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Regalos para Isabella de su abuela cubana

Para que no me olvides, Isabella,
te traje un frasco con agua azul de Varadero,
los colores de una tarde en primavera,
un sombrero de guano y un pañuelo.

Un zunzún y dos tomeguines en jaula de oro,
un ramo de jazmines y blancas mariposas,
dos maracas, una rumba y un bolero,
una bella pulsera de nácar y coralina roja.

Te traje el alegre pregón del manicero,
la fresca brisa de la madrugada,
un verso de Martí, mis fotos viejas,
y un cofre con estrellas y luceros.

Para que no me olvides y sepas que te quiero,
te traje de mi isla la alegría,
el arco iris después del aguacero,
ajonjolí, melcocha y gaseñiga.

La luna me prestó hilos de plata,
un rayo de sol se desprendió del cielo,
la espuma del mar me regaló su velo,
y se tiñó para ti el cielo de escarlata.

Y todos sabían de la abuela y de Isabella,
en la preciosa isla de bellas caracolas.
Hubo un triste adiós y se izaron las velas,
se escondió el sol y salió volando una paloma.

 

Cuando se fue el amor...

Salió el amor por la ventana abierta,
precursor de impredecible hastío,
y dos lágrimas asomaron a tus ojos
y se congelaron en tu rostro frío.

Tu alma de cristal tan fina y pura,
no pudo resistir tanta tristeza,
y se rompió en mil pedazos de blancura
que se clavaron cual corona en tu cabeza.

Pero el tiempo, que cura del amor las penas,
cubrió tu corazón con flores del olvido,
barrió tu llanto, desató cadenas,
y liberó tu alma de ese amor impío.

Y regresaron a tu jardín las mariposas
a beber de las hojas el rocío,
y en tu pecho rompió la primavera
y un nuevo amor entró por la ventana abierta.

 

En el malecón de La Habana

La luna pasea por el cielo su estampa de mujer enamorada,
y la armoniosa melodía de un bolero se oye en la madrugada,
el aire tiene perfumes de salitre, de ron y yerba buena,
y el mar rompe sus olas azuladas contra la blanca piedra.

El beso enamorado que se esconde de la luz del lucero,
los labios que lo esperan en lo oscuro con ardiente deseo,
las palabras locas y apasionadas que se oyen de lejos,
las estrellas con destellos de plata que brillan en el cielo.

La noche que canta sus pesares y muere lentamente,
el eco de las olas que golpean y arrastran la corriente,
los viejos que se mueren de nostalgia en las noches,
agarrándose a sus pequeñas vidas cada vez más salobres.

Y el malecón, mudo testigo de tantas madrugadas,
que sabe de la luna, del beso, del amor y el olvido,
que es amigo de todos los que buscan abrigo,
que sabe de miserias, de llanto y de alboradas.

 

Para Alberto en nuestro 44º aniversario de bodas, enero 6, 1962.
Recordando aquel día de 1960 en que pediste mi mano a mis padres.

Dame tu corazón, dijiste un día,
Yo lo he de guardar eternamente,
Uniré tu alma blanca con la mía
Y juntos por la vida iremos siempre.

Dame tu corazón joven y hermoso,
Yo le voy a enseñar nuevos caminos,
Lo voy a guardar de las tristezas,
Y lo voy a arropar cuando haya frío.

Dame tu corazón ahora que sueña,
Yo le voy a mostrar bellos amaneceres,
Tardes de plata, rosas y oropeles,
Y le voy a ofrecer noches de ensueño.

Dame tu corazón pequeño y puro,
Yo lo voy a guardar en cofre de oro,
Para que no lo hieran ni el dolor ni el llanto...
Y te di el corazón... ¡y ahora son dos en uno!