Letras
El juicio de los días

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Vivir sentenciado

Acostumbrado a los encontronazos con las diversas seducciones del velo de este tiempo,
se llega al coraje de actuar en el perenne escenario de cada día y se acreditan algunas luchas con el sabor anticipado de la derrota o, cuando mucho, del triunfo menor.
Ya no hay blasfemia, cada desencanto es un baño de agua fría soportable y en el contraste entre las necesidades y los ardides se llega a comprender la traición.
Si las lealtades tienen su precio, ¿cómo pedir querencias rebeldes a los cálculos?
Si se tiranizan los sentimientos, con mayor razón las entregas;
pero el olor a mortecina perdura junto con los ideales y las buenas intenciones.

 

Además

Si alguna vez éramos o parecíamos una tribu marginada o desoída,
buscadores del verbo puntual, de la palabra como el hierro ardiente en el hielo de las convicciones,
ya no es así.
Algunos, los que no se dejaron seducir por las banderas y las fanfarrias,
que se negaron a entregarse para trocar por complacencias sus renuncias;
son esos algunos agotándose en su locura,
o pudriéndose vivos en los bares
o sobreviviendo entre los escombros de sus historias personales
o tragando grueso por las exigencias de la recia religión del dinero.

Ya parece poco o nada la literatura, la desdeñada de palabras tocantes, la de los estremecimientos reveladores, la de la pluma que es lengua del alma.
¿Se perdió un camino?, ¿se cerró alguna puerta?
Las prostitutas coquetean en las aceras y siempre alguien pagará por sus atributos exagerados.

Palabra angelada,
aunque te aplanen en los rituales mercantiles,
aunque se hundan tus piedras miliares,
aunque tu servidumbre se prolongue,
aunque te sigan midiendo sólo para la persuasión,
a ti confiaré mi testimonio, mi declaración sentida,
y por ti y por tus esplendores solitarios
esta y otras voces que coinciden a un lado de la desmemoria común,
cada cierto tiempo vencida.

 

Como

Como mirar un lugar al que no volverás,
como bajar una cuesta con todo el peso de tus desilusiones,
como recuperar detalles de contemplaciones olvidadas,
como virar un barco por una palpitación atroz,
como volver al pueblo del que nunca quisiste salir,
como vagar por calles de sueños con el sabor de un exquisito brandy en el paladar,
como abandonar una plaza donde los parroquianos se matan sin razón,
como descubrir las trampas del lenguaje,
como reconocer la sacralidad del cuerpo,
como vivir colgando de altas ramas quebradizas,
como creer que detrás de tu nombre estás tú,
como encontrarle sentido a la vida en tus manos y en tu indigencia,
como saber que ésta es la única hora que vale la pena vivir
y morir con el gozo de la existencia en cada poro
y dejarla con una gratitud que no alcanzan las palabras.

 

Recíbeme

Recíbeme con tus sombras,
dame tu recia indigencia,
déjame oír el crujido de tus mil flechas
que se quiebran al mismo tiempo,
procúrame los errores necesarios
para librarme de estos despojos que llamamos realidad.

 

Ebriedad

Hoy me levanté necesitándote,
buscando en lugares poco recomendables tus caricias en mis sienes,
tu regalo de la visión contenta y desprendida.
Hoy busqué tu benevolente indiferencia,
el estar vivo sin presunciones,
el hablar sin guardarme nada
y te encontré en una taguara
donde muchos le dan sentido jocoso a su vida.
Tan pronto ya era tuyo,
la mucha luz y el mucho sol de esta ciudad que no he aprendido a querer
se hicieron mi sangre y mi cuerpo y pude pararme en una esquina
sin odio, sin amor y sin pasiones,
pero sospechosamente alegre.

 

La voz recuperada

Se ahoga en el escándalo,
la avasallan
los lemas, las consignas, las proclamas,
los discursos, los tratados
y también muchas páginas que la evocan.
A veces por mano o boca de alguien
dice algunas palabras que son homenaje y reconciliación.

 

Al calor de las horas

2

Tendremos que volver a esas aguas claras
donde ancianas risueñas flotan despreocupadas o enloquecidas o porque no les importa
el parecer ajeno y menos de los que andan poniendo nombres, sin adentrarse en nada,
sin comprender siquiera los traspiés de sus inclinaciones y de sus sombras explícitas.
Allí llegaremos (¿será así?) escalando cerros inestables,
que se desmoronan con una pisada que, cuando segura, vuelve peor las resistencias de la tierra,
de las hierbas inclinadas, de las flores que se atreven a cortejar la luz sin firmeza en sus raíces,
sin contrastar el miedo con sus anhelos.

Será mejor bañarnos en esas aguas atrayentes, dispuestas para los temores inmediatos,
precisas para encontrar rastros en nuestra incertidumbre,
en nuestro desdén cultivado,
en nuestros relojes dislocados,
en nuestras miserias civilmente compartidas.

 

8

Los dos frente al mar, sin decir una palabra.
El mar inunda nuestros ojos, nos obliga a callarnos.
Algo me preguntará después, cuando esa inmensidad azul persista en su memoria,
cuando sin necesidad de mirarlo lo lleve consigo y lo compare con su rigurosa pequeñez,
cuando sea forma de sugestiones, dudas y preguntas en sus sueños.

Aunque miramos el mismo mar,
tal vez sean otras sus rutas y otras las claves que lo acechen.

 

10

Me gusta decirle qué significa cada palabra que descubre,
me gusta ser su imperfecto diccionario,
verme obligado a revisar etimologías y acepciones.
Y no es puro gusto, por si acaso:
es el caudal que a su propio curso entrego, a su curiosidad nueva,
a su espíritu en bosquejo,
porque de eso depende tanto:
el ver por sí mismo sorprendido.
el pensar sin servidumbre a las excusas,
el decir como quien vive entre asesinos exaltados.