Sala de ensayo
Manuel MachadoUn regreso
a las fuentes prerracionales del hombre
Manuel Machado
y “la consagración del instante”

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Distantes son ya los tiempos de las cosmovisiones homogéneas que, fundadas sobre los cimientos de la Iglesia, establecían los modelos de verdad y los valores que mediaban en el actuar de los hombres. Durante siglos, la religión católica, imponiéndose sobre las religiones paganas, representó la racionalidad del orden político y social, en el cielo y en la tierra. Cada reforma en el orden religioso implica una modificación de carácter secular; una desacralización del mundo se inicia sin que esto signifique una anulación de lo sagrado, sino más bien una resignificación del carácter que se les da a las cosas. Los tiempos “modernos” se van a presentar como un todo fragmentado donde se hace difícil establecer los criterios de racionalidad de esa totalidad. El conocimiento de la idea de un Dios es experimentado personalmente y la fe se orientará hacia una conciencia individual.

El espíritu del hombre moderno, escindido y desgarrado, descubre el poder de su yo interior, de su propio pensamiento con el que pretende suplantar la pérdida de sus certezas. Muchas son las criaturas atormentadas por un conflicto desalentador de la propia creencia y, naturalmente, de fe. Esta crisis profunda, manifestada claramente hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, desde Nietzsche en adelante, pasando por Weber y Pareto,1 expresó la pérdida de todo valor trascendente que se llevó consigo también la trascendencia de la razón. La metafísica occidental entra en crisis, una crisis de realidad y de racionalidad que enunció su manifiesta intensidad en el derrumbe de una estructura sustentada por siglos. La ostensible irracionalidad del mundo y la falta de certidumbres se hicieron frecuentes en las argumentaciones de la época y señalaron las restricciones de los postulados científicos, pues la misma supremacía del espíritu científico que la caracteriza es anuncio de su inmediata decadencia.2

Es evidente que la propuesta de explicar científicamente los orígenes y el lugar del hombre en el universo rápidamente producirá un vacío que se verá traducido, en la obra de muchos escritores, en una solitaria y angustiosa búsqueda hacia el interior del mismo hombre y, en muchos casos, en un pasado “incontaminado” que se les presenta como un manantial inagotable de motivos y creencias donde cultivar sus espíritus. Esta crisis profunda asociada a una constante exploración por construir un espacio libre donde re-insertar la poesía, conducirá a algunos poetas a refugiarse en la ensoñación de su mundo interior. La abulia invadirá los espíritus sensibles quienes rechazan la “realidad” de su tiempo y buscan alternativas vitales, sociales y estéticas hallando en Nietzsche —junto a Kierkegaard— al gran maestro de energía y apasionado defensor de la individualidad.

Que vuestro amor a la vida sea amor a vuestras más altas esperanzas; y que vuestra más alta esperanza sea el más alto pensamiento de la vida.3

Manuel Machado, poeta inmerso en la turbulencia de los cambios finiseculares, hereda los dogmas paternos de las demostraciones de los orígenes no divinos del hombre y de sus análisis antropológicos del mito y de la sociedad.4 Pero semejante instrucción no lo llevó a contribuir aun más con la explicación científica del hombre, sino a condensar, en sus iniciales trabajos, las consecuencias emocionales de lo ya asimilado. La segunda sección de su primer poemario —hondamente simbolista y misteriosa— es “Estatuas de sombra”,5 pero sugestivamente, el poema con el que Machado franquea la vena profunda hacia las virtuales y fugaces imágenes del pasado es “Eleusis”,6 título en clave que alude, en clara correspondencia con los misterios iniciáticos eleusinos, a sus inaugurales experiencias de poeta. Tanto el nombre dado al apartado como a varios de los poemas contenidos en el mismo, constituyen una especie de hermetismo aun para el lector actual, evidenciando cómo el poeta, análogamente al carácter esotérico original de los ritos antiguos, también obstaculiza toda sugerencia que pueda develar el enigma esencial, al tiempo que desafía a su lector.

