Letras
Pseudoexistencialismo

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Despertar con la luz del sol, que entra por la ventana y te da en el rostro. Extraña y ajena luz, te imaginas con la barba crecida, un ser derrotado, en algún campo de batalla de alguna película sobre la guerra, que muere anónimamente. Un eructo, atorado en tu garganta toda la noche, escapa, al fin, al sentarte, de espaldas hacia la luz, sobre el colchón. La cerveza ya no sabe tan bien. Está continuando su proceso en tu estómago, su periodo de vida hasta terminar en el retrete en algunos momentos. Ves el reloj, siete cuarenta y dos, ojalá hubiera alguien a quien rogar algunos minutos de vida, pero ir a la escuela es una responsabilidad única. Sólo debes meterte al baño, abrir las llaves, bañarte. Salir, vestirte. Afuera, sólo soportar el frío, sorber los mocos aunque te raspe la garganta. Subir a la combi, sentarte. Mientras tanto ir repitiéndote, pronto estaré en casa, pronto estaré en casa. En la escuela, no mirar a nadie, ni al maestro. Pronto saldrás, pronto irás a la escuela y pronto estarás en casa. No pensar que no somos nada, no pensar en nada, sólo ir al baño.

Te meterás bajo la regadera. El contacto es traumatizante, caes muerto en partículas mezcladas con sudor y contaminación de la ciudad. Permaneces ahí con los ojos cerrados, sin ver el resumidero arrastrando tus despojos. Deberás estar en la escuela en menos de quince minutos. El maestro no podrá soportar la falacia, nadie lo escucha, nadie lo nota, tu menos que nadie, hasta él sabe la inutilidad de estar en esos momentos en el salón. Afuera hace frío, la gripe aviar ya está en Europa, la pandemia a la vuelta de la esquina, no necesitaremos de Bush para morir, tan sólo de un pollo. Deberíamos salir, correr, golpearnos, ultrajarnos, matarnos, hacer lo primero que venga a la mente, pero ¿a quién le importa algo? El mundo sigue girando, existiendo sin ti. Aunque estés tirado en el colchón tratando de idear una buena fantasía.

Una mujer. Eso sí vale la pena. Eso no cambia al mundo, pero sí el mío, el intimo. Que tenga un nombre exótico, como Tsayuri, extraño y dulce, aunque tenga novio. Tratar de conquistarla, como Cortés a Tenochtitlan, aunque eso haya pasado hace mucho tiempo. Qué inutilidad hablar de historia, a nadie le importa quién fue, sobreviven ignorándolo. Pero quizás hoy no la conquistes, se verán y se acercarán en un encuentro inmemorial y común en estos tiempos, y se acabó, hasta ahí llega tu repercusión en el mundo. Vivirás para trabajar, en una casita azul y cheves en el refri para los sábados. Otro esperma adulto que nadie conocerá, ni tus palabras, ni tus obras. Un punto en una burbuja dentro del gargajo universal.

Que sea un tanto morena, piel suave como de una fotografía, invitando al roce de los dedos y al momento de hacerlo exhale un poco de aire imitando el gesto de un gemido breve. Sus gomas dibujas bajo la ropa. El rostro descansando contra la almohada del cuarto y su cuerpo complaciente.

Camino a la escuela verás la propaganda política de la actualidad surcando el cielo. Por lo menos tendrías que cambiar tu propio entorno aunque no signifique nada. Una revolución, eso sí que cimbraría a la República, que haya balas, sangre y matazón inconsciente para dar a la literatura un buen objeto y motivo de existir. Una revolución aunque no cambie las cosas, sólo las revierta al inicio, que el engrane sea nuevo y dé vueltas hasta llegar a estos mismos límites insoportables.

Le daré unas buenas nalgadas, que use una tanga y chille de placer fácilmente, sin complicaciones, aunque sea falso como mis letras. Ya lo siento venir, tanto pensar para esto, jalar, tirar un poco, pescado entre los dedos. Venirme, sentir el exiguo chorrito caliente y blanco, que los dedos sean su boca y el silencio de la pared su finito orgasmo, un grito y luego una mueca grosera abierta de placer.

 

En este momento decides no ir a la escuela, qué más da. Hay que hacer tiempo, reincidir en otra historia, una erección después, para no salir de casa hoy.