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El Señor Caído de Monserrate

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Ahí estaba Don Martín, recostándose fatigado por el ajetreo y los maltratos del camino. Tratando de recoger su sombrero y acomodándose la ruana. Mirando en el suelo las tortas de plátano maduro que Marielita le había empacado para el viaje...

Y su tierrita allá en el llano, sin tanto cerro como en la capital, que hasta ahora venía a conocer.

Era un día como tantos, pero para Don Martín se trataba de agradecerle a Dios por los beneficios recibidos. Era una cuestión de cumplimiento.

Cuando salió de Villavicencio, con la firme decisión de cumplir su promesa al Señor Caído de Monserrate, por haber curado a Marielita, no se imaginaba que muchos obstáculos se le presentarían para hacer respetar la palabra empeñada.

Mientras el bus se ponía en marcha, Don Martín se despedía de Marielita por la ventana, no eran muchas las veces que esta escena se repetía, ya que Don Martín casi nunca la dejaba sola.

Su viaje no fue muy placentero, pues de compañero le tocó un muchacho que parecía poseído por el demonio y que además escuchaba una música diabólica, en unos audífonos a todo volumen, que hasta Don Martín podía escuchar perfectamente.

Sin hablar de los tres retenes que se encontraron en la carretera, dos de la guerrilla y uno del ejército, las tres requisas y la hora y media en la que se recalentó el motor del bus.

Afortunadamente Marielita le había empacado bastante comida para el viaje, con lo que pudo sobrellevar la espera.

Cuando por fin llegaron al terminal de Bogotá, Don Martín sintió que el corazón se le iba a salir por la emoción y por los nervios. Recordó entonces a Doña Magola, su vecina y amiga de Marielita, que además había viajado varias veces a la capital y que tenía ya experiencia en cuestión de viajes, ella le recomendó que tenía que disimular los nervios para no parecer forastero, y evitar así que lo embaucaran, que no hablara con extraños ni les recibiera comida durante el viaje.

Eran las tres de la madrugada y Don Martín esperaba pacientemente sentado en una silla del terminal, envuelto en su ruana, esperando a que amaneciera. Hacía bastante frío, pero afortunadamente esa noche no llovió y tampoco al día siguiente.

A las siete de la mañana, Don Martín ya estaba preparado para su peregrinación al cerro. Estaba tan entusiasmado que se le quitó el hambre, lo acompañaban su fe y la convicción de que, por fin después de mucho tiempo, cumpliría su promesa al Señor Caído de Monserrate.

Abordó el bus que lo llevaría, era el único pasajero cuando empezó el recorrido, pero a medida que avanzaba, el número de ocupantes aumentaba vertiginosamente. Nunca había visto tanta gente amontonada en un lugar tan estrecho. Le fue difícil salir del bus, y una cuadra después el conductor por fin hizo la parada, luego de mucho renegar y maldecir.

Como promesa es promesa y Don Martín siempre cumplía lo que prometía, tenía que subir caminando, pero antes se detuvo a mirar en los puestos de recuerdos para escoger algo que llevarle a Marielita.

Apenas estaba llegando la gente, y entre el olor de la fritanga, los escapularios y las voces de los vendedores dando ofertas, Don Martín encontró lo que quería, una botellita de vidrio con el Señor Caído adentro, grabados cafés en resina y adecuada para usarse como lamparita.

No era tan grande como la de Doña Magola, pero era el regalo perfecto para Marielita, ya que siempre habían agradecido al Señor Caído su milagrosa recuperación. Una vez comprado el preciado regalo, Don Martín emprendió la tarea de ascender caminando al tan famoso y reconocido Cerro de Monserrate.

Se quitó la ruana porque ya estaba haciendo sol y apuró el paso, pues el recorrido era de mínimo dos horas, y debía volver ese mismo día a Villavicencio.

Por el camino se fue encontrando gente, aunque muy poca, incluso algunos haciendo deporte, porque era muy temprano todavía. Mientras subía, alcanzó a ver un grupo de muchachos sentados al borde del camino, y pensó en lo bueno que era que los jóvenes tuvieran fe hoy en día.

Sólo le faltaban quince minutos de recorrido cuando lo alcanzaron los jóvenes creyentes; Don Martín, ingenuo, creyó que le harían compañía.

De repente, un golpe seco en el cuello lo detuvo, mientras caía al suelo, sin perder el sentido por fortuna, después de varios golpes y una requisa más, los bandoleros se fueron.

Y ahí quedó Don Martín, recostándose a descansar, por el ajetreo y los maltratos del camino. Tratando de recoger su sombrero y acomodándose la ruana que se le había caído.

Con una mano en el cuello y en la otra lo único que le dejaron, la botellita del Señor Caído de Monserrate que servía de lamparita, miraba en el suelo las tortas de plátano maduro que le había empacado Marielita para el viaje, y esperando que pasara alguien que lo socorriera.

Mientras se preguntaba si estaría escrito en algún lugar del mundo que jamás conocería el Cerro de Monserrate para cumplir su promesa.