En “Eleusis”, Manuel Machado recrea simbólicamente la esfera propicia para un iniciado en los saberes recónditos, místicos y teosóficos, tan calificados en el arte y en las letras finiseculares como conjunto heterogéneo de enseñanzas arcanas que constituía más un síntoma de la pérdida de toda referencia y, consecuentemente, una aspiración inconcreta hacia otra realidad, que a una verdadera respuesta a la desorientación provocada por la modernidad. Este renovado interés por los misterios arcanos, como una expresión más de la atracción general que el romanticismo desencadenó hacia todo tipo de saberes esotéricos y ritos de trascendencia, paganos o cristianos, había tenido un largo cultivo durante todo el siglo XIX, especialmente manifestado en sus últimas décadas.

No cabe duda de que la máxima referencia fue “la llamada de los misterios eleusinos” que Friedrich Nietzsche hacía en un párrafo muy significativo de El nacimiento de la tragedia de 1872:

El barro más noble, el mármol más precioso son aquí amasados y tallados, el ser humano, y a los golpes de cincel del artista dionisiaco de los mundos resuena la llamada de los misterios eleusinos: “¿Os postráis, millones? ¿Presientes tú al creador; oh mundo?”.7

Como respuesta a tal convocatoria el poeta, en estado de semitrance, da apertura a su primer poema y a su nueva experiencia regresando directamente al origen por los sombríos caminos del tiempo. Se escinde y logra que su alma inicie el simbólico peregrinaje sin descanso8 hacia las más primitivas de las civilizaciones, a la fuenteprerracional del hombre y de la cultura a través de los negros e indefinidos bosques del sueño:

Se perdió en las vagas
selvas de un ensueño,
y sólo de espaldas
la vi desde lejos...
Como una caricia
dorada, el cabello,
tendido, sus hombros
cubría. Y al verlo,
siguiola mi alma
y fuese muy lejos,
dejándome solo,
no sé si dormido o despierto.9

En este preliminar ensueño retrospectivo el poeta —“servidor dionisiaco”, diría Nietzsche— observa cómo su alma es arrastrada en pos de “la bella apariencia”, de la fugaz visión de la furtiva diosa.10 Ella también va a contramano del tiempo, desandando edades y siglos haciéndolo transitar, en sólo un abrir y cerrar de ojos, por la Edad Media, por la Grecia clásica, por los imperios orientales y los tiempos prehistóricos donde intenta alcanzar el instante irrepetible en su anhelo de fusión con esa imagen ideal en una permanente oscilación entre la angustia y el deseo de trascenderse.

Pasamos... Mi alma
tras ella corriendo,
dejándome solo,
no sé si dormido o despierto (p. 137, v.19-22).

Sugestiva y misteriosa visión hipnótica de una figura femenina; tal vez se trate de Deméter en busca de Perséfone, el poeta no la nombra ni la describe, sólo nos la sugiere a partir de sus dorados cabellos que cubren parte de su etéreo cuerpo, sólo captura en sus versos la vaga e instantánea visión de una cultura pasada que el lector debe elucidar. Y ya hacia el final de la simbólica y fugaz peregrinación de su alma, la velada visión del Enigma humano se pierde en el oscuro caos primordial, origen de todas las cosas, donde no le es permitido ingresar. Luego, de regreso a su tiempo, nos deja las últimas imágenes de un ayer experimentado, testigo dormido sobre “tumbas enormes”, símbolo de fragmentos y escombros de religiones muertas.

Oro y negras piedras,
y muros inmensos,
y tumbas enormes
—sepulcro de un pueblo
que mira hacia Oriente
con sus ojos muertos (p. 137, v. 31-36).

