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La serpiente de tierra caliente

La serpiente de tierra caliente

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Hace dos días hice una araña de alambre dulce para la obra. Gasté toda la tarde y casi me saco un ojo. Le inventé patas a la tapa de una olla y, con parte de mi colección de botones, unos ojos de cangrejo: un pequeño botón rojo sobre un botón amarillo, bien grande, para cada ojo. En los ensayos de esta mañana se nos presentó una emergencia porque se partió uno de los botones rojos. Los niños gritaron que necesitaban un veterinario. Uno de ellos, con su traje de monstruo, corrió a otro salón por la pistola de silicona. De inmediato la conectó al hilo de la electricidad y con aire profesional le pegó el pedacito de botón al ojo de la araña. Nunca habíamos visto un doctor tan mal vestido. En ese momento no sabíamos si la araña perdería el ojo o requería gafas. La araña tuerta, por supuesto, es la semilla de otra historia.

Hace tres días terminé la serpiente. Es la tercera o cuarta serpiente que nos acompaña en los ensayos. La primera fue un lazo anaranjado, uno de esos que usan los niños para saltar en las clases de educación física y en los recreos. La imaginé como una serpiente rara, marginada y algo loca, debido a su color. En la siguiente sesión usé una de mis sábanas. La amarramos con cuerdas para darle cuerpo de serpiente. Por último, descolgué de mi casa una cortina roja, la enrollé y le pegué anillos de cinta aislante azul, amarilla y negra. En realidad, es el mismo trapo que en otras obras me ha servido de alfombra para el rey, de puerta del infierno, de capa de vampiro. Le hice los ojos con botones: un botón negro sobre un botón beige para cada ojo. Le acomodé la boca con hilo y aguja y le inserté el cabo de colores de una cuchara a manera de lengua. Se ve muy graciosa. Es delgada, de unos tres metros, y sirve para saltar, pasar el río, halar y enrollar, los juegos que dan cierre a la obra.

La serpiente de tierra calienteLa serpiente en realidad fue la cuarta o quinta idea. Primero quise montar una obra de diablos traviesos en busca de aventuras, luego pensé en un par de brujas, madre e hija, pues en el grupo tenemos dos niñas, preciosas, por cierto. También pensamos en unos monstruos. Teníamos los personajes pero no la historia. Se nos atravesó un conejo, porque uno de los niños tiene un conejo que quiso venderme. Fuimos todos a verlo a su casa. Con cualquier pretexto hemos visitado varias casas y nos ha ido de maravilla: nos dan jugo o café con leche y arepa o nos regalan cilantro. El otro día hubo cilantro para todas mis dulcineas. Para qué rosas cuando el cilantro se puede echar a la olla. Los niños me enseñaron la manera de matar un conejo y hasta me trajeron un libro con ilustraciones para que me empapara del tema. También me explicaron la receta del conejo frito. Ese mismo día me vendieron un conejo en otra casa, muerto y despellejado, listo para la olla. Lo repartí en mi cumpleaños. El primer conejo de mi cocina, y quedamos con ganas. El conejo de la obra se transformaba en niño. O mejor, un niño, hechizado por una de las brujas, se convertía en conejo. De una caja grande saltaba el niño o el conejo, según el caso. O desde atrás de un archivador. En fin, la idea no cuajó, y no sólo porque, según los niños, el conejo se orina a cada rato. No sé de dónde apareció la primera araña de alambre, un amasijo con vagos ojos. No sé si ya tenía la forma o se la dimos en clase. Los niños la aplastaron en un instante. Sin asombrarme, me horrorizó tanta violencia. Les dejé como tarea escribir una historia sobre la araña de alambre. Estaba revisando las historias, una semana después, cuando apareció la cuerda anaranjada, y la obra poco a poco tomó forma.

La obra trata de una terrible serpiente de tierra caliente que asusta de muerte a las niñas en el primer acto y luego se vuelve amiga y cómplice, pero la araña de alambre saltó a la escena por arte de magia, y a los monstruos, por supuesto, también les correspondió su parte. Poco o nada se desperdicia en estos ejercicios de imaginación. Teníamos esa serpiente terrible y no sabíamos cómo hacerla amiga: la obra cojeaba. La solución fueron los tres monstruos. La serpiente se enfrenta a los monstruos y así se gana el cariño de los pequeños. ¿Y el conejo? Seguramente saltará a la siguiente obra.

La serpiente de tierra calienteLos monstruos usan corbatas, pelucas y máscaras. Esta mañana surgió un juego con los sacos. Uno de los monstruos se lo ató a la cintura, de manera que parecía tener cuatro brazos. Aprovechando la feliz idea, rellenamos de trapos los brazos falsos, que funcionan gracias a las cuerdas casi invisibles amarradas a las muñecas del monstruo, y aseguramos el saco a su cintura con una corbata. Les inventé un baile. Me encanta verlos bailar mi coreografía de aprendiz. Uno de ellos, el dueño del conejo y fugaz veterinario, es muy hábil, pero los otros dos son bastante lentos. Niños campesinos, al fin y al cabo, torpes y algo bruscos, pero con una ternura infinita.

La profesora, que no es calva, nos prestó las pelucas y la caja de maquillaje. Se ven tan espantosos los monstruos que los niños más pequeños de la escuela quedan al borde del llanto. Después del baile, los monstruos descubren su rostro para que los pequeños entiendan que se trata de otros niños y porque la máscara perjudica la expresión y la voz.

La serpiente de tierra calienteSin consultarme, las dos niñas cambiaron las sombrillas por abanicos, hojas de cuaderno plegadas, pintadas con témpera, y en la base, rozando los dedos, una rosita blanca recién cortada. Me parece bien porque con su perpetuo movimiento dan la sensación de calor que requiere la obra. El abanico, por otra parte, hace innecesaria la flor que Julieta despellejaba en los primeros ensayos. Poco o nada se desperdicia: la flor se pegó al abanico por obra y gracia de los dioses del teatro. Me preocupaba el volumen de su voz, pero ya lo hacen mejor que algunos niños. En expresividad diría que los superan a todos.

Nos vemos los jueves pero, debido a la inminencia del estreno, he dedicado la semana al grupo, abandonando por el momento las otras escuelas donde también hago talleres de literatura y algo de teatro. Voy feliz a verlos cada mañana. He recuperado el entusiasmo. Después de mi peor año en el magisterio por razones que es preferible olvidar, y cuando quiero concluir esta etapa de mi vida, he vuelto al delicioso cuento del teatro, como en los años noventa, y de nuevo saboreo su antigua y siempre novedosa magia, su calor, su encanto, su fascinación.

Ver a estos niños embelesados con una araña de alambre, los mismos que aplastaron a la primera, verlos pelear con los monstruos sin lastimarse, verlos bailar, verlos pasar una y otra vez toda la obra sin cansarse es una de las bendiciones de la vida, un regalo del oficio.

El grupo de teatro pertenece a la vereda El Naranjo, a unos siete kilómetros por la vía a Cúcuta, pero nos presentamos mañana en la vereda de Chíchira, a unos ocho kilómetros de Pamplona, por la vía a Málaga. Es el estreno mundial de La serpiente de tierra caliente. Luego, con los aires de abril, iremos a otras escuelas de Pamplona. Así pues, El Naranjo sale de gira.