1996. t. I, p. 736.
  2. Op. cit. p. 730.
  3. Op. cit. p. 736.
  4. Artemidoro, La interpretación de los sueños [Madrid] Gredos [1989] p. 76.
  5. Publio Ovidio Nasón, Las metamorfosis. México, Porrúa, 1977. p. 162 (Lib. XI, cap. XI: “El sueño”).