Como rasgo propio del simbolismo, y aplicado en particular a esta sección del poemario, el poeta prescinde de nombrar directamente a sus personajes, solamente nos entrega como clave inicial el título para descifrar la incógnita de su creación. Machado prepara de este modo ambientes favorables de gran sugestión, pueden ser impenetrables —como en “Eleusis”— o de misterio y encantamiento —como en su poema “Wagner”—,11 pero siempre a través del ensueño y encaminados a vivificar solamente el lapso de tiempo único e irrepetible de un pasado remoto previamente seleccionado. Su composición siempre sugiere el instante exacto sin “mostrar”, incita y busca el efecto de máxima detención del ánimo.12 Persigue fascinado a sus “estatuas de sombra”, y a medida que experimenta íntimamente reconstruye con palabras ese instante arcano.

El mismo procedimiento utilizado en “Eleusis” para plasmar el momento culmine e irrepetible en que logra ver a la diosa en la simbólica y fugaz peregrinación de su alma, es aplicado también por Machado para precisar la “hora solemne y vaga”, “el momento precioso” de liberación trazado en su soneto “Wagner”.13 Composición visiblemente iluminada por el pensamiento nietzscheano del renacer del espíritu dionisiaco, y la consideración de la música como parte del alma dionisiaca, puesto que los nuevos criterios estéticos e ideológicos de excitación y desmesura son, una vez más, claramente ilustrados por las palabras de Nietzsche en Más allá del Bien y del Mal:

Quizá lo más singular que Wagner ha creado será siempre inaccesible e incomprensible para toda la raza latina; la figura de Sigfrido, de este hombre muy libre, demasiado libre, demasiado rudo, alegre y sano, demasiado anticatólico para que guste a los pueblos que se glorian de una civilización antigua y decrépita. Podrá significar un pecado contra el romanticismo este Sigfrido antilatino, pero ya expió Wagner su pecado, cuando en su ancianidad —quizá por gusto, quizá por política— comenzó con su habitual vehemencia religiosa a predicar su peregrinación a Roma (sic).14

Tanto en uno como en otro poema, el poeta busca la “exaltación del instante” que involucre al lector en una imprecisa resonancia espiritual. Si en “Eleusis” comparte su anhelo de búsqueda de un profundo aprendizaje a través del peregrinaje onírico, en “Wagner”, su exploración va más allá, pues su voluntad se centra en lograr la perfecta armonía entre música y palabra, entre ánimo y poesía en el eje espiritual de la humanidad. Para lograrlo, Manuel Machado se sustenta nuevamente en un pasado legendario valiéndose, en este caso, de los sucesos fantásticos en los imprecisos bosques donde habitan gnomos y gigantes, hombres y dioses.

Un reloj que no sé dónde está da la una
—corazón de la noche—, hora solemne y vaga
en que la luz penúltima de la Tierra se apaga,
para dejar la luz última, que es la Luna.15

Nuevamente aparecen las sombras y el ensueño, nuevamente la vaguedad dirigida hacia “la hora” consagrada de la leyenda, pero esta vez su mirada se detiene en el fecundo arte del ciclo wagneriano.16 Experiencia vital figurada en unos versos de gran flexibilidad rítmica interior que encubren conflictos aún sin resolver.17

A lo largo de toda la sección “Estatuas de sombra”, Machado se nutre de un pasado mítico; se vale tanto de la diosa Deméter como de Sigfrido, de distintas figuras estéticas y de sucesos legendarios o rituales primitivos que, a partir de su innovación, resultan plenamente cargados de significados e eminentemente simbolistas: el mito es la materia con la que construye el símbolo. En su primera composición, el poeta traza un peregrinaje simbólico emulando el regreso primordial, un descenso hacia lo más hondo y secreto de sí mismo que comporta la pérdida de la conciencia y de todo condicionamiento o circunstancia humana —histórica, cultural, social o sentimental— a través de un anulador ensueño, viaje de desposesión que transfigura la propia esencia del sujeto antes de fundirla con lo Uno absoluto. En “Wagner” —extasiado bajo los efectos de la música— logra exteriorizar su deseo de renacer y de redimir al mundo. Machado construye, en su personal versión, un significado mucho más profundo que el de una simple “estampa parnasiana” como se ha venido sosteniendo,18 pues conforme al imaginario finisecular, el hecho de aludir a una princesa encantada —o una bella durmiente—19 inmediatamente se simbolizaba el alma del poeta en una situación de profunda crisis, de esperanza y expectativas frente a su posible redención.

Es la hora del príncipe que marcha peregrino
a sacar del encanto la encantada princesa,
mientras forjan escudo mágico a la alta empresa
el gnomo de los sueños y el hada del destino (p. 145, v. 8-12).

Mientras a lo largo de todo el poema “Eleusis” se mantiene latente y sin posible resolución la ambivalencia en la atracción que ejerce sobre el sujetolírico esa “figura” sugestiva, cautivadora y potencial transformadora hacia un nuevo estado, en “Wagner” el conflicto planteado pareciera ser resuelto a través de la precisión del instante en que el sujeto logra concebir, a partir del encuentro entre Brunilda y Sigfrido, un despertar simbólico de toda la humanidad.

El silencio y la sombra se abrazan: han cesado
el cantar de la fuente y el suspirar del viento.
.............................................................

Las ondinas y náyades despiertan. Ha llegado
el momento precioso en que el héroe del cuento
mata al dragón que guarda la puesta del castillo (p. 145, v. 13-16).

En ninguno de los dos poemas —pese a los títulos— el sujeto o la “cosa” volverán a ser nombrados. Este permanente juego de “hacer ver sin mostrar”, de no explicitar, produce el efecto de ahondar aun más en la gran incógnita humana planteada en sus “estatuas de sombra”, símbolo y pretexto donde el poeta moderno proyecta su actual desgarro y la confusión espiritual propia del hombre sin fe. La atracción que ejerce esta renovada embriaguez mítica es utilizada por Manuel Machado como un símbolo homogéneo del artista frente a la inseguridad perturbadora y a la fugaz disolución en el vacío que produce el arte moderno, pero supone también el riesgo de una vía de perfección que conduce hacia el abismo donde lo divino y lo demoníaco, el amor y la muerte, Dionisos y Apolo, la percepción y la destrucción del yo, la música y la poesía, tiene unos dominios y límites comunes que hay que afrontar como franco portal hacia las emociones de lo desconocido.

Resulta evidente que el poeta está persuadido de que debe experimentar para luego “traducir” el misterio del instante y de todo aquello que carece de nombre; que debe expresar con términos racionales lo que la mirada percibe más allá de la comprensión; que debe ser capaz de fijar el instante y el acto íntimo que está en el origen de todas las cosas; que debe conferirle a la poesía el poder de consagrar con el verbo sólo el instante que comprenda todo el arte. Porque en su poesía se debe cumplir la instantaneidad reveladora de la que habla Octavio Paz,20 cuando afirma que la poesía consagra el instante y convierte el transcurrir histórico en paradigma constituyendo “una tentativa del verbo por encarnar en la vida”. Entonces el arte se convierte en experiencia intuitiva donde el hombre se olvida de sí mismo, no se piensa como individuo, pues su cometido es convertirse en puro sujeto del conocimiento, fuera de la voluntad, de la pasión y del tiempo, penetrando, aunque sea por un instante, en lo esencial y permanente. Y así lo confirman los versos del propio poeta: “Van los presentimientos / junto a las intenciones... / Todo lo que hay de sueños / de otra vida perdido, / lo que pasó o vendrá. / Vagas curvas de ensueños; / lo que casi no ha sido... / lo que tal vez será...”.21

 

Notas

  1. Max Weber fue uno de los fundadores de la sociología moderna;sus primeros trabajos estaban relacionados a la sociología industrial, pero son más conocidos los últimos trabajos sobre sociología de la religión y sociología del gobierno. Ver su ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Traducción: José Chávez Martínez, 9ª edición, 1991. Premia Editora S.A., México, Vol. I, pp. 1-206. La “Ley de Pareto”, establecida por el economista y sociólogo italiano Vilfredo Pareto, sostiene que la desigualdad como tal es un hecho inevitable en cualquier sociedad, y que si bien la economía no debe tener en cuenta la moralidad, pues cualquiera que sustente una medida concreta debería contemplar no sólo las consecuencias económicas, sino también las morales, políticas y religiosas.
  2. Cf. Luis Diez Del Corral, “La tragedia griega según Nietzsche”, en La función del mito clásico en la literatura contemporánea. Editorial Gredos, S.A., Madrid, 1954, p. 189.
  3. Friedrich Nietzsche, “Primera parte: la guerra y los guerreros”, en Así hablaba Zaratustra. Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1979, p. 35.
  4. Ver el trabajo de J. G. Brotherston, “Manuel Machado y Álvarez and Positivism”, Bulletin of Hispanic Studies (Liverpool), XLI, núm. 4, 223-229. Antonio Machado y Álvarez padre, abogado y antropólogo, fue uno de los pocos intelectuales del siglo XIX español en adherir al desarrollo científico en el extranjero y sostuvo su urgente aplicación en la sociedad española inclinando su postura hacia un determinismo científico intransigente.
  5. Su primer trabajo fue publicado bajo el nombre de Alma, pero durante algún tiempo llevó el título provisional del apartado: “Estatuas de sombra”.
  6. “Eleusis” hace referencia a los MisteriosMayores griegos celebrados en el santuario de Deméter situado en la ciudad homónima que se hallaba próxima a Atenas. Estos ritos dionisiacos eran célebres en la Grecia clásica, y de todos los rituales religiosos éste era el de más importancia y renombre; así como Delfos era considerado el centro político y adivinatorio de Grecia, Eleusis era su centro religioso y místico.
  7. Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial, S.A., Buenos Aires, 1995, p. 45.
  8. Dentrodel “catolicismo cultural” de Machado, el peregrinaje a “Eleusis” guarda similitud con el enunciado por Rubén Darío en “Divagación”. Ver Poesías completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1987, Vol. II.
  9. Manuel Machado, “Eleusis”, en Alma Caprichos El mal poema. Editorial Castalia, S.A., Madrid, 2000, pp. 137-38.
  10. Deméter y Perséfone, Ceres y Proserpina para los romanos, son las diosas gemelas percibidas como madre e hija, representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y emergencia cíclica. Los Misterios de Eleusis, o Misterios Mayores que celebraban estas diosas, eran ritos de pasaje destinados a personas adultas que proporcionaron un espacio sagrado para vivenciar nuevos estados de conciencia y una percepción de la vida que surge de la muerte.
  11. En “Wagner” Machado recrea los instantes más significativos del acto segundo de Sigfrido, tercera obra de la tetralogía El anillo de los Nibelungos. En este acto el héroe mata a Fafner, un gigante convertido en dragón, clavándole la espada en el pecho, y en el tercer acto, accederá a la liberación de la encantada princesa del verso 6.
  12. Cf.Rafael Alarcón Sierra, Entre el Modernismo y la Modernidad: La poesía de Manuel Machado (Alma y Caprichos). Edición: Diputación de Sevilla, 1999, pp. 312-314.
  13. “Wagner” es el séptimo poema incluido en “Estatuas de sombra”, Op., Cit., p. 145. vv.2 y 13. Recuérdese que la atracción hacia el compositor alemán también se le debe a Friedrich Nietzsche, quien consideró que en su música se personificaría en un principio el milagro de la metafísica de Schopenhauer y la renovación de la vida espiritual alemana. Al romper con Wagner afirmará que las objeciones a sus músicas son filosóficas y no estéticas.
  14. Friedrich Nietzsche, “Capítulo VIII. Pueblos y patrias”, § 256, Más allá del Bien y del Mal, Editorial Alba, España, 1996, pp. 156-157.
  15. “Wagner”, Op. cit., p. 145, vv. 1-4.
  16. Es indudable que Manuel Machado sigue la huella de innumerables artistas finiseculares entre los que se cuentan escritores, poetas y pintores, quienes también determinaron situaciones legendarias escogiendo y recreando sólo momentos simbólicos propuestos por la opera Siegfried de Richard Wagner.
  17. Manuel Machado dispone para su soneto alejandrino una rima consonante —ABBA CDDC EFG EFG—, de manera que la alternancia entre hemistiquios trocaicos y dactílicos conservan un perfecto equilibrio: “Un reloj / que no sé // dónde está / da la una”; “el silencio y la sombra // se abrazan: / han cesado”. Además de cerrar todas las estrofas con un verso trocaico puro, los tercetos también guardan la misma estructura. Es evidente que Machado intenta romper con la estructura canónica del soneto introduciendo en el “moderno” una cierta flexibilidad que da como resultado un vínculo imperceptible entre los dos hemistiquios que nunca llega a romper. En la unidad rítmica del verso alejandrino logra también una gran intensificación sobre el ambiente mágico del poema.
  18. Cf. Guillian Gayton, “El soneto Wagner” en Manuel Machado y los poetas simbolistas franceses, Bello, Valencia, 1975, p. 76: “El soneto ‘Wagner’ es otra poesía que tendría mejor cabida en la sección ‘Museo’, porque también es un pasaje de descripción parnasiana”.
  19. Manuel Machado contaba con modelos muy difundidos por los poetas del período como “La Bella Durmiente” de Francisco Villaespesa: “...con la rueca a los pies olvidada, / duerme y sueña mi Bella Durmiente...”; o la “Sonatina” de Rubén Darío: “¡Pobre princesa de los ojos azules! / Está presa en sus oros, está presa en sus tules, / en la jaula de mármol del palacio real...”.
  20. Cf. Octavio Paz, “La consagración del instante”, en El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 185-197.
  21. M. Machado, “Fantasía de Puck”, Op. cit., Pág. 144.

 

Bibliografía

  • Alarcón Sierra, Rafael, (1999). Entre el modernismo y la modernidad: la poesía de Manuel Machado (Alma y Caprichos). Edición: Diputación de Sevilla, Área de Cultura y Deportes. España.
  • Brotherston, Gordon, (1976). Manuel Machado. Versión española de Nuño Aguirre de Cárcer, Taurus Ediciones, S.A., Madrid.
  • Diez del Corral, Luis (1957). La función del mito clásico en la literatura contemporánea. Editorial Gredos, S.A., Madrid.
  • Hegel, George W., Estética. Introducción, Traducción, estudio, prólogos y notas de Alfredo Llanos, Ediciones Siglo Veinte, Argentina, 1983.
  • Lapesa, Rafael (1975-1976). “Sobre algunos símbolos en la poesía de Machado”, en Cuadernos Hispanoamericanos, CII, Nº 304-307.
  • Machado, Manuel (1967). Alma. Apolo. Estudio y edición de Alfredo Carballo Picazo, Editores Alcalá, Madrid.
    (2000) Alma, Caprichos, El mal poema. Editorial Castalia, S.A., España. Edición, introducción y notas de Rafael Alarcón Sierra.
  • Nietzsche, Friedrich (1998). El nacimiento de la tragedia, Alianza Editorial, S.A., traducción Andrés Sánchez Pascual, Buenos Aires-Madrid.
    (1996). Más allá del Bien y del Mal, Editorial Alba, S.A., España.
    — (1979). Así hablaba Zaratustra. Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires.
  • Paz, Octavio, (1996) “La consagración del instante”, en El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, México, pp. 185-197.